Artículo y ensayo

La deuda que no se paga con un sueldo

Entre la inflación y los discursos que prometen soluciones mágicas, la clase media argentina descubre que la deuda ya no es solo económica: es una forma de vida que define relaciones, decisiones y futuros.

La deuda que no se paga con un sueldo

La deuda que no se paga con un sueldo

La clase media argentina aprendió a convivir con la deuda como quien convive con un pariente insoportable. Nadie la invitó, pero está ahí, en la mesa, en la cama, en la cabeza. No es solo el crédito del banco o la tarjeta que se renueva cada mes. Es una deuda más profunda, más vieja, que tiene que ver con promesas incumplidas, con un Estado que siempre llega tarde y con una idea de progreso que se desvaneció hace rato.

Uno vive endeudado, pero también endeuda a los demás. A los hijos, a los padres, a los amigos. La deuda moral, la que no se firma ni tiene tasa de interés, es la más difícil de pagar. Uno debe explicaciones, debe tiempo, debe atención. En un país donde la inflación devora los sueldos y el mérito dejó de ser un camino para convertirse en un consuelo, la deuda se vuelve el pegamento que sostiene lo que queda de la vida en común.

El crédito de la confianza

Cuando un amigo te pide plata prestada, no está pidiendo dinero. Está pidiendo que creas en él. Y uno presta, pero también presta su confianza, su tiempo, su paciencia. La clase media argentina sabe de eso. Sabe que un préstamo puede romper una amistad, pero también que negarlo puede romperla igual. Entonces uno aprende a medir, a calcular, a decir que no con una sonrisa. Es un oficio que no se enseña en la escuela.

La escuela, por cierto, también está endeudada. Con los chicos que no aprenden, con los docentes que cobran poco, con una sociedad que le exige resultados que no puede dar. La educación prometía movilidad social, pero hoy es un ascensor que sube, baja y a veces se queda a medio camino. Los jóvenes lo saben. Por eso miran el futuro con desconfianza, como quien mira un cheque sin fondos.

Las redes sociales, ese gran banco de la atención, también funcionan con deuda. Uno publica y espera like como quien espera el pago de una cuota. La identidad se negocia en cuotas, en fotos editadas, en historias que muestran lo que falta. La soledad se esconde detrás de una pantalla, pero la deuda emocional sigue ahí, impaga, creciendo.

El relato que no cierra

La política argentina es una máquina de generar deuda simbólica. Cada promesa de campaña es un pagaré que rara vez se cobra. La polarización, esa grieta que no se cierra ni con un like, es una deuda que nadie quiere pagar. Porque pagarla implicaría reconocer que el otro también tiene razón, que el relato propio no es perfecto, que la verdad es más compleja que un hashtag.

La verdad, justamente, es otra deuda. Vivimos en una época donde la manipulación es moneda corriente y la memoria se borra con un algoritmo. La verdad ya no es un hecho: es un producto que se compra y se vende según la conveniencia. La clase media argentina, acostumbrada a los descuentos y las promociones, también busca la verdad en oferta. Pero la verdad no tiene cuotas sin interés. Duele pagarla.

El trabajo, ese viejo ancla de la dignidad, ya no alcanza para vivir. La inflación lo devora todo, incluso la esperanza de que el esfuerzo tenga recompensa. El mérito, esa palabra que los discursos oficiales repiten como un mantra, se revela como lo que es: un consuelo para los que perdieron la carrera antes de largar. La clase media trabaja más, gana menos y debe más. Es un círculo vicioso que no se rompe con un aumento de sueldo.

La dignidad como resistencia

Pero hay algo que no se endeuda. La dignidad. Esa capacidad de mirar al otro a los ojos y saber que, a pesar de todo, uno sigue siendo humano. La clase media argentina, acorralada entre la inflación y el desencanto, todavía conserva ese resto de orgullo. No es heroísmo. Es simple resistencia: saber que la deuda no define quién es uno.

La familia, ese refugio contra la tormenta, también está endeudada. Con los abuelos que cuidaron, con los hijos que crecieron rápido, con los domingos que se fueron sin decir adiós. La deuda familiar no se paga con plata. Se paga con presencia, con paciencia, con un abrazo que no tiene precio. Pero en un país donde el tiempo es el lujo más caro, la presencia se vuelve escasa.

La memoria, ese archivo que nadie quiere eliminar, guarda las deudas más viejas. Las que vienen de la dictadura, de las crisis, de los exilios. La clase media argentina sabe que olvidar no es una opción, porque la deuda con el pasado es la única que no prescribe. La memoria no se borra con un algoritmo. Se paga con el esfuerzo de recordar, de contar, de no dejar que la historia se convierta en un relato de oficina.

Al final, la deuda que no se paga con un sueldo es la deuda de la vida en común. La que contraemos con los demás, con nosotros mismos, con un país que prometió ser justo y terminó siendo apenas posible. La clase media argentina no sabe si va a saldar esa deuda. Pero sigue pagando, todos los días, con lo que tiene: con su trabajo, con su memoria, con su dignidad. Esa deuda, la más humana, es la única que vale la pena tener.

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