El algoritmo que nos mira
La primera vez que lo vi fue en un bar de Palermo. Un pibe de unos veinte años, con auriculares inalámbricos y una cerveza artesanal, miraba fijo la pantalla de su teléfono mientras su amigo le hablaba del aumento del alquiler. El pibe no levantaba la vista. Movía el pulgar como si estuviera removiendo algo pegajoso. De vez en cuando asentía, pero su atención estaba en otro lado: en el feed, en la notificación, en el video que se cortaba a los quince segundos. El amigo terminó la frase y se quedó callado. El pibe siguió mirando la pantalla. Nadie pidió la cuenta.
No es una escena extraordinaria. Pasa todos los días, en todos los bares, en todas las casas, en todas las salas de espera. Pero hay algo en esa imagen que dice más de la Argentina actual que cualquier discurso político. La soledad ya no es el silencio de una casa vacía: es la compañía de una pantalla que nunca se apaga. Y esa compañía tiene un precio, aunque nadie lo pague en el mostrador.
El ruido que no cesa
La inflación carcome el bolsillo, las redes sociales carcomen la atención. No es casual que las dos cosas ocurran al mismo tiempo. Mientras el precio del pan sube cada semana, el algoritmo nos ofrece un contenido nuevo cada dos segundos. No hay pausa. No hay respiro. La economía te empuja a pensar en el futuro como una amenaza y la tecnología te empuja a pensar en el presente como un desfile de estímulos fugaces. El resultado es una clase media que vive en estado de alerta permanente, mirando el precio de la leche y el número de likes con la misma angustia.
Lo que se pierde en el medio es la capacidad de construir una historia propia. La identidad se vuelve un collage de fragmentos: la foto del viaje que no te podés permitir, el meme político que compartís sin leer el artículo, el video del influencer que te dice cómo ahorrar cuando ya no queda nada para ahorrar. La verdad se convierte en una mercancía más, sujeta a la oferta y la demanda del algoritmo. Ya no importa si algo es cierto: importa si genera reacción, si provoca indignación, si dura lo suficiente para que alguien lo comparta antes de que llegue el próximo escándalo.
La fábrica de olvido
Los medios tradicionales juegan su partida en ese tablero. La noticia ya no se narra: se administra. Se mide en clics, en tiempo de permanencia, en tasa de rebote. La política se convierte en un espectáculo de gestos, porque los gestos duran lo que dura un video de TikTok. Un funcionario dice una frase desafortunada, la red la convierte en meme, el meme reemplaza la discusión de fondo y al día siguiente todos hablan de otra cosa. La memoria se achica. La historia se reduce a una línea de tiempo que nadie lee completa.
Y sin embargo, hay quienes intentan resistir. Gente que todavía se sienta a leer un libro, que discute con un amigo sin mirar el teléfono, que va a una marcha y no filma la pancarta sino que mira la pancarta. Son los que entienden que la dignidad no se negocia con un algoritmo. Pero cada vez son menos, y cada vez cuesta más encontrarlos. Porque el ruido es mucho. Porque el cansancio es real. Porque la inflación no da tregua y las redes tampoco.
El mérito en el espejo
La meritocracia, ese viejo sueño de la clase media argentina, se ha convertido en una broma macabra. Los padres trabajan catorce horas para que sus hijos tengan una educación que el mercado laboral no premia. Los jóvenes estudian carreras que se vuelven obsoletas antes de terminar el primer año. El esfuerzo se mide en horas de pantalla, en cursos online, en certificaciones que nadie pide. El mérito ya no es un camino hacia algo: es un boleto de entrada a una competencia que no tiene meta.
Y ahí está el núcleo de la cuestión. La crisis argentina no es solo económica, aunque el bolsillo duela todos los días. Es una crisis de sentido. La deuda que no se paga no es solo la del FMI: es la deuda que tenemos con nosotros mismos, con la idea de que vale la pena esforzarse, de que la verdad existe, de que la política puede ser algo más que un ring de gritos. La polarización ocupa el espacio que debería llenar el debate. La moral se vuelve un eslogan. La cultura se consume como un producto más.
La grieta que no cicatriza
La Argentina está partida, pero no solo entre kirchneristas y macristas. La grieta más profunda es entre los que todavía creen que el país puede cambiar y los que ya no creen en nada. Entre los que miran el teléfono y los que todavía miran a los ojos. Entre los que esperan un relato que los salve y los que saben que ningún relato va a llegar.
El pibe del bar de Palermo, el que no escuchaba a su amigo, es el mismo que después va a votar, que después va a compartir una noticia falsa, que después va a quejarse de que la política es una mierda. No lo hace por maldad. Lo hace porque el sistema entero está diseñado para que no tenga tiempo de pensar. La inflación lo empuja a preocuparse por el mes que viene. El algoritmo lo empuja a reaccionar al segundo que pasa. Entre una cosa y la otra, no queda espacio para la reflexión, para la construcción colectiva, para la memoria.
La pregunta no es si vamos a salir de esta crisis. La pregunta es si vamos a tener algo que rescatar cuando el ruido se termine. Si la clase media argentina va a recordar que la dignidad no se mide en seguidores, que la verdad no se decide por mayoría de likes, que la soledad no se cura con una pantalla. Si vamos a entender que el algoritmo nos mira, pero no nos ve. Y que mirar no es lo mismo que ver.
