Artículo y ensayo

La identidad como trinchera

Entre la inflación que desgasta y las redes que exigen definiciones, la clase media argentina se agarra de la identidad como si fuera lo último que le queda. Pero ese refugio también se resquebraja.

La identidad como trinchera

La identidad como trinchera

La semana pasada, en un café de Palermo, escuché a un tipo de unos cuarenta años discutir con un amigo sobre si la Argentina era un país inviable o apenas un país jodido. No había matices. El primero hablaba de la deuda, de los programas de ajuste, de la clase media quebrada. El segundo decía que el problema era moral, que habíamos perdido el sentido del trabajo, de la familia, de la educación. Los dos tenían razón y los dos estaban equivocados. Pero lo interesante no era eso. Lo interesante era que ninguno de los dos se escuchaba. Hablaban desde la identidad, no desde los hechos. Y la identidad, en la Argentina de hoy, se ha vuelto una trinchera.

No es casual. Cuando la inflación te come el sueldo y las promesas políticas se parecen cada vez más a un chiste repetido, la gente se aferra a lo que cree ser. Ser peronista, ser liberal, ser de River, ser de Boca, ser vegano, ser de Talibanes de la verdad. La identidad funciona como un ancla en medio del temporal. Pero también como un cuchillo. Porque si yo soy esto, el otro es lo contrario. Y entonces la conversación se rompe, la polarización se come los matices, y la soledad crece aunque estemos llenos de seguidores en redes sociales.

Las redes sociales, justamente, son el escenario perfecto para esta batalla. Ahí no hay contexto, no hay silencio, no hay pausa. Cada publicación es una declaración de principios. Cada like, una afiliación. Cada comentario, una toma de posición. La manipulación circula como moneda corriente, porque la verdad ya no importa tanto como la pertenencia. La memoria se vuelve selectiva, el relato lo tapa todo, y la dignidad se mide en cantidad de interacciones. Uno termina siendo lo que publica, no lo que hace.

Y mientras tanto, la clase media sigue apretada. El mérito ya no alcanza, el trabajo ya no garantiza nada. La educación, ese viejo ascensor social, sube cada vez más lento y cada vez más caro. La inseguridad no es solo la de la calle, es la de saber que cualquier imprevisto te puede dejar sin piso. La familia se convierte en una red de contención que a veces sostiene y a veces ahoga. Y el consumo, ese placer culpable, se vuelve la única manera de sentirse parte de algo, aunque sea por un rato.

Pero hay algo más. Algo que no se dice tanto. La juventud, que siempre fue el motor de los cambios, está atrapada entre la inteligencia artificial que promete reemplazarlos y una cultura que les exige ser emprendedores, flexibles, exitosos, todo al mismo tiempo. La moral se ha vuelto líquida, y la identidad, un experimento constante. Ser joven hoy en Argentina es tener que elegir entre la militancia y el survivalismo, entre la utopía y el cinismo. Y muchas veces, terminar en el medio, sin saber bien quién se es.

El Estado, por su parte, aparece como un padre ausente o un padre autoritario, según el día y el gobierno. La deuda externa pesa como una losa, pero la deuda interna, esa que uno tiene con uno mismo, con sus expectativas, con sus proyectos, es la que más duele. Porque uno puede vivir sin dólares, pero no sin un poco de esperanza.

Y sin embargo, la gente sigue. Sigue yendo al trabajo, sigue mandando a los chicos a la escuela, sigue pagando el alquiler, sigue discutiendo en los grupos de WhatsApp, sigue buscando una verdad que no se mueva tanto. La identidad, al final, no es solo una trinchera. Es también un refugio. Un lugar donde uno se reconoce, aunque afuera todo sea ruido. El problema es cuando el refugio se vuelve cárcel. Cuando uno ya no puede salir de ahí, ni siquiera para escuchar al otro.

La pregunta no es si la Argentina va a cambiar. La pregunta es si nosotros vamos a poder cambiar con ella, sin perder lo que somos. O si vamos a quedarnos en la trinchera, mirando al costado, esperando que el temporal pase. Pero el temporal no pasa. El temporal somos nosotros.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

La fatiga de explicarse

La fatiga de explicarse

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que explicar lo que piensa se ha vuelto un trabajo de tiempo completo: una crónica sobre la polarización, el mérito y la soledad.

clase media polarización redes sociales
El ruido de los otros

El ruido de los otros

Entre la inflación y las pantallas, la clase media argentina descubre que la soledad no es estar solo sino escuchar el ruido de los demás sin poder callarlo.

clase media crisis redes sociales
La clase media y la verdad que no cierra

La clase media y la verdad que no cierra

Entre la inflación y la saturación de información, la clase media argentina busca un relato que la contenga y descubre que la verdad ya no se impone: se negocia todos los días, como el precio del pan.

clase media polarización verdad