Artículo y ensayo

El botón de compartir

Entre la inflación que licúa los precios y las redes sociales que convierten la indignación en un espectáculo, la clase media argentina se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿todavía tenemos algo que decir que no quepa en un tuit?

El botón de compartir

El botón de compartir

La primera vez que lo vi fue en la fila del supermercado. Un hombre de unos cuarenta años, con el carrito lleno de ofertas, miraba el celular con una mezcla de furia y resignación. Su dedo pulgar se movía rápido, casi automático. Compartía una noticia sobre el último aumento del dólar. Después, otra sobre un político que había dicho algo insólito. Después, un video de un accidente en la autopista. Todo en menos de un minuto. La fila avanzaba despacio y él seguía ahí, atrapado en ese gesto que ya no es un gesto sino un reflejo: el botón de compartir.

La fábrica de indignación

Uno mira las redes sociales y encuentra un país que no para de gritar. Hay indignación por la inflación, por la inseguridad, por la educación, por la deuda. Hay indignación por todo y por nada. Pero lo que llama la atención no es la cantidad de bronca, sino la velocidad con la que se consume y se descarta. Una noticia sobre un jubilado que no llega a fin de mes convive con un meme sobre un futbolista y con un video de un gato. Todo mezclado, todo al mismo nivel. La moral se vuelve un producto más, como el pan o la leche. Se compra, se usa y se tira.

La clase media argentina es experta en eso. Sabe que la indignación tiene fecha de vencimiento. Un escándalo dura tres días, una promesa de campaña dura una semana, un aumento de tarifas dura lo que tarda en llegar el siguiente. Y mientras tanto, el dedo sigue deslizándose hacia arriba. No hay tiempo para procesar, para pensar, para sentir. Hay que pasar al próximo video, al próximo escándalo, al próximo motivo para enojarse.

La verdad es un rumor

En ese paisaje de fragmentos, la verdad se convierte en una mercancía difícil de encontrar. Cada uno tiene su propia versión, su propio relato, su propio filtro. Las redes sociales no son un espacio de diálogo, sino de confirmación. Uno busca lo que ya cree, lo comparte y se siente parte de algo. La polarización no es un accidente, es el negocio. La plataforma necesita que uno esté enojado, que tenga razón, que nunca dude. La duda no vende. La duda no genera clics.

Y entonces uno se encuentra discutiendo con un desconocido sobre política, sobre moral, sobre el sentido de la vida, todo desde la comodidad del teléfono. Las palabras se vuelven piedras. No hay tono, no hay gesto, no hay pausa. Solo texto frío que se lee rápido y se responde más rápido. La soledad del que mira el celular no es una metáfora, es un hecho concreto. Uno está solo, pero cree que está acompañado. Uno cree que discute, pero solo repite frases hechas.

El trabajo de ser persona

En medio de todo eso, hay una pregunta que nadie se hace en voz alta: ¿qué queda de nosotros cuando dejamos el teléfono? La inteligencia artificial avanza, el trabajo se desdibuja, la familia se redefine. La juventud crece con una ansiedad que no existía antes, con una presión por mostrarse siempre felices, siempre exitosos, siempre en control. La educación se mide en segundos de atención, la cultura en likes, la identidad en perfiles.

Pero después, cuando la pantalla se apaga, uno vuelve a la realidad. A la cuenta que no cierra, al plato que hay que lavar, al hijo que necesita atención. Ahí no hay filtro, no hay edición, no hay botón de compartir. Ahí está lo que realmente importa, lo que no se puede medir en clics. La dignidad de llegar a fin de mes, la memoria de lo que fuimos, el mérito de levantarse cada día a pesar de todo.

La clase media argentina sabe de eso. Sabe de crisis, sabe de deudas, sabe de promesas incumplidas. Pero también sabe de resistir, de inventar, de hacer que algo funcione cuando todo parece estar en contra. Esa capacidad no se comparte en redes, no se viraliza, no se mide en algoritmos. Es privada, silenciosa, casi invisible. Pero existe.

El ruido y la señal

Uno mira la fila del supermercado y ve a ese hombre compartiendo noticias sin parar. Y piensa: ¿qué busca? ¿Consuelo? ¿Validación? ¿Un lugar en el mundo? Las redes sociales prometen todo eso, pero entregan otra cosa. Entregan ruido, entregan ansiedad, entregan la ilusión de que uno es parte de algo más grande. Pero la verdad es que uno sigue ahí, solo, con el carrito lleno de ofertas, esperando que la fila avance.

Tal vez el problema no sea la tecnología, sino lo que hacemos con ella. Tal vez la pregunta no sea cómo usar mejor las redes, sino cómo recuperar el tiempo que perdemos en ellas. Cómo volver a mirar a los ojos, cómo escuchar sin interrumpir, cómo discutir sin odiar. Cómo ser personas, no solo usuarios.

La respuesta no está en un tuit, ni en un video, ni en un meme. Está en la vida cotidiana, en las cosas chicas, en los gestos que no se registran. En la familia que se reúne a pesar de todo, en el trabajo que se hace con dignidad, en la memoria que no se negocia. En eso que la inteligencia artificial no puede reemplazar, porque es humano, demasiado humano.

Mientras tanto, el dedo sigue deslizándose. La fila avanza. El hombre guarda el celular, paga y se va. Afuera, el sol pega fuerte. La calle está llena de gente que camina rápido, mirando el piso. Nadie se mira, nadie se habla. Todos tienen algo que compartir, pero nadie tiene algo que decir.

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