Artículo y ensayo

El costo de la promesa

Entre la inflación y el relato de la recuperación, la clase media argentina descubre que la deuda no es solo económica: es también una cuestión de identidad y memoria.

El costo de la promesa

El costo de la promesa

Hay un momento, en la mesa de cualquier familia de clase media, en que el tema de la plata se vuelve ineludible. No es solo el precio del pan o el kilo de carne. Es la sensación de que algo se rompió para siempre. La promesa de que el esfuerzo rinde, de que el trabajo dignifica y de que la educación es el pasaporte a un futuro mejor, ya no suena tan segura. Parece un verso repetido tantas veces que perdió el sentido original.

En la Argentina de la inflación crónica, la crisis no es solo un número que mide el Indec. Es la experiencia cotidiana de una clase media que aprendió a vivir en la incertidumbre. Que sabe que el sueldo de fin de mes alcanza hasta el 20, y después empieza la ingeniería. Que mira los precios en el supermercado y hace cuentas como si resolviera un problema de matemática sin solución. La dignidad, ese concepto tan abstracto, se vuelve concreto cuando tenés que elegir entre pagar la tarjeta o comprarle los zapatos al nene.

El relato y la realidad

La política argentina siempre tuvo un vínculo extraño con la verdad. Los discursos se construyen con palabras que suenan bien, que prometen orden y progreso, pero que chocan contra una realidad tozuda. El relato oficial insiste en que el país está saliendo del pozo, que la inflación baja, que las cosas mejoran. Pero en la calle, la percepción es otra. La gente no se siente parte de esa recuperación. La polarización política, esa grieta que todo lo atraviesa, hace que cada persona elija su propio conjunto de datos. Y entonces la verdad se vuelve un artículo de lujo, un lente que cada uno ajusta a su conveniencia.

Los medios, claro, no ayudan. Atrapados en la lógica del clic y la inmediatez, alimentan la confusión. Un canal muestra una fila de gente contenta comprando electrodomésticos. Otro, la misma fila pero desde otro ángulo, la presenta como una muestra de desesperación. La manipulación de la información no es nueva, pero ahora tiene una velocidad y una precisión que antes no existía. La inteligencia artificial, ese nuevo fantasma, promete verdades a medida. Pero lo que hace es profundizar la fragmentación. Cada uno recibe el mensaje que quiere escuchar. Y la memoria, ese músculo que se ejercita cada vez menos, se vuelve selectiva. Nos olvidamos de lo que nos incomoda y recordamos lo que nos da razón.

La soledad de la clase media

Quizás lo más duro de esta época es la soledad que siente la clase media. No es la soledad del que vive solo, sino la del que está rodeado de gente y no encuentra con quién compartir la incomodidad. En las redes sociales, todos muestran su mejor versión. Vacaciones, logros, comidas perfectas. Pero nadie publica la angustia de llegar a fin de mes, la bronca de tener un título universitario y ganar como un cadete, la desilusión de ver que el mérito no siempre se reconoce. El consumo se convirtió en una pantalla que tapa la realidad. Comprar algo nuevo, aunque sea chico, da una sensación efítea de control. Pero dura poco. Vuelve el ruido de la deuda, de la tarjeta que se acumula, del sueldo que no alcanza.

La juventud, que siempre fue vista como el motor del cambio, también está atrapada. Los pibes crecen en un mundo donde la educación formal ya no garantiza nada. Donde el trabajo se volvió precario y la palabra futuro suena a lujo. Enfrentan una presión constante por ser exitosos, por emprender, por generar contenido. Pero también cargan con la mochila de una generación anterior que les prometió un país que no existe. La identidad se construye entre la herencia de los viejos valores y la necesidad de adaptarse a un presente líquido. No es fácil. Muchos terminan refugiándose en la moral de las redes, en discursos de autoayuda que prometen soluciones mágicas. Pero la magia no existe. Existe el trabajo, la paciencia y un poco de suerte.

El Estado y el vacío

El Estado, ese gran ausente o ese gran presente según el humor del momento, aparece cuando menos se lo espera. A veces como un salvavidas, con subsidios y planes sociales que evitan que la situación explote. Otras, como un obstáculo, con trámites interminables e impuestos que asfixian. La sensación es que el Estado no está a la altura de las necesidades de la gente. Que la política se volvió un negocio de unos pocos, una carrera por el poder que deja afuera a los de abajo. La desconfianza es el motor de la relación entre el ciudadano y el gobierno. Y esa desconfianza se extiende a todo: a los políticos, a los medios, a las instituciones. ¿En quién confiar? En la familia, quizás. En los amigos. En uno mismo. Pero eso no alcanza para construir un país.

La inseguridad, ese tema recurrente en las conversaciones, también tiene que ver con esto. No es solo el miedo al delito. Es la inseguridad de no saber qué va a pasar mañana. De no tener certezas. La clase media argentina es experta en sobrevivir. Sabe arreglárselas con poco, estirar la plata, hacer trueques emocionales. Pero esa capacidad de resistencia tiene un límite. Llega un punto en que el cuerpo y la mente se cansan. La moral se resiente. Y la pregunta que flota en el aire, sin respuesta, es si vale la pena seguir insistiendo.

Una cuestión de memoria

En el fondo, todo se reduce a la memoria. A qué elegimos recordar y qué preferimos olvidar. La Argentina tiene una historia de crisis cíclicas, de promesas incumplidas, de oportunidades desperdiciadas. Pero también tiene una historia de solidaridad, de resistencia, de creatividad. La clase media es el corazón del país, el que late cuando todo parece perdido. El problema es que el corazón no puede latir para siempre sin un poco de oxígeno. Y el oxígeno se llama verdad, confianza, dignidad. Sin eso, la deuda no se paga nunca. Ni la económica ni la moral.

Mientras tanto, la vida sigue. La gente se levanta, va al trabajo, paga las cuentas, se queja, se ríe, se abraza. La política sigue su curso, los medios siguen su ruido, las redes siguen su baile. Pero en el fondo, en la cocina de cada casa, en la conversación de madrugada, hay una pregunta que no se va: ¿cuándo fue la última vez que una promesa se cumplió?

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