El ruido de los que se fueron
La casa se siente más grande cuando falta uno. No es la primera vez que pasa, pero el ruido de los que se fueron se vuelve más pesado con los años. Mi viejo decía que la familia se mide por los que se sientan a cenar, no por los que aparecen en las fotos. Hoy la mesa está vacía a las nueve y media. No porque falte comida, sino porque cada uno eligió su propio turno, su propia pantalla, su propia soledad.
La clase media argentina aprendió a medir la crisis en pesos. La inflación es un número que se repite como una letanía. Pero hay otra cuenta, más silenciosa, que no entra en los índices del Indec. Es la que suma las horas que ya no se comparten, las discusiones que se evitan, los afectos que se mudan a un mensaje de texto. La moral del esfuerzo, esa que nos enseñaron los abuelos, choca contra un muro de desconfianza. No porque el trabajo no valga, sino porque el mérito dejó de ser un pasaporte a la dignidad.
En las escuelas, los pibes aprenden a resolver ecuaciones pero no a preguntarse por qué la verdad se volvió una moneda de cambio. La educación, que alguna vez fue el ascensor social, ahora es un trámite. El Estado promete, pero el Estado también es un rumor. La política, que antes se discutía en el café, se convirtió en un grito en las redes. La polarización no es una grieta: es un negocio. Los medios venden certezas, y los algoritmos las repiten hasta que duelen.
La inteligencia artificial clasifica todo: gustos, miedos, votos. Pero no entiende la memoria. No sabe lo que duele el olor de un asado de domingo o el silencio después de una pelea. La juventud crece con la idea de que todo se puede comprar, incluso la identidad. El consumo llena el vacío, pero el vacío es más grande que cualquier oferta. La soledad no se combate con un like.
Hay una deuda que no se paga con plata. Es la que tenemos con los que se fueron sin despedirse, con las promesas que no cumplimos, con las verdades que preferimos callar. La manipulación del relato no es solo política: es personal. Nos mentimos para no sufrir, pero el sufrimiento llega igual, disfrazado de inflación emocional. Uno se acostumbra a la falta, pero no a la ausencia.
El otro día, en la fila del supermercado, una señora dijo que ya no sabe qué es caro y qué es barato. No es la plata lo que perdió, dijo, es la referencia. Lo mismo pasa con la moral. Antes sabías lo que estaba bien. Ahora hay un tutorial para todo, incluso para ser feliz. La cultura del esfuerzo se rindió ante la cultura del like. Pero el like no paga el alquiler ni devuelve a los que se fueron.
La identidad se redefine todo el tiempo. Ser argentino, de clase media, es un oficio de resistencia. Es saber que el dólar va a subir, que el colectivo va a tardar, que el vecino va a opinar. Pero también es saber que el silencio compartido vale más que cualquier discurso. La verdadera crisis no es económica: es de presencia. De estar, de escuchar, de no tener razón todo el tiempo.
Hace unos años, un amigo se fue del país. No dijo mucho, solo que se iba a probar suerte. Todos lo entendimos. Nadie lo juzgó. Pero cuando se fue, la mesa quedó con un lugar vacío que nadie se animó a ocupar. La familia ya no cena junta, pero se manda mensajes. Los pibes crecen con la imagen de un padre que sonríe desde una pantalla. La distancia se normalizó como se normalizó la inflación. El problema no es el precio del pan: es el precio del vínculo.
Lo que queda es la memoria. No la que se guarda en un disco rígido, sino la que duele en el pecho. La que te recuerda quién fuiste antes de que las redes te dijeran quién tenías que ser. La clase media argentina sobrevive, pero no solo de plata. Sobrevive de rituales, de gestos, de silencios que no necesitan explicación. La dignidad no se negocia, pero a veces se esconde detrás de un plato de comida que nadie quiere calentar.
El ruido de los que se fueron no se apaga con un ajuste. Se escucha en las noches largas, cuando el teléfono no suena y la casa se vuelve un país sin fronteras. Uno aprende a vivir con el vacío, como se aprende a vivir con la inflación. Pero la inflación pasa. El vacío, no.
