El día que el barrio dejó de prestarse la escalera
Imaginemos una situación hipotética, aunque reconocible. Un hombre vuelve del trabajo y se encuentra con que la lamparita del pasillo no enciende. Tiene el foco de repuesto, tiene el destornillador, pero no tiene la escalera. Antes de la pandemia, digamos, la resolvía golpeando dos veces la puerta de al lado. Hoy, probablemente, se queda mirando el techo, calcula la altura de una silla, y decide que total no es para tanto. La lamparita puede esperar. Lo que no puede esperar, aunque nadie lo nombre, es la sospecha de estar pidiendo demasiado.
La escalera prestada es un objeto menor en la historia del confort doméstico, pero dice bastante. No se compra en un solo acto: se construye con años de saludos, de favores chicos, de una vez que el vecino te regó las plantas o vos le guardaste un paquete. Es una forma de crédito que no aparece en ninguna planilla y que tampoco genera intereses. Cuando se rompe, no hay boleta que lo repare.
En la Argentina de las últimas décadas, esa red de pequeños préstamos convivió con la desconfianza, la inseguridad y el portón automático. No se trata de que el barrio sea hoy un lugar peor: conviene desconfiar de cualquier nostalgia que idealice un pasado que también tenía sus violencias. Pero hay algo en la lógica del pedido que cambió. Pedir prestado supone una forma de exposición: alguien te ve con tu necesidad, con tu casa a medio arreglar, con tu torpeza para colgar un cuadro. Recibir, a cambio, supone aceptar que un día te van a tocar el timbre por algo. Ese intercambio, que parece mínimo, ordena la cuadra.
Ahora el timbre casi no se toca. Se avisa por mensaje, se compra por aplicación, se resuelve con un tutorial. La autonomía tiene un costo que rara vez se factura: cada cosa que resolvemos solos es una conversación que no tenemos. La soledad contemporánea no se arma solo de grandes abandonos; se arma también de pequeños trámites que dejamos de pedirle a otro.
Lo que la app no mide
Imaginemos otra situación hipotética. Una pareja joven se muda a un barrio del conurbano. Tiene todo lo que necesita, más o menos, y una caja de herramientas regalada en un cumpleaños. A la semana se da cuenta de que no sabe a quién preguntarle dónde se corta el agua, a qué hora pasa el recolector, qué vecino tiene llave del medidor. Podría buscarlo en un grupo de mensajes. Podría preguntar en una red social. Pero la información está dispersa, mezclada con alertas, quejas y cadenas que nadie lee. El saber del barrio existía antes en la vereda y ahora vive en un lugar donde nadie es responsable de nada.
Esto no es un problema de tecnología, es un problema de forma. La escalera prestada tenía una ventaja enorme: venía con la persona. Cuando el vecino te la alcanzaba, te contaba algo, te preguntaba por el trabajo, por los chicos, por el ruido de la obra. El objeto era la excusa, y por eso funcionaba. La app te da el dato sin la persona, y esa eficiencia es también un empobrecimiento.
Hay quienes dirán que la nostalgia por el barrio es un lujo de quien nunca tuvo que convivir con un vecino hostil, con la música alta, con la amenaza de que el préstamo se vuelva obligación. Tienen razón. La confianza de cuadra también tenía sus jerarquías y sus silencios. No todo lo que se perdió era bueno, y no todo lo que se ganó es peor. Pero conviene preguntarse qué tipo de lazo se sostiene cuando la única forma de pedir algo es pagarlo.
El trabajo de la confianza
La crisis económica empuja a resolver todo en casa: el arreglo, la comida, el cumpleaños. El ahorro es real y la necesidad, también. Pero esa misma lógica, cuando se vuelve hábito, deja a cada familia encerrada en su propio cálculo. La clase media argentina aprendió a hacer malabares con el presupuesto y a desconfiar del que promete demasiado. En ese aprendizaje, la escalera del vecino se volvió un objeto raro, casi de museo.
No se trata de volver a golpear puertas como si nada hubiera pasado. Tampoco de idealizar la vereda. Se trata de notar que hay una infraestructura invisible hecha de favores chicos que sostiene la vida en común, y que esa infraestructura no la arregla el Estado ni la resuelve el mercado. Se mantiene con tiempo y con exposición, con la disposición a deber algo y a que nos deban. En un país donde la palabra empeñada se parece demasiado a la palabra política, la escalera prestada era una forma modesta de verdad: alguien te la daba porque confiaba en que ibas a devolverla.
La pregunta que queda no es cómo recuperar el barrio de antes, sino qué estamos dispuestos a pedir y a deber en el de ahora. Si la respuesta es cada vez menos, conviene saber que también se está construyendo una forma de vivir más prolija, más autónoma y más sola. No hay denuncia en eso, apenas una constatación. A veces, cuando se quema una lamparita, la luz que falta no está en el techo.