La vereda que aprendimos a leer antes de cruzar
Imaginemos una situación hipotética, de esas que ocurren diez veces por cuadra. Una mujer de unos cuarenta camina por una vereda del conurbano con el celular en la mano. No lo mira fijo: lo mira a saltos, como quien consulta un mapa mientras esquiva baldosas flojas. En la otra mano lleva una bolsa del supermercado. En la cabeza, la lista de lo que falta. Delante de ella, un chico en bicicleta aparece desde una puerta y frena a último momento. No pasa nada. Los dos siguen. Pero en ese instante, algo se organizó sin que nadie lo decidiera: un gesto mínimo de muñeca, una mirada al ras del piso, un freno que no llegó a ser susto.
La vereda se volvió un lugar de lectura. No de lectura tranquila, de libro abierto, sino de lectura rápida y desconfiada. Aprendimos a mirar tres cosas a la vez: el piso, la pantalla y la cara del que viene. Y esa destreza tiene una consecuencia que no siempre se nombra. Caminar dejó de ser un acto automático para volverse una tarea de interpretación. Interpretamos el ruido de una moto, la sombra de un tipo parado en la esquina, el mensaje que vibra en la mano, el semáforo que cambia. Todo al mismo tiempo. Todo con el cuerpo en movimiento.
El cuerpo que aprendió a desconfiar
Hay una escena que se repite en muchas ciudades argentinas y que no necesita estadísticas. En la parada del colectivo, la gente ya no espera mirando a lo lejos. Espera mirando el teléfono, con la espalda apoyada en el paredón y un ojo en el bolsillo. El celular se guarda en la mano, no en la mochila. La mano se cierra alrededor del aparato como si fuera una billetera. La postura cambia: los codos pegados al cuerpo, la mirada baja, el cuerpo un poco encorvado. Es una forma de cuidar algo que vale más que el pasaje, más que la espera, más que la conversación con el de al lado.
Esa postura dice algo sobre la confianza. O sobre su ausencia. La calle, que durante décadas fue un lugar de encuentro y de roce, se volvió un espacio que se administra. Se administra la hora de salir, la vereda que se elige, el bolsillo donde va la billetera, la distancia a la que se camina del cordón. No es paranoia. Es cálculo. Y el cálculo, cuando se vuelve hábito, se mete en el cuerpo y ya no se piensa.
Lo raro es que ese mismo teléfono que se cuida con tanto celo es también la herramienta que nos avisa. El grupo de vecinos que manda la foto del auto sospechoso. La alerta de la aplicación que dice que hubo un robo a tres cuadras. El mensaje de la madre que pregunta si llegaste. La seguridad se reparte entre el cuerpo y la pantalla. Y esa repartición tiene algo de paradoja: cuanto más avisos recibimos, más aprendemos a desconfiar de cualquier ruido.
La cuadra como texto
Imaginemos otra situación hipotética. Un hombre mayor sale a comprar pan a la panadería de siempre. Conoce la cuadra como conoce su mano. Sabe qué baldosa está levantada, qué perro ladra detrás de qué reja, qué vecino riega las plantas a las siete de la tarde. Pero ahora camina con una diferencia: la panadería cambió de dueño, el perro se murió, la vecina se mudó y en la esquina hay un local nuevo con una persiana que baja a media tarde. La cuadra que conocía ya no está. Y él, sin embargo, la sigue leyendo con el mismo mapa viejo. La memoria le dice una cosa y los ojos le dicen otra.
Eso que le pasa a ese hombre le pasa a la ciudad entera. Las cuadras cambian más rápido que los hábitos. Los nombres de los locales, las veredas, los que caminan. La calle es un texto que se reescribe todo el tiempo y que nadie termina de leer. Y en ese texto hay palabras que se repiten hasta el cansancio: cuidado, alerta, no te regalés, guardá el teléfono, mirá para atrás. Palabras que se dicen en la mesa, en el grupo de la familia, en la puerta del colegio. Palabras que enseñamos a los chicos antes de enseñarles a cruzar.
La vereda, entonces, se volvió un lugar de aprendizaje. Los pibes aprenden a caminar con el cuerpo un poco torcido, con el ojo en dos lugares, con la mano cerrada sobre algo. Aprenden que la calle es un lugar que se lee antes de pisar. Y eso, que parece una exageración de cronista, se puede ver cualquier mañana en cualquier esquina: el chico que espera el semáforo con el celular en el bolsillo delantero y la mirada en el otro lado de la avenida.
Lo que la pantalla no ve
Hay una diferencia entre caminar con miedo y caminar con atención. El miedo paraliza, cierra el cuerpo, achica el mundo. La atención, en cambio, abre los sentidos. Y en esa diferencia se juega algo de la vida en común. Una ciudad donde todos caminan con miedo es una ciudad que se apaga de a poco. Una ciudad donde todos caminan con atención es una ciudad que todavía se mira. La pregunta es en cuál de las dos estamos y cuánto de la respuesta depende de nosotros.
La tecnología, que prometía liberarnos de las tareas mecánicas, nos devolvió una tarea nueva: administrar la confianza. Elegir a quién le creemos, qué aviso tomamos en serio, qué ruido ignoramos. El celular vibra y hay que decidir en un segundo si es el grupo de la familia o el grupo del barrio. Si es una alerta real o una cadena de WhatsApp. Si el tipo que viene por la vereda de enfrente es un vecino apurado o algo más. Esa decisión, repetida cien veces por día, cansa. Y el cansancio, cuando se vuelve costumbre, también se mete en el cuerpo.
Tal vez la vereda sea el último lugar donde todavía nos cruzamos con el que no conocemos. Ni el auto, ni el colectivo, ni el trabajo, ni la casa. La vereda es el espacio donde el otro aparece sin invitación. Y ese encuentro, que durante mucho tiempo fue natural, hoy se administra. Se mide la distancia, se elige el horario, se calcula el riesgo. No digo que esté mal. Digo que algo se pierde en ese cálculo, y que conviene saber qué es.
Imaginemos, otra vez, una situación hipotética. La mujer del principio llega a su casa, deja la bolsa en la mesa, se sienta. El celular queda en la otra punta del living. Por un rato, nadie la busca. Nadie le avisa nada. La calle, por un rato, se queda afuera. Y en ese rato, que es apenas un rato, el cuerpo se afloja. Los hombros bajan. La mano se abre. La vereda, por fin, deja de ser un texto que hay que leer. ¿Cuánto dura ese rato? ¿Y qué haría falta para que dure un poco más?