Artículo y ensayo

El Estado que no alcanza

Entre la inflación que todo lo desordena y una clase media que ya no sabe bien de quién esperar algo, la discusión sobre el tamaño del Estado se vuelve un espejo de nuestras contradicciones.

El Estado que no alcanza

El Estado que no alcanza

Hay un momento en que la clase media argentina se sienta a mirar el estado de las cosas y no sabe bien si reírse o ponerse a hacer cuentas. La inflación, esa vieja conocida, vuelve a desordenar los precios mientras el discurso político promete orden, eficiencia, un Estado que funcione como un reloj suizo. Pero acá el reloj anda mal, y a veces ni siquiera tiene pilas.

La discusión sobre el tamaño del Estado no es nueva. Cada tanto, como una grieta que se abre en la vereda, aparece el dilema: más Estado o menos Estado. Pero lo que pocos se animan a decir en voz alta es que el problema no es el tamaño sino la calidad. Que el Estado argentino, con sus ministerios kilométricos y sus empleados que a veces no tienen ni para comprar un mate cocido, es un edificio que se cae a pedazos. Y en lugar de arreglarlo, discutimos si hay que pintarlo de azul o de celeste.

La verdad es que el Estado no alcanza. No alcanza para que los pibes tengan una escuela donde no se llueva el techo. No alcanza para que el hospital público tenga aspirinas. No alcanza para que un jubilado pueda comprarse los remedios sin tener que elegir entre comer o medicarse. Y mientras tanto, los políticos hablan de déficit fiscal, de ajuste, de sacrificio. El sacrificio siempre lo hace el mismo.

Hay una moral de fondo que se cuela en esta conversación. El mérito, la idea de que el que se esfuerza llega, choca contra una realidad donde el trabajo en blanco es un privilegio y la deuda en pesos se licúa más rápido que un helado en enero. La clase media argentina, esa que creyó que con un título universitario y un poco de esfuerzo podía vivir dignamente, descubre que la dignidad no se mide en pesos, aunque el peso se mida en angustia.

Y en el medio, las redes sociales. Ahí donde todos tienen una opinión y pocos tienen una respuesta. La polarización se come la mesa, como siempre. Los unos acusan a los otros de querer destruir el país, y los otros responden que los primeros ya lo destruyeron. Mientras tanto, la gente mira el celular, scrollea, se indigna, y después apaga la pantalla y se encuentra con que el gas subió otra vez.

La juventud, por su parte, negocia con una realidad que no les ofrece mucho. La inteligencia artificial promete reemplazar puestos de trabajo, la educación pública se cae a pedazos y el consumo se volvió un deporte de riesgo. Salir a comprar al supermercado es como entrar a un ring: hay que esquivar precios, calcular descuentos, y al final terminar pagando lo mismo que antes pero con menos productos. La memoria se va desgastando, y ya no recordamos bien cuándo fue la última vez que el país funcionó sin crisis. O si alguna vez funcionó.

Hay un relato que se repite como un mantra: el Estado es ineficiente, hay que achicarlo, dejarlo en los huesos. Pero después, cuando falla la luz, cuando se corta el agua, cuando el colectivo no pasa, todos reclamamos que el Estado haga algo. Esa contradicción, esa esquizofrenia argentina de querer un Estado que al mismo tiempo sea grande y chico, presente y ausente, es la que nos tiene en este loop sin salida.

La política, mientras tanto, juega su propio partido. Los medios eligen un costado, los relatos se acomodan, y la verdad se vuelve una mercancía más, que se vende según la demanda. El poder se ejerce desde las pantallas, desde los tuits, desde los comunicados de prensa. Y la gente, que ya no sabe bien a quién creerle, se refugia en su propia burbuja. La soledad se multiplica, no solo en las casas sino en la cabeza.

Pero acá no hay moraleja. No hay un cierre feliz ni una solución mágica. Solo la constatación de que el Estado, ese invento humano para organizar la vida en sociedad, no alcanza. No alcanza porque no está pensado para alcanzar. Está pensado para sobrevivir. Y mientras tanto, la clase media sigue esperando, mirando el celular, haciendo cuentas, y preguntándose si algún día el Estado va a estar a la altura de sus necesidades. O si, como todo en Argentina, habrá que arreglárselas solo.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

El Estado que ya no alcanza

El Estado que ya no alcanza

Entre la inflación y los servicios que se caen, la clase media argentina descubre que el Estado no es un refugio, sino un trámite que no termina nunca.

estado clase media inflación
La verdad como mercancía

La verdad como mercancía

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes sociales que imponen su propia lógica, la política argentina se juega en el terreno de la imagen y la verdad se vuelve un bien escaso que se compra y se vende como cualquier otro.

verdad política redes sociales
El mérito que ya no alcanza

El mérito que ya no alcanza

Entre la inflación y las promesas vacías, la clase media argentina descubre que el esfuerzo individual ya no garantiza nada, y que la dignidad se negocia en cada cuota.

clase media mérito trabajo