La verdad como mercancía
En la Argentina de estos días la verdad tiene precio. No es una metáfora. Circula como mercancía, se negocia en redes, se cotiza en la mesa de los medios y se devalúa más rápido que el peso. La política, que alguna vez se disputó en las plazas o en los debates de diputados, hoy se juega en la pantalla del celular. Y ahí, en ese territorio donde todos opinan y nadie verifica, la realidad se vuelve un relato más.
No es que antes no hubiera manipulación. Hubo. Pero había un límite: la memoria de la gente, la conversación en el bar, el boca a boca que tarde o temprano desmentía la versión oficial. Hoy la velocidad de la información es tan vertiginosa que una mentira puede dar la vuelta al mundo antes de que el que miente termine la frase. Y cuando llega la corrección, ya nadie la escucha. La mentira ya cumplió su función: instaló la duda, polarizó, vendió la entrada para el próximo round.
La clase media argentina, esa que siempre creyó que el esfuerzo individual iba a protegerla de la tormenta, descubrió que la verdad también es un lujo que no todos pueden pagar. En las redes sociales, donde cada uno construye su propia burbuja, la realidad se multiplica en infinitas versiones. Cada cual elige la que más le conviene, la que confirma lo que ya piensa. La soledad del que se informa desde una sola pantalla es una de las formas más silenciosas de la polarización.
La política lo sabe. Por eso ya no discute ideas. Ofrece relatos. Construye marcas. Vende identidad. La juventud, que creció con el algoritmo como maestro, aprende que la verdad es cuestión de gustos. No se pregunta si algo es cierto. Se pregunta si es útil, si sirve para la pelea, si ayuda a ganar un like o un voto. La moral se adapta al like. La dignidad se mide en seguidores.
En este escenario, el Estado parece un actor secundario. Está, pero no se sabe bien para qué. La inflación desarma cualquier previsión y el mérito se convierte en una promesa vacía. Los jóvenes escuchan que si se esfuerzan van a llegar. Pero ven que el que llega no siempre es el que más trabaja, sino el que mejor vende su historia. El consumo se vuelve identidad. La familia, que antes era el lugar donde se contrastaban las versiones, ahora es un ring de discusiones políticas que terminan en silencio. La mesa familiar ya no habla. O habla para repetir lo que dice la televisión.
La inteligencia artificial aparece como un nuevo actor en este circo. Promete orden, eficiencia, verdad objetiva. Pero la inteligencia artificial se alimenta de lo que ya hay: datos, sesgos, prejuicios. No inventa nada. Repite. Escala. Aprende de nosotros, que estamos cada vez más solos, más enojados, más dispuestos a creer cualquier cosa que nos dé una identidad. La máquina no va a salvarnos de la manipulación. La va a perfeccionar.
La memoria, en este contexto, es un acto de resistencia. Recordar lo que pasó, lo que se dijo, lo que se prometió. Pero la memoria también se negocia. Los medios, atrapados en la lógica del clic, venden olvido. Hoy todo es ahora. Mañana será otra noticia. La deuda que la Argentina tiene con su propia historia no es solo económica. Es una deuda de verdad. De no olvidar que hubo un tiempo en que las palabras tenían peso, en que una promesa política obligaba, en que la manipulación era un delito y no una estrategia.
La educación, mientras tanto, intenta nadar contra la corriente. Enseña a pensar, a preguntar, a dudar. Pero el ruido de las redes es más fuerte. La inmediatez gana. La reflexión es lenta, cara, impopular. La juventud aprende que lo importante no es entender sino viralizar. Que la verdad no importa tanto como la identidad que te da el relato. Y así, la polarización se profundiza. No es que la sociedad esté dividida. Es que ya no hay un piso común sobre el cual discutir. Cada cual tiene su verdad. Y la verdad del otro es una amenaza.
En este paisaje, la dignidad se vuelve un acto casi heroico. Decir no. No compartir esa noticia falsa. No insultar al que piensa distinto. No comprar el relato que vende certezas a cambio de libertad. La política argentina necesita urgentemente una dosis de realidad. Pero la realidad no vende. El escándalo, la pelea, la denuncia, todo eso vende. La verdad, esa cosa aburrida que necesita tiempo, paciencia, matices, no genera clics.
La clase media, que siempre fue el termómetro del país, está cansada. No sabe a quién creerle. No sabe si el que gobierna miente o si el que promete va a cumplir. Sospecha de todos. Y con razón. Porque la verdad se volvió una mercancía que se compra y se vende al mejor postor. En la Argentina de hoy, la verdad no es un derecho. Es un lujo. Y cada vez son menos los que pueden pagarlo.
