Artículo y ensayo

El mérito que no alcanza

En la Argentina de la inflación y el ruido de las redes, la clase media descubre que el mérito ya no es un pasaporte, sino una moneda que se devalúa más rápido que el salario.

El mérito que no alcanza

El mérito que no alcanza

Hay una escena que se repite en las charlas de sobremesa, en los grupos de WhatsApp de padres del colegio, en la fila del supermercado. Alguien cuenta que su hijo estudió dos carreras, que se recibió con promedio de nueve, que mandó curriculum a cincuenta lugares. Y después viene el silencio. Porque el chico sigue viviendo en lo de los viejos, porque los laburos que consigue son temporarios, porque el mérito, ese concepto que les vendieron como seguro de vida, resulta que no cubre nada.

En la Argentina de hoy, el mérito se ha convertido en una especie de estafa piramidal. Lo repiten los políticos en los actos, lo promocionan los influencers motivacionales, lo compran los padres que se sacaron el pan de la boca para pagar una universidad privada. Pero cuando llega el momento de cobrar, la caja está vacía. No es que el esfuerzo no valga, es que el sistema ya no tiene lugar para tanto curriculum impecable.

La clase media argentina se crió con una promesa: si estudiabas, si te portabas bien, si no hacías olas, el futuro te iba a recibir con los brazos abiertos. Esa promesa se fue desinflando como un neumático en un camino de tierra. Primero fue la hiperinflación del 89, que barrió los ahorros. Después el 2001, que se llevó la confianza. Y ahora, esta inflación crónica que no mata de un golpe, pero desangra de a poco. La clase media ya no cree en el mérito, pero sigue actuando como si creyera, porque no tiene otro libreto.

En las redes sociales, el tema es un loop. Aparece un video de un pibe que se recibió de ingeniero y ahora vende panchos en la puerta de la facultad. Los comentarios se dividen: unos lo felicitan por su resiliencia, otros preguntan si no le hubiera ido mejor siendo narco. Esa polarización no es política, es existencial. Porque si el mérito no sirve, entonces qué sirve. La pregunta queda flotando, sin respuesta, mientras la gente sigue yendo a laburar todos los días.

La inteligencia artificial, dicen, va a terminar de liquidar el mercado laboral para los que no son programadores. Pero incluso los programadores empiezan a preocuparse. La educación formal, ese ascensor social que funcionó para los abuelos, ahora es un gasto que no se sabe si se recupera. Las escuelas privadas suben las cuotas más rápido que la inflación, y los padres se preguntan si vale la pena. En las universidades públicas, el debate es otro: cómo mantener la calidad cuando el presupuesto no alcanza ni para los sueldos.

Mientras tanto, la moral del mérito se sigue predicando desde los púlpitos mediáticos. En los programas de televisión, en los discursos de los empresarios, en las columnas de los economistas que nunca vivieron con un sueldo fijo. El mensaje es siempre el mismo: el que quiere, puede. Pero la realidad se encarga de desmentirlo con una crueldad que no necesita discursos. El que quiere, puede, siempre y cuando tenga un familiar en un cargo, un contacto en una empresa, una herencia que lo respalde.

La familia, ese refugio al que se recurre cuando el mérito falla, también está en crisis. Ya no es la red de contención que era antes, porque todos están en la misma. Los padres jubilados que ayudan a los hijos, los hijos que no se pueden ir de casa, los tíos que prestan plata que nunca vuelve. La solidaridad familiar se estira como un chicle, pero llega un punto en que se rompe. Y cuando se rompe, la soledad es más grande, porque la sociedad no ofrece alternativas.

El Estado, mientras tanto, oscila entre la promesa y el ajuste. Unos dicen que hay que achicarlo, otros que hay que agrandarlo. Pero en el medio, la clase media se queda sin piso. Los planes sociales no llegan a los que laburan en negro, los impuestos caen sobre los que están en blanco, y la inseguridad jurídica hace que cualquiera que tenga un mango lo ponga en el colchón o se lo lleve afuera. La identidad de la clase media, construida sobre la idea del esfuerzo y la recompensa, se desdibuja.

En la vereda de enfrente, la juventud ya no compra el cuento. Los pibes saben que el mérito es un discurso de viejos, que el sistema está armado para que algunos ganen siempre, y que la única manera de zafar es jugar con otras reglas. Por eso algunos se vuelcan al emprendedurismo digital, otros a la política, otros a la apatía. No es que sean vagos, es que se dieron cuenta de que la carrera de la rata no lleva a ningún lado que valga la pena.

La memoria también juega su papel. Los que vivieron la crisis del 2001 saben que todo puede derrumbarse de un día para el otro. Ese recuerdo los vuelve más cautos, pero también más cínicos. No compran ningún relato, no se ilusionan con ningún salvador. La dignidad, para ellos, ya no es tener un buen trabajo, sino poder llegar a fin de mes sin deberle nada a nadie. Esa es la nueva meta, modesta y realista.

La verdad, en este contexto, se ha vuelto un lujo. Las redes sociales, los medios, los políticos, todos compiten por imponer su versión de los hechos. La clase media, bombardeada de información contradictoria, termina creyendo lo que le confirma su propia desgracia. La polarización no es ideológica, es una cuestión de supervivencia: cada uno se aferra al relato que le permite entender por qué, después de tanto esfuerzo, sigue estando en el mismo lugar.

El consumo, ese viejo consuelo, también se desinfla. Antes, comprar algo era una forma de celebrar el mérito. Hoy, comprar es una forma de tapar el agujero, de sentirse vivo por un rato. Pero el agujero sigue ahí, y cada vez es más hondo. La clase media argentina ya no sabe si el problema es la inflación, la política, los medios o ella misma. Lo único que sabe es que el mérito, ese caballito de batalla con el que la criaron, ya no galopa.

La pregunta, entonces, no es si el mérito existe, sino si vale la pena seguir creyendo en él. O si, como dicen algunos, es mejor buscar otra cosa. Algo que no dependa de la promesa de un futuro que nunca llega, sino del presente, con todas sus incomodidades. La clase media, mientras tanto, sigue esperando. No sabe bien qué, pero algo. Porque lo único peor que esperar, es dejar de hacerlo.

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