Artículo y ensayo

El mérito que no alcanza

Entre la inflación y los discursos que prometen recompensas individuales, la clase media argentina descubre que el mérito ya no es un camino: es un consuelo que no alcanza para pagar las cuentas.

El mérito que no alcanza

El mérito que no alcanza

Hay una escena que se repite en las cenas de familia, en los cumpleaños de quince, en la fila del banco. Alguien dice: yo me rompo el lomo laburando y no llego a fin de mes. Y todos asienten, porque es verdad. Pero nadie dice que el problema no es que laburen poco, sino que el mérito dejó de ser un pasaje a algo mejor. Se convirtió en un discurso, una especie de consuelo que uno se repite a sí mismo mientras la inflación se come el sueldo.

Argentina tiene una relación rara con el mérito. Durante décadas la clase media creyó que el esfuerzo tenía recompensa. Que estudiar, laburar, ahorrar, todo eso te llevaba a un lugar seguro. Pero la crisis se encargó de mostrar que no. Que podés hacer todo bien y aún así perder. Que el mérito no te protege de una devaluación, de un ajuste, de un gobierno que decide que tu bolsillo es lo único que puede ajustar.

Ahora el discurso del mérito lo usan los que ya están arriba. Los que tienen contactos, espalda, un colchón de dólares. Te dicen: si querés, podés. Y uno lo escucha y piensa: claro, podés, si tenés un padre que te pague el alquiler, un primo que te consiga un laburo, un amigo que te preste el auto. Pero si no tenés nada de eso, el mérito es una promesa vacía. Un like que no sirve para pagar el supermercado.

En las redes sociales el mérito se vende como una marca. Hay influencers que te muestran su éxito y te dicen que es fruto del esfuerzo. Pero no te muestran la herencia, los contactos, la suerte de haber nacido en el lugar correcto. La clase media mira eso y se siente culpable. Piensa que no se esfuerza lo suficiente. Pero el problema no es individual: es estructural. La educación pública, que antes era un ascensor social, ahora apenas sostiene. El trabajo formal, que daba estabilidad, se convirtió en un lujo. La familia, ese refugio, a veces es un lastre económico.

La polarización política tampoco ayuda. De un lado te dicen que el mérito es una mentira capitalista; del otro, que es la única verdad. Pero en el medio está la gente, que labura todo el día y no sabe cómo va a llegar a fin de mes. Que mira a sus hijos y piensa si van a tener un futuro mejor o si van a repetir el mismo circuito de deudas y frustraciones.

La tecnología prometió solucionar todo. La inteligencia artificial, las plataformas digitales, los trabajos remotos. Pero para la mayoría son una pantalla más. Un algoritmo que decide quién tiene laburo y quién no. Un sistema que mide tu rendimiento pero no tu cansancio. Que te pide que seas flexible, que te adaptes, que te reinventes. Y mientras tanto, la soledad crece, la moral se desgasta, la identidad se negocia en cuotas.

Hay una escena que me contó un amigo. Estaba en un supermercado y una señora mayor discutía con el cajero porque el precio de un paquete de fideos había cambiado tres veces en una semana. La señora dijo: no entiendo nada, yo laburé toda mi vida. Y el cajero, que tenía veintipico de años, la miró con una mezcla de lástima y fastidio. También él laburaba. También él no entendía nada.

Esa escena es Argentina. Un país donde el mérito no alcanza, pero donde seguimos repitiendo que sí. Donde la clase media se aferra a la idea de que si se esfuerza un poco más, todo va a mejorar. Pero la realidad es otra. La realidad es que el mérito es un discurso que sirve para calmarnos, para que no miremos el sistema. Para que no preguntemos por qué el Estado no funciona, por qué la educación no enseña lo que sirve, por qué el trabajo no paga lo que vale.

No hay una solución mágica. Pero tal vez el primer paso sea dejar de mentirnos. Dejar de creer que el mérito es un camino y empezar a verlo como lo que es: un consuelo. Y a partir de ahí, preguntarnos qué otra cosa podemos construir. Algo que no dependa de cuánto te rompés el lomo, sino de cómo nos organizamos para que todos tengan un piso digno.

Mientras tanto, la señora del supermercado y mi amigo y todos nosotros seguimos laburando. Y esperando. Pero ya no es suficiente esperar. Hay que entender que el mérito no es la respuesta. Es apenas la excusa para no hacer las preguntas incómodas.

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