Artículo y ensayo

El mérito que no alcanza

En la Argentina de la inflación y las aplicaciones, la clase media descubre que el esfuerzo ya no es moneda de cambio: lo que sobra son currículums y lo que falta es una certeza mínima sobre el futuro.

El mérito que no alcanza

El mérito que no alcanza

Hace unos meses, un amigo al que no veía desde la pandemia me dijo que había dejado de mandar CVs. No porque hubiera conseguido trabajo, sino porque ya no sabía para qué. Los posteos de LinkedIn le recordaban que el mérito individual era la clave, pero él había hecho todo bien: estudió, se capacitó, armó una red de contactos. Y sin embargo, cada vez que entraba a una entrevista virtual sentía que el otro lado del zoom lo miraba como si pidiera limosna.

No es un caso aislado. En la Argentina de la inflación que no afloja, el mérito se volvió un concepto abstracto, una especie de moneda de cambio que nadie sabe a cuánto cotiza. La clase media, esa franja que durante décadas se sostuvo con la ilusión de que el esfuerzo daba resultados, ahora se encuentra frente a un espejo roto: el trabajo ya no garantiza dignidad, la educación no asegura un futuro y la familia, ese viejo refugio, se convirtió en un espacio donde se negocian deudas morales y financieras.

La polarización política, que ocupa titulares y conversaciones de WhatsApp, es apenas la superficie de algo más hondo. Lo que realmente se está pudriendo es la idea de que el país puede recomponerse con voluntad individual. Porque cuando el Estado no funciona y el mercado tampoco, la gente termina refugiándose en relatos: unos dicen que la culpa es de los políticos, otros que del Fondo, otros que de los propios argentinos. Pero todos evitan la pregunta incómoda: ¿qué hacemos cuando el mérito ya no alcanza?

La moral del esfuerzo, ese viejo manual de la clase media, se desmorona. En las redes sociales, el discurso del emprendedurismo se repite como un mantra: "vos podés", "no te rindas", "el éxito es cuestión de actitud". Pero detrás de esas frases hechas, hay familias que recortan gastos, padres que trabajan horas extras para pagar un colegio privado que ya no saben si vale la pena, jóvenes que se reciben y no consiguen ni un contrato pasantía. La inteligencia artificial, ese nuevo fetiche, promete resolver todo, pero mientras tanto reemplaza puestos y profundiza la soledad de quien busca trabajo desde un cuarto sin ventanas.

La memoria también pesa. Los que vivieron los 90 recuerdan que ya estuvimos acá, y los que no, lo intuyen por las historias que escuchan en la mesa familiar. La crisis no es nueva, pero tiene un matiz distinto: antes había una expectativa de que todo podía recomponerse, que el país era un péndulo y que después de la caída venía la subida. Ahora, la sensación es más parecida a un pantano: no hay caída ni ascenso, solo un empantanamiento perpetuo donde cada movimiento cuesta más y rinde menos.

En ese pantano, la identidad se desdibuja. La clase media argentina siempre se definió por lo que tenía o por lo que aspiraba a tener. El consumo era el termómetro de la dignidad. Pero cuando la inflación devora los salarios y el crédito se vuelve una trampa, el consumo deja de ser un placer y se convierte en una necesidad angustiante. Comprar ya no es un acto de libertad, sino una negociación con la culpa. La familia, que antes era el lugar donde se celebraban los logros, ahora es el espacio donde se miden las pérdidas.

Y sin embargo, la gente sigue adelante. No por heroísmo, sino porque no hay otra. La moral del esfuerzo, aunque herida, sigue operando como un piloto automático. Uno se levanta, manda mensajes, asiste a cursos virtuales, actualiza el perfil de LinkedIn. Pero cada vez cuesta más creer que eso sirva de algo. La verdad, esa palabra que todos invocan pero nadie define, se ha vuelto un lujo que la clase media ya no puede pagar. Prefiere el relato, cualquier relato, antes que enfrentar el vacío.

La soledad del que busca trabajo es la metáfora de una época. No es la soledad del artista ni la del militante: es la soledad del que hace cola en una aplicación, esperando que un algoritmo lo elija. No hay patrón al que reclamarle, ni sindicato que lo respalde, ni gobierno que lo escuche. Solo una pantalla que le devuelve su propia imagen, cada vez más borrosa.

Quizás el problema de fondo no sea la inflación ni la deuda externa ni la polarización. Quizás sea la pérdida de la certeza de que el esfuerzo vale la pena. La clase media argentina, ese sujeto histórico que sobrevivió a dictaduras, hiperinflaciones y default, ahora enfrenta algo peor: la sospecha de que el mérito es un cuento que ya nadie se cree. Y sin esa ilusión, el país se vuelve un lugar donde cada uno está solo, esperando que el próximo clip lo saque del pantano.

Mientras tanto, mi amigo dejó de mandar CVs. Se anotó en un curso de reparación de celulares, no porque crea que va a cambiar su vida, sino porque necesita hacer algo con las manos. Dice que lo ayuda a no pensar.

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