Artículo y ensayo

La soledad del que busca trabajo

Entre la inflación y los algoritmos, buscar trabajo en Argentina se volvió un oficio solitario donde la dignidad se negocia a diario y el mérito ya no alcanza.

La soledad del que busca trabajo

La soledad del que busca trabajo

Martín tiene treinta y ocho años, dos hijos y un posgrado que pagó con un crédito que todavía debe. Hace seis meses que busca trabajo. No es que no aparezcan ofertas, aparecen todo el tiempo. El problema es que todas piden algo que él no tiene o que ya no sabe si sirve: una juventud que se fue, una flexibilidad que no puede pagar, un perfil que se ajuste a un algoritmo que cambia cada semana.

Martín es clase media, aunque ya no sabe bien qué significa eso. En su casa, la palabra crisis dejó de ser una excepción para convertirse en el paisaje. La inflación le come el sueldo antes de que llegue, la deuda se acumula en silencioso, y la educación que sus padres le vendieron como ascensor social ahora parece un lujo que no se amortiza. Él no milita, no twittea, no tiene un relato épico. Solo busca, y en esa búsqueda se encuentra con la soledad más concreta: la de estar frente a una pantalla, respondiendo formularios que nunca nadie lee.

Las redes sociales están llenas de consejos sobre cómo venderse. Hay cursos, influencers del mérito, gurús de la empleabilidad que prometen que si uno se esfuerza lo suficiente, el mercado lo va a recompensar. Pero en la Argentina de hoy, el mérito es una moneda que se devalúa más rápido que el peso. Lo que servía el mes pasado ya no sirve, lo que aprendiste en la universidad parece un idioma muerto, y la experiencia se vuelve un lastre cuando los jóvenes vienen con sueldos más bajos y menos preguntas.

La inteligencia artificial promete resolverlo todo, pero lo que hace es profundizar la grieta. Las empresas usan filtros automáticos que descartan a miles sin que nadie los mire. No hay entrevista, no hay diálogo, no hay posibilidad de explicar por qué uno sirve para algo más que un puntaje. La tecnología, que dicen que conecta, termina aislando. Y mientras tanto, la política mira para otro lado, atrapada en su propio ruido, discutiendo relatos que no bajan a la tierra de un tipo que tiene que pagar el alquiler.

La familia, que antes era un refugio, ahora es un escenario donde se negocia la culpa. Los padres de Martín crecieron con la idea de que trabajar era cuestión de dignidad. Ellos tuvieron un empleo formal, una jubilación, un horizonte. Martín no sabe si va a llegar a eso. Sabe que su moral se pone a prueba cada vez que tiene que explicarle a su hijo por qué no puede comprarle las zapatillas que quiere. Sabe que la identidad de clase media, esa mezcla de orgullo y precariedad, se sostiene cada vez con menos alfileres.

En el barrio, los vecinos hablan de política en voz alta, pero en las casas se habla en voz baja. La polarización no es solo un fenómeno de la tele, es una fractura íntima que divide a las familias. Discutir sobre el gobierno o la oposición ya no es un intercambio de ideas, es una batalla donde se juega la verdad de cada uno. Y esa verdad, cada vez más, se vuelve una carga que no se puede compartir.

Martín no cree en los salvadores. No espera que el Estado lo resuelva todo, pero tampoco cree que el mercado tenga la respuesta. Sabe que la soledad del que busca trabajo no se resuelve con un tuit ni con un curso online. Se resuelve con algo más simple y más difícil: con una sociedad que entienda que el trabajo no es solo un ingreso, sino un lugar donde uno se reconoce. Mientras eso no llegue, Martín va a seguir buscando, con la dignidad apretada en el puño, sabiendo que lo que está en juego no es solo su sueldo, sino su lugar en el mundo.

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