Artículo y ensayo

El oficio de esperar

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que esperar ya no es una pausa sino un modo de vida: una crónica sobre la deuda, el mérito y la dignidad que se deshace.

El oficio de esperar

El oficio de esperar

En la Argentina de estos días, esperar se volvió un oficio. No el oficio que se aprende en una escuela técnica ni el que se hereda de un padre, sino ese otro, el que se ejerce sin horario ni salario, en la puerta de un banco, frente a la heladera vacía, mirando el celular con la esperanza de que llegue un mensaje que nunca llega. La clase media, esa criatura mítica de la que todos hablan pero nadie define, está atrapada en una sala de espera sin ventanilla.

Uno podría pensar que la espera es un acto pasivo, un tiempo muerto entre dos movimientos. Pero acá, en la Argentina de la inflación y las promesas rotas, la espera tiene textura. Se siente en los hombros. Se acumula en la billetera, donde los billetes pierden valor mientras uno espera que el colectivo doble la esquina. Se filtra en las conversaciones de WhatsApp, esos grupos familiares donde se comparte el precio del tomate con la misma solemnidad con que se daba el parte médico de un abuelo.

La espera es el Estado que no llega. Es el turno médico para dentro de seis meses. Es la respuesta del trámite que se perdió en un sistema digital que nunca termina de funcionar. Es la deuda que se paga con otra deuda, y así hasta el infinito, como esos espejos que se miran uno al otro y no reflejan nada. La clase media aprendió a esperar porque la alternativa es la furia, y la furia no paga el alquiler.

Pero hay otra espera, más sutil, que se juega en el terreno de la moral y la identidad. Es la espera de que el mérito tenga algún premio. La idea de que si uno trabaja, estudia, se esfuerza, entonces las cosas van a mejorar. Esa idea, que durante décadas fue el motor de la clase media argentina, hoy parece un chiste de mal gusto. El mérito se volvió un lujo que pocos pueden pagar. Porque no alcanza con estudiar si después no hay trabajo, o el trabajo que hay paga menos que un plan. No alcanza con esforzarse si la inflación se come el esfuerzo antes de que llegue el fin de mes.

En las redes sociales, la espera se vuelve ruido. Todos esperan algo: el posteo que confirme su bronca, el video que demuestre que el otro está equivocado, la noticia que confirme que la grieta es real. La polarización no es más que una espera colectiva, una tensión que se mantiene porque nadie quiere ser el primero en bajar la guardia. La verdad, esa palabra que usan los políticos y los publicistas, no se busca: se elige. Cada uno espera que su verdad gane, como quien espera un número de lotería.

La juventud, esos pibes que crecieron con el celular en la mano y la promesa de que todo es posible, espera otra cosa. Espera un futuro que no llegó. La educación, ese ascensor social que funcionó para sus abuelos, hoy parece un edificio sin luz. Los pibes estudian, sí, pero saben que el título no es garantía de nada. Aprenden a programar, a manejar inteligencia artificial, a moverse en un mundo que cambia cada seis meses. Pero también aprenden que el mérito no basta, que el sistema está armado para que algunos esperen siempre y otros no esperen nunca.

La familia, esa institución que resiste todo, también espera. Los padres esperan que los hijos se vayan de casa, pero los hijos no se van porque los alquileres son caros y los sueldos flacos. Los hijos esperan que los padres entiendan, que dejen de mandar cadenas de WhatsApp, que se den cuenta de que el mundo cambió. Y mientras tanto, todos comparten la misma mesa, el mismo silencio, la misma pantalla de televisión donde un político promete que la espera va a terminar.

La soledad, ese sentimiento que antes se asociaba a los viejos y los raros, hoy es un dato. Se sabe que la gente está sola porque los datos lo dicen. Pero la soledad no es solo no tener con quien hablar. Es esperar que el teléfono suene, que alguien pregunte cómo estás, que el ruido de las redes se convierta en una conversación real. La soledad de la clase media argentina es la soledad de la espera: todos esperan que alguien los vea, que alguien los reconozca, que alguien les diga que no están tan mal.

Y sin embargo, la gente sigue. Sigue yendo al trabajo, sigue pagando impuestos, sigue mandando a los pibes a la escuela. Sigue esperando. Porque esperar, en la Argentina, es un acto de fe. Una fe que se renueva cada vez que el sueldo alcanza justo, cada vez que el colectivo pasa antes de que llueva, cada vez que la inflación da una tregua de dos días. Esa fe es lo único que queda cuando el Estado no funciona, cuando el mérito no alcanza y cuando la verdad se ha vuelto una mercancía más.

La clase media argentina no es un concepto económico. Es un estado de ánimo. Es la certeza de que todo puede empeorar, pero la esperanza de que tal vez no. Es esperar sin saber bien qué, pero esperar igual. Como quien mira el cielo nublado y piensa que mañana va a salir el sol, porque si no, no tiene sentido seguir esperando.

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