El oficio de la paciencia
Hay una escena que se repite en cualquier bar de Buenos Aires, en cualquier fila de banco, en cualquier conversación de whatsapp que termina con un emoji de resignación. Alguien dice: "No, pero antes...". Y no termina la frase. No hace falta. Todos saben cómo sigue. Antes el sueldo alcanzaba, antes los hijos se iban a la universidad sin pedir un crédito, antes uno podía planificar algo más que el fin de semana. Ese "antes" es un país que ya no existe, pero que sigue pesando en la memoria como una deuda impaga.
La clase media argentina aprendió a vivir con la incertidumbre como si fuera una moneda más. La inflación no solo licúa el salario, licúa la paciencia. Y la paciencia, en este país, se volvió un oficio. Uno que no se estudia, no se titula, no se cobra. Se aprende en la práctica de todos los días, cuando vas al supermercado y el precio del aceite subió dos veces en la misma semana, cuando el alquiler te come un tercio del ingreso, cuando el hijo que estudió cinco años termina manejando un delivery.
Pero hay algo que cambió en los últimos tiempos, algo más sutil que la inflación. Es la sensación de que el relato ya no funciona. Durante años, la política vendió la idea de que todo iba a mejorar, que el sacrificio tenía un sentido, que el mérito individual iba a ser recompensado. Ese relato se rompió en algún momento que nadie pudo precisar. Quizás fue cuando el Estado dejó de ser un refugio para convertirse en un problema más. Quizás fue cuando las redes sociales empezaron a mostrar que la realidad no era una sola sino muchas, y que cada una tenía su propia verdad.
La verdad, esa palabra tan gastada, hoy se negocia como un producto. En los medios, en los grupos de familia, en las cenas con amigos. Ya no se busca un hecho sino una posición. Y la posición define la realidad. Si sos kirchnerista, la inflación es culpa del Fondo. Si sos macrista, es culpa del populismo. Si sos libertario, es culpa de todos. Y mientras tanto, el que paga el pato es siempre el mismo: ese señor o señora que labura ocho horas, que paga impuestos, que manda a sus hijos a la escuela pública, que mira con desconfianza al que gobierna y también al que promete cambiarlo todo.
La polarización no es solo política, es existencial. Se metió en las casas, en las camas, en las discusiones de los hijos con los padres. La grieta ya no es una línea en el mapa, es un pozo adentro de cada uno. Y en ese pozo, la soledad crece. Porque no se trata de estar solo, sino de no encontrar a nadie que hable el mismo idioma. La familia, que antes era el último refugio, ahora es un campo de batalla donde cada reunión termina con un silencio incómodo o un comentario hiriente.
En ese contexto, la inteligencia artificial promete ordenar el caos. Pero llega en el peor momento. Porque la tecnología no resuelve la falta de sentido, solo la acelera. Las redes sociales nos muestran la vida de los demás como un catálogo de éxitos, y uno mira la suya y encuentra solo cuotas, deudas, promesas incumplidas. El mérito se convirtió en una ficción que se vende en formato de curso online. Todos quieren ser emprendedores, nadie quiere depender del Estado. Pero el Estado sigue siendo la única red de contención cuando todo se derrumba. Y se derrumba seguido.
La juventud, por su parte, creció en este desorden. No conoció otra cosa. Para ellos, la inflación no es una crisis, es el clima. La memoria de un país estable es un cuento de viejos. Y quizás por eso se agarran de lo único que tienen: el presente. Consumen, viajan, se endeudan, viven en loop. No ahorran porque no tiene sentido ahorrar. No planean porque el plan cambia todos los días. La identidad se construye en las redes, se prueba como una ropa, se descarta si no da likes. La moral se vuelve líquida, adaptable, funcional al algoritmo.
Pero hay algo que no cambia: la dignidad. Esa cosa rara que hace que un padre se levante a las seis de la mañana para llevar a su hijo al colegio aunque no tenga plata para el bondi. Esa cosa que hace que una madre cocine con lo que hay y ponga la mesa como si fuera un banquete. Esa cosa que hace que la gente siga pagando sus cuentas aunque el país se caiga a pedazos. No es heroísmo, es supervivencia. Pero también es una forma de resistencia.
La deuda, al final, no es solo económica. Es moral. Es la deuda que tenemos con nosotros mismos por haber creído que todo iba a estar bien. Por haber esperado. Por haber tenido paciencia. Y la paciencia, como todo oficio mal pago, termina cansando. Pero mientras haya un tipo que cruce la ciudad en colectivo para llevar el pan a su casa, mientras haya una piba que estudie de noche después de laburar todo el día, mientras haya alguien que se siente a la mesa y mire a los suyos con orgullo, el país no se termina. Se sostiene. Como siempre. Como se pudo.
Y eso, en tiempos de tanta incertidumbre, no es poco.
