La mañana en que no pasó nada
Arrancó el día con el ruido de la pava. El agua hirviendo es lo único que no falla en esta casa. Afuera, el frío pegaba en los vidrios. Dentro, el teléfono ya vibraba con el resumen de la noche: un político que dijo algo, una celebridad que se disculpó, un muerto en el conurbano que nadie va a recordar pasado el mediodía.
La clase media argentina se despierta así: con la deuda prendida al cuello y el relato en la mano. No hay desayuno sin pantalla. No hay cafeína sin opinión. La polarización se mete en el mate, en la leche, en la tostada. Todo es urgente, todo es política, todo es un bando. Pero en el fondo, hay un vacío que no se llena con un like ni con un ajuste.
La inflación del silencio
Hay una inflación que no miden los índices. Es la del silencio. Lo que cuesta callarse. Lo que duele no decir. En la mesa familiar, la moral se negocia en voz baja: no conviene hablar de plata, no conviene hablar del primo que se fue del país, no conviene hablar del que votó distinto. La identidad se vuelve un artefacto que se guarda en el bolsillo, como el teléfono, y se muestra solo cuando hay señal de wifi.
La soledad no es estar solo. Es estar con otros y que nadie pregunte de verdad. Las redes sociales llenan ese hueco con ruido. Un meme, una indignación, una cadena de WhatsApp que explica todo y no explica nada. La memoria se vuelve frágil. La verdad se compra y se vende como un producto más. Y la dignidad, esa palabra que tanto usaban los viejos, queda colgada como un cuadro torcido en la pared de un departamento alquilado.
El mérito y la grieta
El discurso del mérito vende bien. Se escucha en los almuerzos de domingo y en los podcasts de moda. Pero en la práctica, la clase media sabe que el mérito es un lujo que no todos pueden pagar. La educación que prometía ser el ascensor social tiene el ascensor roto. La universidad pública resiste, pero los pibes llegan con el hambre y el sueño encima. La inteligencia artificial promete resolverlo todo, pero nadie le pregunta a la inteligencia artificial cómo se paga un alquiler en Capital con un sueldo de medio tiempo.
El Estado aparece como un personaje borroso: unos lo quieren más grande, otros lo quieren invisible. Pero todos, en la fila del banco o en la puerta del hospital, lo necesitan. La manipulación del relato es constante. Los medios, las redes, los políticos: todos quieren venderte una historia. La verdad se ha vuelto una serie de Netflix: la elegís según tu estado de ánimo.
El trabajo que no espera
El trabajo ya no es lo que era. Ya no es el lugar donde se forjaba la identidad, el orgullo, el apretón de manos. Ahora es una app, una plataforma, un número de cuenta. La juventud crece viendo a sus padres laburar hasta tarde para llegar justo. Y ellos, los jóvenes, se preguntan si vale la pena. La cultura del esfuerzo choca contra la realidad: no alcanza. Nunca alcanza. Y entonces aparece la bronca, el desgano, el cinismo.
La inseguridad no es solo la calle. Es la incertidumbre. No saber si el mes que viene vas a poder pagar el colegio, la prepaga, el alquiler. La crisis se volvió permanente. Ya no es un momento, es un estado de ánimo. Y en ese estado, la clase media aprende a sobrevivir. Aprende a no preguntar. Aprende a callar. Aprende que la verdad, como el pan, se compra a cuotas.
La memoria que no alcanza
Hay una memoria que se pierde. No la de los grandes acontecimientos, sino la de las cosas chicas: el olor del patio de la abuela, el ruido de la máquina de escribir, la tarde en que no pasó nada y fue perfecto. El consumo llena ese vacío con objetos que prometen felicidad. Pero la felicidad, como el resto, viene con fecha de vencimiento.
La moral se ha vuelto líquida. Lo que ayer era malo, hoy es tendencia. Lo que ayer era sagrado, hoy se subasta. En las redes, todos tienen una opinión sobre todo. Pero en la vida real, en el ascensor, en la cola del supermercado, nadie dice nada. La polarización es un grito en la plaza y un silencio en la cena. La identidad se construye en público y se desarma en privado.
Y en medio de todo, la gente sigue. Sigue laburando, sigue pagando, sigue viendo series, sigue discutiendo por el precio del tomate. La clase media argentina es un animal de costumbres que ya no sabe cuáles son sus costumbres. Se aferra a lo que puede: a la familia, a la excusa, al ritual de la birra del viernes. No pide mucho. Pide que la dejen en paz. Que la inflación no le coma el sueldo. Que la política no le robe el sueño. Que la soledad no se vuelva la única compañía.
Pero la soledad, como la deuda, crece. Y un día, en una mañana cualquiera, uno se da cuenta de que no pasó nada. No pasó nada importante. Y eso, tal vez, sea lo más parecido a la paz que esta época puede ofrecer.
