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El país que aprendió a desconfiar del que avisa

Las alertas de seguridad se multiplicaron en los teléfonos y en los grupos de vecinos. Cuando cualquiera puede avisar, el aviso deja de organizar el barrio y empieza a organizar el miedo.

Artículo del autor18.10.2026

El país que aprendió a desconfiar del que avisa

Imaginemos una situación hipotética. Una vecina de un barrio cualquiera recibe un audio de cuatro minutos en el grupo de WhatsApp de la cuadra. Alguien dice que vio a dos tipos en una moto, que dieron dos vueltas, que uno se bajó y miró una casa. La vecina escucha los primeros treinta segundos y después acelera la reproducción. Ya sabe cómo termina. El mensaje se repite en otros tres grupos, con variaciones. Al rato, la cuadra entera está en estado de alerta por una moto que, quizás, solo buscaba una dirección.

No hace falta inventar la escena para reconocerla. Basta con abrir el teléfono un domingo a la noche. Los grupos de vecinos, que alguna vez sirvieron para avisar que se cortó el agua o que alguien encontró un perro perdido, se convirtieron en una red de alertas permanentes donde la información y el rumor comparten el mismo formato: el mensaje reenviado, la captura de pantalla, el audio con la voz alterada.

La pregunta no es si la inseguridad existe. Existe, y cada tanto golpea a una familia concreta con una violencia que no admite metáforas. La pregunta es otra: qué pasa cuando el sistema de aviso se vuelve tan denso que ya no distingue entre el peligro real y el eco del peligro.

El mensaje que llega antes que el hecho

Hay algo llamativo en la forma en que circula la información sobre inseguridad. Casi nunca llega con nombre, apellido y parte policial. Llega con un "me contaron", un "dicen que", un "ojo con". Y aun así se comparte con una urgencia que no admite preguntas. La desconfianza hacia el Estado, hacia la policía, hacia los medios, hacia cualquier versión oficial, es tan grande que el rumor aparece como la única fuente confiable. El problema es que el rumor también tiene dueño, también tiene interés, también se equivoca.

En los barrios donde el Estado llegó tarde durante décadas, el grupo de WhatsApp cumplió una función real: avisar que había un auto sospechoso, que alguien forcejeaba una puerta, que un desconocido preguntaba por un chico. Esa red funcionó como un parche comunitario, una forma precaria pero efectiva de cuidarse entre pocos. El asunto es que ese mismo mecanismo, cuando se satura, empieza a producir lo contrario: en lugar de tranquilizar, instala una sensación de amenaza difusa que no se puede verificar ni desactivar.

Hay una escena que se repite en muchas cuadras. Alguien avisa que escuchó ruidos en un techo. Diez vecinos salen a la vereda. No encuentran nada. Al día siguiente, el grupo amanece con un mensaje que dice que hubo un intento de robo. Nadie lo confirma, pero todos lo recuerdan. La memoria del barrio, esa que antes se construía en la puerta del almacén, ahora se escribe en un chat que no distingue entre lo que pasó y lo que se temió.

La alarma que no distingue entre el miedo y el dato

Los sistemas de alerta tienen una lógica sencilla: si el aviso es confiable, la respuesta es proporcionada. Si el aviso es dudoso, la respuesta se vuelve ansiedad. En la Argentina de los últimos años, la tecnología de la vigilancia se popularizó sin que se popularizara la tecnología de la verificación. Las cámaras de seguridad, las aplicaciones de monitoreo, los botones antipánico, todo eso llegó antes que la costumbre de chequear la fuente, de esperar diez minutos, de preguntar antes de reenviar.

El resultado es una forma de convivencia donde el vecino es a la vez el que cuida y el que vigila. La diferencia entre ambas cosas es sutil, pero decisiva. El que cuida sabe que el otro puede necesitar ayuda. El que vigila sospecha que el otro puede ser una amenaza. Cuando el grupo de WhatsApp se inclina hacia la vigilancia, el barrio deja de ser un lugar compartido y se convierte en un territorio a defender.

Esto no es un fenómeno argentino exclusivo, pero acá tiene un color particular. La crisis económica, la desconfianza en las instituciones, la memoria de años de ajuste y promesas incumplidas, todo eso alimenta una disposición a creer que el peligro está siempre a la vuelta de la esquina. La inseguridad no es solo un hecho delictivo: es también un estado de ánimo que se organiza colectivamente.

El vecino que ya no sabe si el otro es una amenaza

Hay un detalle que suele pasar desapercibido. En los grupos de alerta, el que avisa casi nunca es el que sale a la calle a verificar. El que manda el audio desde la ventana tiene menos información que el que camina la cuadra. Pero el audio tiene más alcance. La tecnología invirtió la jerarquía del conocimiento: el que ve menos puede contar más, y el que cuenta más puede asustar a todos.

En ese circuito, la figura del vecino se vuelve ambigua. Puede ser el que ayuda, el que avisa, el que presta el teléfono, el que mira por la ventana. También puede ser el que sospecha del otro sin motivo, el que denuncia por las dudas, el que convierte una moto estacionada en una amenaza. La línea entre el cuidado y la vigilancia se borronea cuando el miedo se vuelve la emoción dominante.

No se trata de proponer una ingenuidad que ignore el peligro real. Se trata de notar que la forma en que circula la información sobre el peligro también produce efectos. Un barrio que vive alerta permanente no es un barrio más seguro: es un barrio más cansado, más desconfiado, más solo. La seguridad, cuando se construye solo desde el miedo, termina erosionando eso mismo que quiere proteger.

Lo que se pierde cuando todos avisan

Hay algo que se rompe cuando el aviso se vuelve rutina. La palabra del vecino deja de tener peso específico. Si todos avisan todo el tiempo, el aviso que importa se pierde entre los demás. La atención se satura y el sistema de alerta se vuelve ruido. En ese punto, la comunidad ya no está más protegida: está más entretenida con su propio miedo.

La pregunta que queda abierta no es cómo mejorar la aplicación ni cómo filtrar mejor los mensajes. Es otra, más incómoda: qué tipo de lazo queremos construir con el que vive al lado. Si el lazo se construye desde la sospecha, el barrio se vuelve un archipiélago de casas que se miran de reojo. Si se construye desde el cuidado, el aviso sigue siendo necesario, pero deja de ser una alarma permanente y vuelve a ser lo que fue alguna vez: una forma de decirle al otro que no está solo.

La tecnología no decide eso. Solo amplifica lo que ya está. Y lo que ya está, en muchos barrios, es una desconfianza que viene de lejos, que tiene razones, que no se desactiva con un mensaje. Quizás el problema no sea el grupo de WhatsApp. Quizás el problema sea que ya no sabemos bien qué hacer con la palabra del otro cuando no viene con una firma, un sello o una cámara que lo respalde.

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