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El grupo de WhatsApp del consorcio y la asamblea que nunca llega

En los edificios argentinos, el grupo de vecinos se volvió el lugar donde todo se discute y nada se decide. Una crónica sobre el poder que se ejerce escribiendo y la responsabilidad que se diluye entre notificaciones.

Artículo del autor04.11.2026

El grupo de WhatsApp del consorcio y la asamblea que nunca llega

Imaginemos una situación hipotética, aunque cualquiera que viva en un edificio la reconoce: son las once y cuarto de la noche y el teléfono vibra sobre la mesa de luz. Es el grupo de WhatsApp del consorcio. Alguien mandó una foto del palier con una bolsa de basura mal cerrada. Tres vecinos contestan con el pulgar hacia arriba. Una señora pregunta si eso es tarea del encargado o de quien la dejó ahí. Otro vecino escribe en mayúsculas que ya se habló del tema en la última reunión. Y así, durante cuarenta mensajes, se discute el reglamento de residuos mientras la bombita del tercer piso sigue sin cambiarse desde marzo.

El grupo de WhatsApp del consorcio es una de esas instituciones informales que crecieron sin que nadie las fundara. No tiene estatuto, no vota, no labra actas. Pero administra algo tan delicado como la convivencia forzada de gente que no eligió vivir junta. Ahí se denuncian ruidos, se piden llaves, se organiza la compra de un reflector nuevo, se acusa al del cuarto de lavarropas a las dos de la mañana. Y ahí, sobre todo, se ejerce un poder extraño: el de opinar sin hacerse cargo.

El que escribe primero, decide primero

Hay una figura que se repite en casi todos los edificios: el vecino que manda el primer mensaje. No siempre es el más informado ni el más razonable. Es el que tiene el teléfono a mano cuando estalla el problema. Su palabra llega antes que la del administrador, antes que la del encargado, antes que la del reglamento. Y en ese adelantamiento hay una forma de autoridad que nadie le dio y que nadie le discute.

El fenómeno no es exclusivo del consorcio. Se parece bastante a lo que pasa en otros ámbitos donde la palabra pública se volvió veloz y la responsabilidad se volvió difusa: la política, los medios, las redes. Alguien dice algo primero, el resto reacciona, y la verdad queda atrapada en la cronología de los mensajes. En el edificio, esa lógica tiene un costo concreto: la medianera que no se arregla, la asamblea que se posterga, el fondo de reserva que se gasta en parches.

La asamblea es el momento donde el poder debería volver a repartirse. Pero cada vez cuesta más juntar quórum. Los horarios no coinciden, la gente trabaja, algunos viven solos y no quieren bajar a discutir con desconocidos. El grupo de WhatsApp promete lo contrario: participación sin cuerpo, opinión sin presencia. Es una forma cómoda de sentirse parte sin tener que sostener la mirada del otro en el palier.

La queja que reemplaza al trámite

Hay algo que el grupo hace bien: visibiliza. Un caño que pierde, una luz quemada, un portón que no cierra. El mensaje con la foto funciona como una denuncia instantánea. El problema es cuando la denuncia se confunde con la solución. Mandar la foto se parece a hacer algo, pero no es hacer algo. La gestión real sigue dependiendo de llamar al plomero, conseguir presupuesto, cobrar la expensa, firmar la orden. Ese trabajo invisible no se ve en la pantalla y casi nunca recibe un pulgar hacia arriba.

La clase media argentina tiene una relación complicada con la idea de mérito y con la idea de Estado. En el edificio, esas dos ideas se cruzan de un modo raro. El consorcio es una pequeña república donde se decide cuánto se paga, quién administra y qué se hace con lo común. Y en ese espacio mínimo se reproducen las mismas tensiones que en el país grande: la desconfianza hacia el que administra, la sospecha de que alguien se está quedando con algo, la dificultad para acordar prioridades, la tentación de resolver todo por mensaje y quejarse después de que nadie hizo nada.

La crisis económica agrava ese cruce. Cuando cada peso cuenta, la discusión por la expensa se vuelve una discusión moral. ¿Quién puede pagar el aumento? ¿Quién no? ¿El que no paga tiene voz en la asamblea? ¿El que paga más tiene derecho a decidir más? El grupo de WhatsApp no resuelve esas preguntas. Las amplifica, las repite, las deja flotando entre notificaciones. Y mientras tanto, el ascensor sigue haciendo ese ruido.

Lo que se aprende en un palier

Hay una escena que se repite en los edificios de Buenos Aires y de otras ciudades argentinas: dos vecinos que se cruzan en el palier, se saludan con la cabeza y no hablan. Se conocen del grupo, saben cómo piensa el otro, qué opina del ruido, de la basura, del encargado. Pero no se hablaron nunca cara a cara. La conversación digital anticipó la relación y, de algún modo, la clausuró.

Eso tiene consecuencias. La convivencia requiere algo que el mensaje no da: la posibilidad de equivocarse en voz alta y corregir. En el grupo, cada frase queda escrita, fechada, capturable. Nadie quiere quedar como el que dijo algo de más. Entonces se escribe con cuidado, se elige cada palabra, se evita el conflicto directo. El resultado es un clima de cortesía tensa donde lo importante se dice al pasar y lo urgente se posterga.

No se trata de romantizar la asamblea presencial ni de condenar la tecnología. El grupo de WhatsApp resolvió problemas reales: coordinó compras, avisó de cortes de luz, juntó firmas para un reclamo. Pero también creó una ilusión: la de que estar informado es lo mismo que participar, y que opinar es lo mismo que decidir. En un edificio, como en un país, esa ilusión tiene un costo que se paga en cuotas.

La pregunta que queda no es cómo sacar el grupo del teléfono. Es otra: ¿en qué momento dejamos de juntarnos en el palier para discutir lo que nos importa y empezamos a mandar mensajes que nadie responde? ¿Y qué pasa con la dignidad de un vecino cuando su única forma de ser escuchado es escribir en mayúsculas a medianoche?

El consorcio seguirá funcionando, con o sin quórum. La expensa llegará el mes que viene. El ruido del ascensor también. Y en el grupo, alguien va a mandar una foto de una bolsa mal cerrada. Tres pulgares hacia arriba. Nadie va a bajar a ver.

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