El que no corre
La señora del kiosco lo vio todo. En treinta años de despachar cigarrillos y caramelos, aprendió a leer la calle mejor que cualquier sociólogo. Ahora dice que la gente no camina, corre. Y no es una metáfora. Los pibes miran el teléfono mientras cruzan la avenida, los adultos revisan el saldo antes de pedir el café. Todos tienen prisa, pero nadie parece llegar a ningún lado.
Argentina es un país que siempre vivió al ritmo del último grito. Pero el grito, ahora, es constante. No hay pausa. La inflación te come el sueldo antes de que cobre, la política te pide definición a cada rato, las redes te exigen opinión sobre todo. Y en el medio, la clase media trata de mantener algo parecido a la dignidad. Un plato de comida, el colegio de los chicos, la cuota del crédito. No sobra nada, ni siquiera el tiempo para preguntarse si lo que se está haciendo tiene sentido.
La aceleración como moral
Hay una idea que circula hace rato: que el mérito es cuestión de velocidad. El que no corre, pierde. El que no se adapta, queda afuera. Pero adaptarse a qué. A un mercado que cambia de reglas todas las semanas, a un gobierno que promete estabilidad mientras la deuda crece, a una tecnología que promete liberarte pero te tiene esclavo del próximo like. La inteligencia artificial, dicen, va a resolver todo. Mientras tanto, la señora del kiosco aprende a usar una app para cobrar, porque si no, no vende.
La juventud mira ese panorama y hace cuentas. No es que no quieran estudiar o trabajar. Es que no le encuentran la vuelta a un sistema que pide formación pero no garantiza empleo, que celebra el emprendedurismo pero castiga el fracaso. Entonces se refugian en lo que tienen: las redes, el consumo inmediato, la identidad digital. Ser es aparecer. Y aparecer es estar en la conversación, aunque la conversación sea un griterío donde nadie escucha.
La soledad de los que pagan
Mientras tanto, los que pagan las cuentas se quedan solos. No es una queja, es una observación. La familia se desdibuja entre los horarios de trabajo, las tareas escolares y el tiempo de pantalla. La cena se come mirando el teléfono. El fin de semana se llena de planes que nunca se cumplen, porque el cansancio gana. La fatiga no es solo económica: es el peso de tener que sostener una vida que se siente precaria todo el tiempo. Un impuesto, un arreglo del auto, un aumento en el colegio. Cada mes es una sorpresa. Y la sorpresa nunca es buena.
La política, en ese contexto, se vuelve un ring. La polarización no es ideológica, es existencial. Se elige bando como se elige un equipo de fútbol: no importa tanto lo que propone, sino a quién se enfrenta. La verdad se convierte en un accesorio, algo que se usa y se tira según la ocasión. Los medios, las redes, los discursos oficiales: todos compiten por el relato. Y en el medio queda la gente, tratando de distinguir lo que es real de lo que es ruido.
La memoria como gasto
Hace unos años, la memoria era un refugio. Se recordaba para entender, para no repetir. Ahora la memoria se consume como cualquier otra cosa. Se compran libros de historia que nadie termina, se ven documentales que se olvidan al otro día, se comparten efemérides en las redes sin contexto. La identidad se vuelve un collage de fragmentos, un álbum de fotos que se actualiza solo. Pero el pasado no es un producto. O por lo menos no debería serlo.
La señora del kiosco, que vio pasar gobiernos, crisis y modas, lo resume con simpleza: antes la gente se sentaba a charlar. Ahora se sientan a mirar la pantalla. Y no es nostalgia, es constatación. Algo se perdió en el camino. Tal vez la capacidad de esperar, de procesar, de estar quieto sin sentir que se está perdiendo algo. La moral del movimiento perpetuo no deja tiempo para pensar. Y sin pensamiento, no hay verdad. Solo opinión, velocidad y ruido.
En la vereda de enfrente, un pibe con la mochila al hombro mira el semáforo. No cruza, espera. Parece un gesto menor, pero en un país donde todos corren, detenerse es casi un acto de rebeldía. Quizás por ahí va la cosa. No se trata de ir más rápido, sino de saber adónde se va. Y de tener el coraje de parar cuando el camino no lleva a ningún lado.
