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La memoria que se gasta en cuotas

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que recordar ya no es un acto íntimo, sino un gasto que se financia en doce cuotas sin interés, cuando hay suerte.

Artículo del autor29.04.2026

La memoria que se gasta en cuotas

La última vez que fui al cine, la entrada costaba lo mismo que un kilo de asado. No sé bien qué significa eso, pero en la fila, una mujer discutía con el cajero porque la promo del banco no tomaba la cuota del mes. Al final pagó en efectivo, y dijo: "Así no vale la pena". No hablaba de la película.

En la sala, antes de que apagaran las luces, todos mirábamos el celular. No por ansiedad, sino por costumbre. Como si el silencio de la pantalla negra fuera una amenaza. Una chica de unos veinte años le pidió a la amiga que le saque una foto con el cartel de la película. Sonrió, posó, y después pasó quince minutos editando el brillo y el contraste. La película ya había empezado. Ella no levantó la cabeza.

La deuda de los recuerdos

Mi vieja guarda las fotos en una caja de zapatos. Las de papel, donde todos tienen los ojos rojos y el fondo borroso. Ahora las fotos se almacenan en la nube, que suena a algo etéreo pero en realidad es un galpón con servidores que consumen electricidad y generan calor. Todo se paga. Incluso la nostalgia tiene fecha de vencimiento y un interés que se actualiza por inflación.

El otro día, un tipo en la cola del supermercado se quejaba de que el gobierno no hace nada. "No hay laburo, no hay educación, no hay futuro", decía. Pagó con la tarjeta y la máquina le pidió donar un peso para un hospital. Puso que sí. Después caminó hasta la parada del bondi y se encontró con un pibe que vendía caramelos. Le compró tres. No sé si era culpa o dignidad. A veces son lo mismo.

En la clase media argentina, la memoria se ha vuelto un producto más. Se financia, se amortiza, se olvida cuando la cuota no entra en el presupuesto. Recordar duele, pero no recordar sale caro. Porque sin memoria no hay identidad, y sin identidad, cualquier relato sirve.

El algoritmo que no olvida

En las redes sociales, el pasado se repite en loop. Una foto de hace diez años, un video de un recital, el posteo de alguien que ya no habla con vos. El algoritmo no entiende de duelos, solo de engagement. Te muestra lo que querés ver, incluso si no querés verlo. Y la polarización se cuece en esa olla de recuerdos selectivos. Cada uno tiene su propia historia, su propia verdad, su propio enemigo. La grieta no es ideológica: es emocional. Y se financia con la soledad.

Conozco a una mujer que borró todas las fotos de su ex de las redes. Pasó una tarde entera. Después se arrepintió, pero ya no había vuelta atrás. La memoria digital no se recupera, se reemplaza. Como los billetes viejos, como los planes de ahorro, como las promesas de campaña.

Ahora todo se consume, incluso el pasado. Hay un mercado de nostalgia que vende remeras de los 90, vinilos de bandas que no escuchabas, películas que viste mil veces en la tele de tubo. La cultura se ha vuelto un catálogo de suscripción. Pagás y accedés a un recuerdo que no te pertenece del todo, porque alguien más lo diseñó para que lo compres.

El mérito de sobrevivir

En la facultad, un profesor dijo que la Argentina es un país que nunca termina de ser. Siempre está en transición, en crisis, en espera. Los estudiantes miraron el techo. Algunos sacaron el celular. Otros anotaron algo en la carpeta. Nadie preguntó nada. Porque la pregunta ya estaba en el aire: ¿y si esta transición es permanente? ¿Y si la crisis no es un accidente, sino el modo de funcionamiento?

Salir a laburar todos los días, llegar a fin de mes, pagar las cuentas, sostener una familia. Eso ya no se llama mérito, se llama resistencia. Y no hay discurso que lo explique del todo. Porque la moral del esfuerzo choca contra la inflación, contra la inseguridad, contra un Estado que promete pero no llega. Y entonces uno se pregunta: ¿para qué sirve la verdad si no se puede pagar?

En la feria del barrio, una señora vendía ropa usada. Un jean, tres mil pesos. "Es de marca", decía. La compradora lo miró, lo tocó, y dijo: "No tengo efectivo". La vendedora sacó un posnet de la cartera. "Ahora sí", dijo. Y el trueque se transformó en transacción. La dignidad se mide en cuotas.

El ruido que no se apaga

La inteligencia artificial promete resolver todo. Pero no puede resolver la cola del banco, ni la angustia de no llegar, ni la conversación que se corta cuando alguien dice algo que no se puede desmentir con un link. La tecnología no reemplaza la memoria, la almacena. Y almacenar no es recordar. Recordar implica elegir, ordenar, olvidar. La máquina no olvida. Por eso no entiende de duelos.

Anoche, en la cena, mi vieja dijo que se acordaba de cuando la calle era de tierra. Mi sobrino preguntó qué era eso. "Tierra", dijo ella. Él no entendió. Después sacó el celular y buscó una imagen. "Ah, como en Minecraft". Y todos nos reímos. Pero no era risa, era otra cosa. Era el vértigo de un país que cambia de nombre cada diez años, pero no cambia de fondo.

La memoria se gasta en cuotas. Y cuando duele, se refinancia. Se alarga el plazo, se resigna el interés. Hasta que un día, ya no queda nada. Solo el ruido de las pantallas y el silencio de los que esperan el próximo mes.

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