Artículo y ensayo

El que no corre, vuela

Entre la inflación que licúa los sueldos y las redes sociales que empujan a mostrarse siempre exitoso, la clase media argentina descubre que el mérito ya no alcanza: hay que estar dispuesto a todo.

El que no corre, vuela

El que no corre, vuela

En la Argentina de los últimos años, la clase media aprendió a medir el tiempo en pesos. No en horas, no en minutos. En billetes que se deshacen en la mano antes de llegar a fin de mes. Pero hay otro reloj que corre en paralelo, más silencioso y más tramposo: el de las pantallas. Ahí el tiempo no se cuenta en inflación, sino en "me gusta", en historias que duran veinticuatro horas y en la obligación de mostrar una vida que no se parece a la que se vive.

Uno mira el teléfono y ve a un amigo que se compró un auto cero kilómetro. A otro que viajó a Miami. A una compañera del colegio que inauguró un emprendimiento de velas aromáticas y ya tiene tres empleados. Todo parece posible, todo parece al alcance de la mano. Pero nadie muestra la deuda del auto, las cuotas del viaje ni el crédito prendario que hipoteca el sueldo de los próximos cinco años. El mérito se volvió una puesta en escena. No importa cómo se consigue lo que se tiene. Importa que se vea.

La moral de la clase media siempre fue ambigua. Por un lado, el trabajo dignifica. Por el otro, el vivo vive del zonzo. Pero la crisis de estos años empujó a muchos a cruzar una línea que antes parecía clara. Hoy, la dignidad se negocia. El que consigue un plan social sin trabajar, el que factura en negro y cobra en blanco, el que paga en cuotas y vende al contado, el que consigue un contacto en el Estado y salta la fila. No es delito si todos lo hacen. O al menos eso se repiten para dormir tranquilos.

La política, mientras tanto, juega su propio partido. En las oficinas públicas, en los despachos privados, en los estudios de televisión. El relato se cocina a fuego lento. Un ministro dice una cosa, el presidente la corrige al día siguiente, el periodista de turno la interpreta a su manera. La verdad se vuelve una masa de pizza que cada uno estira hasta donde le alcanza el presupuesto. Y el que no tiene acceso a la cocina, se come lo que le sirven.

La educación, ese viejo ascensor social, ya no sube a nadie. O sube a muy pocos. Las escuelas públicas se caen a pedazos, los maestros cobran sueldos de hambre y los chicos aprenden a usar el celular antes que a leer un libro. La universidad sigue siendo gratuita, pero llegar hasta ella cuesta un sueldo entero en transporte y apuntes. La juventud mira el horizonte y ve un desierto. Algunos eligen la militancia, otros el emprendedurismo berreta, muchos el refugio de las pantallas. La soledad se combate con likes.

Y la inseguridad, esa palabra que todos repiten sin ponerse de acuerdo en qué significa. Para algunos es el pibe que roba un celular en la parada del bondi. Para otros, es el banco que cobra comisiones abusivas. Para muchos, es saber que el Estado no protege, que la policía mira para otro lado, que la justicia tarda años. La inseguridad se volvió un concepto líquido, que se adapta a cualquier discurso. La derecha la usa para pedir mano dura. La izquierda, para pedir inclusión. Mientras tanto, la clase media pone rejas en las ventanas y alarmas en las puertas.

Las redes sociales, por supuesto, son el escenario donde todo esto se representa. Ahí se construye la identidad, se negocia el prestigio, se mide el éxito. El que no publica, no existe. El que no tiene seguidores, no vale. El que no opina sobre el tema del día, es sospechoso. La polarización se come todo. No hay grises, no hay matices. O estás conmigo o estás contra mí. Y en el medio, la mayoría silenciosa mira el teléfono y se pregunta cuándo se volvió todo tan violento.

Hay también una deuda que no se ve en los balances. Es la deuda con la memoria. La Argentina construyó una identidad alrededor del Nunca Más, pero esa identidad se desgasta con el tiempo. Los jóvenes nacieron después, los mayores quieren olvidar, los políticos usan el pasado como un escudo o una espada según convenga. La memoria se volvió un campo de batalla más. Y en esa guerra, la verdad es siempre la primera víctima.

Frente a todo esto, la clase media se refugia en lo que puede. En la familia, cuando la familia no se desarma por la plata o la distancia. En el trabajo, cuando el trabajo no se vuelve una cárcel. En el consumo, cuando el consumo no se convierte en una deuda imposible de pagar. La dignidad se mide en objetos: el último modelo de celular, las zapatillas de marca, la comida delivery del viernes a la noche. Todo se compra, todo se vende, todo se muestra. Y en el medio, la pregunta incómoda: ¿qué queda de uno cuando se apaga la pantalla?

No hay respuestas fáciles, por supuesto. Tampoco finales felices. La Argentina es un país que se mueve entre la crisis y la fiesta, entre el desastre y la ocurrencia. La clase media es la que paga los platos rotos, pero también la que se sube al carro de la ilusión cuando el viento sopla a favor. Tal vez lo único que queda, al final del día, es la capacidad de mirar todo esto con un poco de ironía. Con la certeza de que, como dice el refrán, el que no corre, vuela. Pero también con la sospecha de que, en esta carrera, el que vuela suele terminar estrellándose contra el suelo.

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