Artículo y ensayo

El relato que se desvanece

Cuando el Estado deja de contar la misma historia, la clase media argentina se queda sin espejo y sin brújula, mientras la inflación y las redes llenan el vacío con fragmentos.

El relato que se desvanece

El relato que se desvanece

La primera vez que escuché a un funcionario hablar de relato pensé que era una metáfora literaria, algo para llenar un discurso vacío. Después entendí que no. El relato era la estructura invisible que ordenaba el desorden, una especie de pegamento social que sostenía la moral de los que todavía creían en algo. La clase media argentina se movía dentro de ese relato como un pez en una pecera: lo respiraba, lo digería, lo repetía en la mesa familiar, en la fila del banco, en el grupo de WhatsApp del colegio. Hasta que un día el relato se rompió.

No hubo un estallido, no hubo un discurso que lo derribara. Fue más bien un desgaste, un agujero que se fue haciendo en la trama, como cuando un pantalón se rompe de tanto uso y uno no se da cuenta hasta que siente el frío en la pierna. La inflación se encargó de lo suyo: cuando el dinero no alcanza, el relato se vuelve un lujo. Las promesas de mérito, de esfuerzo recompensado, de un futuro mejor, se deshicieron en el aire como billetes de curso legal que ya no valen nada.

Las redes sociales hicieron el resto. Cada uno construye su propio relato ahora, un collage de fragmentos que a veces no encajan entre sí. La polarización no es política, es existencial: uno elige su verdad como elige un plan de telefonía, y después la defiende con uñas y dientes, aunque sepa en el fondo que es tan sólida como un castillo de naipes en un terremoto. La clase media se fragmentó en burbujas que no se tocan, que no se miran, que no se escuchan. Cada burbuja tiene su propio idioma, sus héroes, sus villanos, su moral que se negocia en cuotas.

La memoria también se resiente. Antes uno recordaba para entender, para no repetir errores. Ahora la memoria es un gasto más, un ajuste que se hace todos los meses. ¿Qué importa lo que pasó en el 2001 si el dólar sube mañana? ¿Qué importa la dictadura si el sueldo no alcanza para el alquiler? La educación, que alguna vez fue el ascensor social de la clase media, ahora es un trámite, un título que no garantiza nada, un papel que se guarda en un cajón mientras uno hace fila para un trabajo precario.

La tecnología prometió conectarnos, pero nos dejó más solos que nunca. La inteligencia artificial escribe textos que nadie lee, genera imágenes que nadie mira, responde preguntas que nadie hizo. Las máquinas hablan entre ellas mientras nosotros miramos el teléfono, esperando un mensaje que no llega. La juventud crece en este paisaje: no conocen un mundo sin inflación, sin crisis, sin ruido. Su identidad se construye en TikTok, en Instagram, en likes que duran un segundo y después se olvidan. El mérito individual no existe, o existe como una ficción que se vende en cursos online, en libros de autoayuda, en discursos de emprendedores que nunca fallaron.

La familia sigue siendo un refugio, pero un refugio frágil. La cena familiar es el único lugar donde todavía se negocia la verdad, donde los fragmentos de relato se juntan para formar una historia que dure lo que dura un plato de comida. Después cada uno vuelve a su burbuja, a su teléfono, a su soledad. El Estado, que alguna vez fue el garante del relato común, ahora es un actor más en el caos, un emisor de comunicados que nadie lee, un gestor de crisis que nadie entiende.

La dignidad se vuelve un lujo. ¿Cómo mantener la dignidad cuando el trabajo no alcanza, cuando la deuda crece, cuando el futuro es un borrón? La clase media argentina aprende a vivir en la incertidumbre, a negociar su moral en cuotas, a aceptar que la verdad es una mercancía más, sujeta al precio del dólar blue, al índice de inflación, al humor de los mercados. Ya no hay relato que la sostenga, solo fragmentos que se pegan con saliva y se despegan con el viento.

Tal vez por eso la nostalgia se volvió un negocio. La memoria se paga en cuotas, los recuerdos se compran en formato de serie, de documental, de podcast. Pero la nostalgia no es memoria, es un consuelo barato, un analgésico que no cura la herida. Uno mira hacia atrás y ve un país que ya no existe, una clase media que ya no es la misma, una identidad que se diluye como el azúcar en el café. La pregunta no es qué pasó, sino qué queda.

Queda la vida cotidiana, el gesto mínimo de tender la ropa, de pagar un impuesto, de llevar a los chicos al colegio. Queda la obstinación de seguir adelante aunque el relato se haya roto. La clase media argentina es experta en eso: en sobrevivir sin mapa, sin brújula, sin promesas. No sabe bien quién es, pero sabe que todavía está acá, mirando el horizonte con la misma mezcla de cansancio y terquedad que la define desde siempre.

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