La verdad que no se compra con un like
En un bar de Palermo, un hombre de unos cuarenta años mira el teléfono. Su hijo, que tendrá quince, está al lado, con la mirada fija en la pantalla. El padre levanta la cabeza, pone el celular boca abajo sobre la mesa y dice: "No sé qué es verdad ya". El hijo no lo escucha. Sigue scrolleando. Esa escena, que se repite en miles de mesas de todo el país, condensa algo que no se resuelve con un debate de sobremesa ni con un posteo indignado.
El espejo que devuelve mentiras
La clase media argentina está atrapada entre dos fuegos. Por un lado, la inflación que no da tregua y que convierte el salario en un chiste de mal gusto. Por el otro, las redes sociales que prometen conexión, pero entregan fragmentos. La verdad, ese concepto que parecía sólido, se ha vuelto líquido. En un país donde la deuda externa es un número que cambia todos los días y la política se parece más a un circo que a una gestión, la gente busca respuestas en los lugares equivocados.
Pero no es solo culpa de los algoritmos. Hay algo más profundo. La crisis económica ha erosionado la confianza en las instituciones. El Estado, ese ente abstracto que debería garantizar derechos, se ha convertido en un trámite interminable. La educación, que alguna vez fue el ascensor social por excelencia, ahora es un lujo que no todos pueden pagar. Y el mérito, ese valor que se pregona desde los discursos oficiales, se ha transformado en una excusa para justificar la desigualdad.
La soledad del que busca certezas
En las redes, la polarización es el negocio. Cada like, cada compartir, alimenta una máquina que convierte la indignación en dinero. Pero la soledad no se cura con un posteo viral. La clase media descubre que la identidad ya no se construye en el barrio, en la familia o en el trabajo, sino en la vitrina virtual. Y esa vitrina tiene un precio: la dignidad.
Un ejemplo concreto. En un grupo de WhatsApp de padres de un colegio público, una madre comparte un link a una nota sobre la inseguridad. Otro padre responde con un enlace a un artículo que desmiente los datos. La discusión escala. Al final, nadie cambia de opinión. Solo se refuerzan las trincheras. La verdad no importa. Lo que importa es ganar la discusión. Y en ese juego, la realidad se vuelve un dato más, manipulable al gusto del consumidor.
La inteligencia artificial y la memoria que se gasta
Mientras tanto, la inteligencia artificial avanza. Los chatbots generan textos que parecen humanos. Los algoritmos recomiendan qué leer, qué comprar, a quién votar. La memoria, ese acto íntimo que nos define, se terceriza. Ya no recordamos fechas, números de teléfono, ni siquiera los cumpleaños de los amigos. Todo está en la nube. Pero la nube no llora. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de su capacidad de esfuerzo, descubre que el trabajo ya no alcanza para vivir con dignidad.
La juventud, que debería ser el motor del cambio, está atrapada en un presente perpetuo. No hay proyecto de país, no hay futuro. Solo el consumo inmediato de sensaciones. Las redes sociales venden un relato de éxito fácil, pero la realidad es otra: empleos precarios, alquileres imposibles, sueños que se postergan. La moral, ese conjunto de valores que sostenía a la familia tradicional, se reconfigura. Ya no hay mandatos claros. Cada uno construye su propia ética, a medida, como un mueble de Ikea.
La cultura del descarte
En este escenario, la verdad se ha convertido en un producto más. Se compra y se vende como cualquier otro. Los medios de comunicación, que alguna vez tuvieron la función de informar, ahora compiten por la atención. Y la atención es un recurso escaso. Por eso los titulos son cada vez más estridentes. Las noticias se disfrazan de entretenimiento. Y la manipulación es el pan de cada día.
Pero no todo está perdido. En los márgenes, en las conversaciones de café, en los talleres de barrio, en las bibliotecas populares que resisten, hay gente que busca otra cosa. Gente que entiende que la verdad no es un dato, sino un proceso. Que la memoria no se guarda en un disco rígido, sino en los gestos, en las comidas compartidas, en las peleas y los abrazos. Que la identidad no se negocia en cuotas, sino que se construye día a día, con errores y aciertos.
La clase media argentina está en el centro de esa tormenta. No es una víctima ni una heroína. Es simplemente el lugar donde las contradicciones se hacen carne. Donde la inflación no es solo un número, sino la imposibilidad de planificar. Donde la política no es una abstracción, sino la bronca contenida. Donde la soledad no es una opción, sino un síntoma.
En ese bar de Palermo, el padre vuelve a agarrar el teléfono. El hijo sigue scrolleando. Afuera, la ciudad sigue girando. Y la verdad, esa palabra que parece tan grande, se reduce a un gesto: levantar la vista, mirar al otro, preguntarse en voz alta. Quizás ahí, en ese acto mínimo, empiece algo distinto. O quizás no. Pero al menos, por un segundo, la pantalla deja de ser el centro del mundo.
