Artículo y ensayo

El ruido de fondo

Entre la inflación que todo lo carcome y las redes sociales que moldean la identidad, la clase media argentina descubre que el verdadero desafío no es sobrevivir, sino escucharse a sí misma.

El ruido de fondo

El ruido de fondo

La clase media argentina está acostumbrada a los anuncios. Cada mañana, un nuevo número: el índice de inflación, la cotización del dólar, la cifra de pobres. Son datos que llegan como golpes, uno tras otro, y uno los recibe en el living, con el mate y el teléfono en la mano. Pero hay un dato que no aparece en los diarios y que quizás sea el más preciso de todos: el ruido que no cesa.

No me refiero al ruido de la ciudad, ese que va de las bocinas a los cortes de calle. Hablo del otro ruido, el que se mete en la cabeza sin permiso. El de las redes sociales, que te muestran el éxito ajeno mientras vos tratás de llegar a fin de mes. El de la política, que promete soluciones mágicas para problemas que llevan décadas. El de la familia, que exige respuestas que uno no tiene. Es un zumbido constante, como el de un transformador a punto de explotar.

El mérito y la deuda

Hace unos días, en un café del centro, escuché a un tipo de unos cuarenta años decirle a otro: "Yo laburé toda mi vida, estudié, me recibí, y hoy estoy peor que mi viejo, que nunca terminó la primaria". La frase quedó flotando entre los pocillos y el humo. No había rencor, solo una especie de perplejidad. Como si el mérito, ese concepto que la sociedad inculca desde la escuela, se hubiera desinflado de golpe. El mérito ya no alcanza. No porque uno no se esfuerce, sino porque el esfuerzo se mide en una cancha que cambió las reglas sin avisar.

La deuda no es solo económica. Es moral, cultural, identitaria. Uno debe explicar por qué no progresa, por qué no compra, por qué no consume como antes. El consumo, ese gran organizador de la vida moderna, se volvió un espejismo. La clase media argentina mira el escaparate y se ve reflejada, pero cuando estira la mano, no toca nada. La dignidad, entonces, se redefine. Ya no es tener un auto cero kilómetro o unas vacaciones en Brasil. Es, simplemente, no deberle nada a nadie. Ni al banco, ni al Estado, ni a la familia.

La pantalla y la soledad

Las redes sociales prometieron conexión. Terminaron siendo el espejo donde uno se mira y no se reconoce. Ahí está la juventud, atrapada entre la exigencia de mostrarse exitosa y la realidad de un mercado laboral que no les ofrece nada sólido. Jóvenes que estudian carreras largas para terminar haciendo posgrados que no les garantizan un peso. O que se lanzan a emprender porque el empleo formal desapareció. La tecnología, que debería ser una herramienta, se convirtió en un juicio permanente. Cada like, cada comentario, es una sentencia.

Y la soledad crece. No la soledad física, sino esa otra, más honda: la de no encontrar a nadie con quien compartir el desconcierto. Porque la polarización lo atraviesa todo. La familia, que antes era un refugio, ahora es un campo de batalla donde cada comida termina en discusión política. Los amigos, que solían ser los que te bancaban, se miden por su alineación en las redes. La verdad, ese concepto tan gastado, se ha vuelto una moneda de cambio. Cada uno tiene la suya y no negocia.

La memoria que pesa

Hay una memoria que no se puede delegar. Es la de los que vivieron el 2001, la hiperinflación, los cacerolazos. Esa memoria pesa como una mochila que los jóvenes no pidieron llevar. Ellos crecieron con la crisis como paisaje, no como episodio. Por eso, quizás, no prometen nada. Saben que prometer es un acto de fe que la realidad se encarga de desmentir. La moral de la clase media argentina, esa mezcla de estoicismo y resentimiento, se resquebraja. No hay relato que la sostenga. Ni el del progreso, ni el de la revolución, ni el del ajuste.

El Estado, mientras tanto, aparece y desaparece como un fantasma. A veces es el que te manda un subsidio, a veces el que no te paga la jubilación. La educación, que fue el ascensor social de los abuelos, hoy es un salón con techos que se llueven y docentes que hacen malabares. La inseguridad no es solo la del barrio, es la incertidumbre de no saber si lo que hiciste hoy servirá para algo mañana.

La inteligencia que no es artificial

Hay quienes dicen que la inteligencia artificial va a resolver todo. Que los algoritmos van a ordenar el caos, que los datos van a reemplazar las decisiones humanas. Pero uno mira a su alrededor y ve que el problema no es la falta de información, sino el exceso. Y que la verdadera inteligencia, la que se necesita, no es la que procesa datos, sino la que entiende el dolor ajeno. Esa inteligencia no se programa. Se aprende en la mesa de la cocina, en el colectivo, en la fila del supermercado.

Porque al final, lo que queda no son los números ni los discursos. Queda la capacidad de mirar al otro y decirle: "Yo también estoy perdido, pero estamos juntos". Eso, quizás, sea la dignidad. No una promesa de futuro, sino una certeza del presente. La clase media argentina, esa que siempre encuentra la manera de remar contra la corriente, sabe que el ruido de fondo no se apaga. Pero también sabe que, a veces, un silencio compartido vale más que cualquier discurso.

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