Artículo y ensayo

Los que se fueron sin despedirse

Entre la inflación y el silencio de las redes, la clase media argentina descubre que la soledad no es un sentimiento sino un dato: los hijos se van, los viejos se quedan y la familia se reconfigura en cuotas.

Los que se fueron sin despedirse

Los que se fueron sin despedirse

La mesa del domingo ya no es la misma. No porque falte comida en algunas casas, que falta, sino porque la gente que se sienta alrededor es otra. Hay sillas vacías, platos que se guardan sin usar, y un silencio que antes se llenaba con discusiones sobre política o fútbol. Ahora el ruido viene de los celulares que vibran sobre el mantel, como si los ausentes mandaran señales desde algún lugar remoto. La clase media argentina está aprendiendo a despedirse sin decirlo.

El fenómeno no tiene un nombre claro. No es la emigración masiva de los años 2000 ni el exilio de los setenta. Es algo más silencioso, más administrativo. Un hijo que se va a probar suerte a España porque con el sueldo de acá no alquila ni un monoambiente. Una hija que se instala en Chile porque allá la facultad es gratis y acá la cuota del privado se come medio aguinaldo. Los que se quedan miran fotos en WhatsApp y aprenden a querer desde la distancia. Los que se van mandan dólares cuando pueden, o no mandan nada, porque allá también la cosa está jodida.

El mérito, esa palabra que los políticos repiten como un mantra, se ha vuelto una trampa. Te dicen que si estudiás, trabajás y te esforzás, vas a progresar. Pero el que estudió, trabajó y se esforzó termina yéndose porque acá el progreso es una ilusión óptica: ves la meta, corrés, y cuando llegás descubrís que la inflación ya la movió más lejos. La clase media, que siempre creyó en el esfuerzo como moneda de cambio, ahora descubre que el mérito no alcanza si el Estado no garantiza un piso. O si la política convierte la dignidad en un artículo de lujo.

Mientras tanto, las redes sociales muestran la vida de los que se fueron. Postean fotos de plazas limpias, calles sin pozos y subtes que pasan puntual. No es que allá no tengan problemas, claro. Pero la comparación duele como un puñal en la carne viva del orgullo nacional. Los que se quedan miran esas imágenes y sienten una mezcla de envidia y alivio. Envidia porque el otro la tiene más fácil. Alivio porque al menos alguien de la familia pudo escapar. Es una emoción rara, parecida a la culpa, que no se discute en las cenas pero flota en el aire como el olor a fritura.

El consumo como consuelo

Frente a la pérdida, el consumo aparece como un bálsamo provisorio. La clase media compra cosas que no necesita, o cosas que necesita pero no puede pagar, y las paga en cuotas. La tarjeta de crédito se convirtió en una extensión del cuerpo: uno no sabe bien cuánto debe, pero sabe que debe. Y en esa deuda hay una promesa tácita de que el futuro será mejor, o al menos igual. Pero el presente es un pozo sin fondo donde la inflación se come los sueldos y la moral se erosiona como un acantilado frente al mar.

Los medios, por su parte, alimentan la polarización. No les conviene que la gente piense, les conviene que elija un bando y se enoje con el otro. Así la bronca se canaliza hacia el adversario político y no hacia el sistema que permite que un país con recursos infinitos tenga pobres infinitos. La verdad se ha vuelto un producto más, como el pan o la nafta: se compra según el precio y la marca. Y la manipulación es tan fina que muchos ni la notan.

La educación, que alguna vez fue el ascensor social de la Argentina, ahora es un ascensor que sube y baja sin orden. Los que pueden pagan colegios privados carísimos para que sus hijos aprendan inglés y programación. Los que no, mandan a sus hijos a la escuela pública, donde los docentes hacen malabares entre el paro y la vocación. La brecha no es solo económica: es cultural, es digital, es emocional. Los chicos de clase media aprenden a manejar la inteligencia artificial mientras los del otro lado apenas tienen conexión a internet. La identidad se define cada vez más por el acceso a la tecnología y cada vez menos por los lazos de sangre o de barrio.

La soledad en cuotas

Hay una soledad nueva, que no es la del que vive solo sino la del que está rodeado de pantallas. Las familias se juntan y cada uno mira su propio dispositivo. El silencio ya no es incómodo porque el ruido de las redes lo llena todo. Pero es un ruido vacío, como un zumbido de fondo que no dice nada. Los jóvenes construyen su identidad en Instagram o TikTok, donde el mérito se mide en likes y la dignidad en seguidores. Los viejos, en cambio, se refugian en la memoria, en los recuerdos de una Argentina que ya no existe, donde el trabajo daba casa y la familia se sentaba a la mesa sin celulares.

El Estado, entretanto, parece un gigante que se mueve lento mientras el país corre rápido. Las políticas públicas llegan tarde, mal o nunca. La inseguridad, que antes era un problema de los pobres, ahora toca la puerta de los barrios residenciales. Y la respuesta oficial suele ser el negacionismo o la promesa vacía. La gente ya no cree en los discursos políticos, pero tampoco cree en los medios. Cree en lo que ve en el grupo de WhatsApp del barrio, donde cualquier rumor se convierte en verdad absoluta. La manipulación reemplazó a la información, y el relato a los hechos.

Frente a todo esto, queda la familia. Pero la familia también cambió. Ya no es el refugio sagrado que describían los manuales de sociología. Es un campo de batalla donde chocan las generaciones, las ideologías y las formas de entender el mundo. Los padres criaron a sus hijos con la idea de que el esfuerzo daba frutos. Los hijos crecieron y vieron que los frutos se pudren antes de madurar. La brecha generacional no es solo de gustos musicales o de ropa: es una brecha de expectativas, de esperanza, de fe en el futuro.

Los que se fueron sin despedirse no lo hicieron por falta de cariño. Lo hicieron porque la Argentina actual no les ofrece un lugar donde valga la pena quedarse. Y los que se quedan, los que resisten, los que siguen pagando la cuota del crédito hipotecario y la escuela de los hijos y el psicólogo para aguantar la ansiedad, esos también están solos. Pero no se van. O no pueden irse. Y entonces aprenden a vivir con la ausencia, con el duelo que no termina de cerrarse, con la certeza de que la familia ya no es un punto de llegada sino un punto de partida. Un lugar al que uno vuelve en las fiestas, o en los velorios, o cuando el dólar pega un salto y todos necesitan abrazarse para no caerse.

La clase media argentina está descubriendo que la identidad no se hereda: se construye, se negocia, se pierde y se vuelve a buscar. Y que la soledad, esa compañera incómoda, es el precio que se paga por haberse quedado en un país que ya no sabe quién es.

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