El silencio que no se llena con likes
La última vez que hablé con un amigo de verdad fue hace tres meses. No es que estemos peleados. Es que la vida se metió en el medio, como siempre, y uno termina enterándose de las cosas por Instagram. Me enteré de que se había separado porque subió una foto solo en un bar y alguien comentó “fuerza”. No hizo falta más. Así funciona ahora la comunicación: un like, un emoji, una historia que dura veinticuatro horas y después se borra. Como si nada hubiera pasado.
La clase media argentina aprendió a vivir con la inflación como se aprende a convivir con un ruido de cañería: sabés que está, pero apretás los dientes y seguís. Lo que no aprendió es a bancarse la soledad que viene después de la crisis. Porque la crisis no es solo económica. Es también un vacío que se siente en la mesa del comedor, en la cena que ya no se hace porque no hay plata para el asado, en la charla que se corta porque no hay tema que no termine en política o en plata.
Las redes sociales prometieron lo contrario. Prometieron conectarnos, acortar distancias, llenar el silencio con notificaciones. Pero lo que hicieron fue otra cosa: nos dieron la ilusión de compañía sin el peso de tener que sostenerla. Un mensaje de texto no reemplaza una puteada compartida. Un me gusta no es lo mismo que un abrazo. Y sin embargo, estamos ahí, deslizando el dedo por la pantalla, buscando algo que ni siquiera sabemos qué es.
La familia que ya no habla
En las casas de la clase media, las discusiones políticas se volvieron un lujo que nadie puede pagar. No porque no haya diferencias, sino porque la grieta desgasta. La polarización no es un concepto abstracto que se discute en los programas de televisión: es el tío que dejó de venir a los cumpleaños, la hermana que bloqueó al primo, el padre que prefiere callarse antes que escuchar otra vez que el país se va al carajo. Entonces, en la mesa familiar, se habla del clima, del precio del tomate, de la serie de moda. Pero el silencio pesa. Y ese silencio no se llena con likes.
La educación también sintió el golpe. Los chicos vuelven del colegio con la mochila llena de tareas y la cabeza llena de algoritmos. Aprenden a usar la inteligencia artificial antes que a escribir una carta. Saben cómo editar un video, pero no cómo contar un cuento. La tecnología prometió facilitar el aprendizaje, pero a veces parece que lo que facilita es el olvido. Olvidamos cómo se espera, cómo se aburre, cómo se piensa sin pantalla de por medio. La memoria se nos va en el buzón de voz, en los archivos que nunca volvemos a abrir, en las fotos que guardamos pero no miramos.
El mérito que ya no alcanza
Hay una idea que se repite como un mantra: si trabajás duro, te va bien. Pero la inflación se llevó esa promesa. El mérito ya no alcanza para pagar el alquiler ni para comprar un libro. La clase media labura diez horas por día, llega cansada a su casa, y encima tiene que escuchar que la culpa es suya por no esforzarse lo suficiente. La moral del esfuerzo se convirtió en un chiste malo. El que labura en blanco gana menos que el que cobra un plan. El que estudió toda la vida termina haciendo rappi. Y el discurso del mérito suena a burla.
El Estado, mientras tanto, está ausente. No es que no exista: existe para cobrar impuestos, para regular lo que se puede y no se puede vender, para meter la mano en el bolsillo cuando uno menos lo espera. Pero cuando hay que garantizar seguridad, salud o educación de calidad, el Estado se vuelve una promesa vacía. La clase media aprendió a no esperar nada de él. A arreglarse sola. A pagar un seguro privado, una escuela privada, un médico privado. A vivir encerrada en su burbuja, porque la calle está cada vez más peligrosa y la policía no aparece.
Y en ese encierro, la soledad crece. No es la soledad del que vive solo, sino la del que está rodeado de gente pero no puede conectar. La del que sube una foto a Instagram y recibe cien likes, pero no tiene a quién llamar cuando se siente mal. La del que se ríe con un meme pero no sabe cómo decir lo que le pasa.
La verdad que se negocia en la feria
En los medios, la verdad se convirtió en un producto más. Cada canal, cada diario, cada influencer tiene su propia versión de los hechos. La manipulación no es un accidente: es el negocio. La polarización vende. El odio vende. La indignación vende. Y la clase media, que antes confiaba en el diario de la mañana o en el noticiero de las ocho, ahora no sabe a quién creerle. Entonces desconfía de todo. Se refugia en su grupo de WhatsApp, en la información que confirma lo que ya piensa. Y la verdad se vuelve una cuestión de fe, no de hechos.
La identidad también se resintió. Ser argentino ya no es un orgullo: es una discusión. ¿Somos los del mate y el asado o los del dólar y la cola del banco? ¿Somos los que nos reímos de la crisis o los que lloramos en silencio? No hay una respuesta. Hay fragmentos. Un país que no se reconoce a sí mismo, que busca en el pasado una épica que ya no existe y en el futuro una promesa que nunca llega.
Y en el medio, la clase media sigue adelante, como puede, como siempre. Sin grandes gestos ni discursos. Apenas con la dignidad de quien sabe que la vida no es fácil pero la vive igual. Con la certeza de que el silencio no se llena con likes, y que la única salida verdadera es volver a hablar. Aunque duela. Aunque no haya tema. Aunque al otro lado del teléfono nadie atienda.
