Artículo y ensayo

El ruido de los que no hablan

En la Argentina de las redes sociales y la inflación, la clase media descubre que el silencio se ha vuelto un lujo: una crónica sobre la soledad, la polarización y el precio de escuchar.

El ruido de los que no hablan

El ruido de los que no hablan

La primera vez que noté el silencio fue en un colectivo de la línea 60, un martes a las seis de la tarde. Todo el mundo miraba el teléfono. Nadie hablaba. Pero no era un silencio tranquilo, de esos que te dejan pensar. Era un silencio denso, como si todos estuvieran leyendo algo que los enojaba. Después vi a una mujer que se reía sola con los auriculares puestos. Un chico grababa un video de la ventanilla y movía los labios sin sonido. El colectivo avanzaba entre bocinazos y la gente se encogía en los asientos como si el espacio se hubiera vuelto más chico. En la Argentina de la inflación y el ruido digital, el silencio se ha vuelto un lujo que pocos pueden pagar. Y los que lo intentan, terminan hablando solos.

La clase media argentina está aprendiendo a convivir con una paradoja: nunca hubo tantas maneras de comunicarse y nunca la comunicación fue tan pobre. Las redes sociales prometían acercarnos, pero lo que hicieron fue multiplicar los malentendidos. Cada like es una pregunta. Cada comentario, una amenaza. La polarización no es un invento de los medios, es un estado de ánimo. Uno se sienta a cenar con la familia y no sabe bien qué decir porque cualquier tema, desde el precio del pan hasta la última declaración de un político, puede convertirse en una discusión sin salida. Entonces se habla del clima, que también cambió. O se mira el teléfono. El silencio se llena de notificaciones.

Lo que más cansa no es la inflación, aunque cansa. Lo que más cansa es tener que explicarse todo el tiempo. Explicar por qué uno votó lo que votó. Explicar por qué no se fue del país. Explicar por qué se queda. Explicar por qué no tiene hijos, o por qué tiene tres. Explicar por qué trabaja en blanco, o en negro, o no trabaja. Cada conversación se parece a un juicio. La gente ya no discute para aprender, discute para ganar. Y el que pierde, se ofende. Así que muchos eligen callar. Pero el silencio, en la Argentina de las redes, es sospechoso. Si no opinás, es porque estás de acuerdo con el enemigo. Si opinás, te convierten en enemigo. No hay punto medio.

La soledad que se siente en ese ruido es difícil de explicar. Uno puede estar rodeado de gente, en un asado o en una marcha, y sentirse igual de solo. Porque la compañía ya no es física, es ideológica. Te juntás con los que piensan como vos y ni siquiera eso alcanza. Porque siempre hay alguien que cree que no sos lo suficientemente puro. Que te vendiste. Que te volviste tibio. La identidad se ha vuelto un trabajo de tiempo completo: hay que cuidarla, mostrarla, defenderla. Y en el medio, la vida cotidiana se va deshilachando. La educación de los hijos, el crédito hipotecario que nunca llega, la preocupación por la salud, el precio de la carne. Todo eso queda en segundo plano mientras discutimos si el relato del gobierno es verdadero o falso.

La verdad, esa palabra que antes parecía sólida, ahora es un material líquido. Cada uno tiene la suya. Los medios la fabrican a demanda. Las redes la reciclan en memes. La inteligencia artificial promete ordenar el caos, pero lo que hace es profundizarlo: genera textos que parecen humanos, videos que parecen reales, noticias que nunca ocurrieron. Uno ya no sabe si lo que ve es cierto o si lo inventó un algoritmo. Y lo peor es que a veces da lo mismo. Porque la verdad no paga las cuentas. La verdad no baja la inflación. La verdad no devuelve a los hijos que se fueron del país buscando un futuro que acá se perdió en algún momento de los años noventa, o quizás antes.

Hay una memoria que duele, la de los que se fueron sin despedirse. La clase media argentina tiene una herida abierta con la emigración. Cada familia tiene un primo en España, un hermano en Estados Unidos, un hijo en Chile. Las videollamadas reemplazan los abrazos y la soledad se vuelve digital. Se comparte la foto de la cena de Navidad a las once de la noche, mientras allá es de día. Y uno sonríe para la cámara pero siente un vacío que el algoritmo no completa. La identidad se parte en dos: la del que se queda y la del que se va. Y ninguna de las dos es completa.

En ese contexto, la moral se ha vuelto un lujo de ricos. O de pobres, según se mire. La clase media, la que siempre presumió de valores, descubre que la dignidad tiene precio. Aceptar un trabajo en negro, pedir un préstamo usurero, mentir en el currículum: son decisiones que antes se juzgaban y ahora se entienden. El mérito, esa vieja promesa del esfuerzo recompensado, suena a chiste en un país donde la inflación te come el sueldo antes de que llegue el fin de mes. La gente ya no cree que si se esfuerza va a progresar. Cree que si tiene suerte, quizás no pierde todo. Y esa pérdida de fe es más grave que cualquier crisis económica. Porque sin fe en el futuro, el presente se vuelve un campo de batalla donde cada uno pelea solo.

Las redes sociales, mientras tanto, amplifican el desastre. No son la causa, pero son el combustible. La polarización no es un accidente, es el modelo de negocio. Cuanto más enojado estás, más tiempo pasas mirando la pantalla. Cuanto más tiempo pasas, más datos generas. Cuanto más datos generan, más dinero ganan. La indignación se ha vuelto un producto que se vende como pan caliente. Y la clase media compra, porque la indignación es más barata que la esperanza. La esperanza requiere tiempo, paciencia, organización. La indignación se consume en un clic y no deja resaca.

Pero hay algo que el algoritmo no puede medir. Esa sensación de vacío que queda después de haber opinado sobre todo y no haber cambiado nada. La fatiga de explicarse no es solo un síntoma de la época, es una forma de resistencia. Porque cuando uno se calla, cuando apaga el teléfono y mira la calle de verdad, descubre que el mundo sigue ahí. Que el colectivo sigue pasando. Que la señora del almacén sigue vendiendo fideos. Que los chicos siguen yendo a la escuela, aunque la escuela esté hecha mierda. Que la vida, a pesar de todo, sigue. Y que quizás, en ese silencio que tanto cuesta, hay una verdad que no necesita ser explicada. Solo vivida.

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