El vecino que paga con la cara y no con el nombre
Imaginemos una situación hipotética, de esas que ya no tienen nada de raras. Una mujer entra a una farmacia de barrio, pide un remedio, y cuando va a pagar el farmacéutico le dice que la obra social ahora se maneja con una aplicación. Ella saca el celular, abre la app, espera, la pantalla le pide un selfie. Se acomoda el pelo, sonríe apenas, aprieta. La máquina decide que es ella. Recién ahí la venta sigue. Lo que pasó entre el mostrador y el teléfono duró menos de un minuto, pero en ese minuto se jugó algo más grande que un descuento.
La identidad se está mudando de lugar. Durante décadas, en la Argentina, ser alguien tenía que ver con un papel: el DNI, la libreta, el recibo de sueldo, la firma al pie de un contrato. Hoy cada vez más sistemas piden otra cosa: una cara, un gesto, un código que llega por mensaje. No es solo una modernización administrativa. Es un cambio en la forma en que el poder nos reconoce y nos deja pasar.
La firma que ya no firma nada
Pensemos en lo que era firmar. Un trazo con birome, repetido tantas veces que terminaba siendo una marca personal, casi un dibujo. La firma tenía algo de ceremonial: alguien la miraba, la comparaba, la aceptaba. Había un costado humano en ese acto, incluso cuando era burocrático y molesto.
Ahora la validación la hace un algoritmo que no mira el trazo sino el rostro. Y el rostro, a diferencia de la firma, no se puede ensayar del todo. Se puede maquillar, iluminar, elegir el ángulo. Pero la máquina decide igual. Esa asimetría es nueva: nosotros ponemos la cara, otro pone el criterio.
No es un detalle menor para un país donde durante años mucha gente resolvió su vida cotidiana con la palabra dada, el fiado del almacén o el trámite hecho por un conocido en la oficina pública. Esos arreglos informales tenían algo en común: se apoyaban en la confianza entre personas. La selfie, en cambio, no confía en nadie. Verifica.
El que queda afuera del cuadro
Hay una consecuencia que no suele aparecer en las notas sobre tecnología. Cuando el acceso a un servicio depende de una cámara, de un celular con batería y de una conexión estable, queda gente afuera. No por mala fe ni por no saber, sino porque el sistema fue diseñado para un usuario que no siempre existe.
Imaginemos otra situación hipotética: un jubilado que cobra en efectivo y no tiene datos móviles. Va a hacer un trámite y le piden que descargue una aplicación. Pide ayuda, la recibe, pero la aplicación le pide un selfie que no logra que la máquina acepte. Vuelve al día siguiente. Vuelve otra vez. En cada visita, alguien le explica que el sistema es así. Nadie le explica por qué.
Ese hombre no está afuera por pobre ni por viejo. Está afuera porque su forma de existir no coincide con la que el sistema espera. Y ahí aparece una pregunta incómoda: cuando la identidad se vuelve una performance técnica, ¿qué pasa con quienes no pueden o no quieren actuar ese papel?
El Estado como aplicación
La digitalización de los trámites tiene defensores razonables: menos colas, menos papel, menos ventanillas con horarios imposibles. En un país donde hacer un trámite puede llevar días, la promesa de resolverlo desde el celular suena a alivio. Y a veces lo es.
Pero hay un costado que se discute menos. Cuando el Estado se vuelve una aplicación, el vínculo con la ciudadanía cambia de forma. Ya no hay una persona del otro lado que escucha, interpreta y a veces hasta hace la vista gorda. Hay un formulario que no negocia. La vieja empleada pública que te dejaba pasar con un papel vencido era parte de un sistema imperfecto, sí, pero también de un sistema que tenía rostro humano.
Lo que se gana en eficiencia se pierde en algo más difícil de medir: la posibilidad de que alguien te mire a los ojos y decida que tu caso merece una excepción. La máquina no hace excepciones. O las hace todas a la vez, según un criterio que nadie conoce del todo.
La cara como contraseña
Hay algo perturbador en usar la cara como contraseña. La contraseña se puede cambiar si te la roban. La cara no. Y aunque los sistemas prometen guardar solo un código y no la imagen, la desconfianza es razonable en un país donde los datos personales circularon durante años por canales informales.
No se trata de caer en el pánico tecnológico. Se trata de notar que estamos aceptando un intercambio sin discutirlo demasiado: entregamos un rasgo físico a cambio de acceso. En la cola del banco, en la farmacia, en el trámite de la escuela, en la compra de un pasaje. Cada selfie es una pequeña cesión.
Y esa cesión se hace en un contexto donde la privacidad no es un tema que esté en el centro de la conversación pública. La discusión sobre la inflación, la inseguridad o el trabajo ocupa las tapas. La pregunta por quién guarda nuestra cara y para qué queda en un costado, como si fuera un detalle técnico.
El barrio que todavía reconoce de memoria
Hay un contrapunto que conviene no idealizar. En muchos barrios, el almacenero todavía sabe quién sos sin que le muestres nada. Te fía porque te conoce, o porque conoce a tu viejo, o porque hace veinte años que le comprás el pan. Esa confianza es imperfecta y a veces injusta: deja afuera al que acaba de llegar, al que no tiene historia en la cuadra.
La tecnología promete lo contrario: un sistema que no discrimina por barrio ni por apellido. En teoría, todos valen lo mismo frente a la cámara. En la práctica, el acceso depende de tener el celular adecuado, la conexión adecuada, la cara adecuada. La promesa de igualdad se apoya en una infraestructura que no es igual para todos.
No hay que elegir entre la confianza del almacén y la verificación de la aplicación. Pero sí conviene preguntarse qué perdemos cuando una forma reemplaza a la otra sin discusión. La identidad no es solo un dato que se confirma. Es también la historia que otros guardan de nosotros.
Qué queda cuando la máquina dice que no
El problema más profundo no es técnico. Es moral. Cuando un sistema falla, ¿quién responde? Si la aplicación rechaza tu selfie y no podés cobrar o comprar o inscribirte, no hay un culpable claro. Hay un error. Y el error, a diferencia de una decisión, no se discute ni se apela.
Ahí aparece una soledad nueva: la de estar frente a una pantalla que dice que no sos quien decís ser, sin nadie a quien mirar a los ojos. La vieja ventanilla tenía fila y bronca, pero también tenía un empleado con nombre. La aplicación no tiene nombre. Tiene términos y condiciones.
Tal vez la pregunta que queda no sea cómo mejorar la aplicación, sino qué parte de nosotros estamos dispuestos a entregar para que nos deje pasar. Y qué pasa con los que, por la razón que sea, no pueden o no quieren entregarla.