El espejo de la meritocracia
No hace falta ir muy lejos para verlo. En cualquier café de Buenos Aires, un sábado a la tarde, hay alguien mirando el celular con los ojos entrecerrados, como si la pantalla le devolviera una verdad que no termina de entender. Scrollea, pausa, scrollea otra vez. Ve a un influencer que muestra su auto nuevo, un emprendedor que cuenta cómo pasó de vivir en un monoambiente a tener tres propiedades, una chica que explica con voz dulce que el único límite es la mente. Todo eso en treinta segundos, con música de fondo y un filtro que suaviza las arrugas. El que mira sabe que algo no cierra, pero no encuentra las palabras para decirlo. O las encuentra, pero ya no tiene con quién compartirlas.
La promesa que se desvanece
La idea de que el esfuerzo rinde frutos es uno de los mitos fundacionales de la clase media argentina. Durante décadas, los padres repitieron el mantra: estudiá, trabajá, portate bien, y vas a tener una vida mejor. Y por un tiempo funcionó. No para todos, claro, pero sí para muchos. El Estado garantizaba cierta movilidad, la educación pública era un ascensor social, el trabajo formal ofrecía una red de contención. Todo eso existe todavía, pero con los bordes desgastados, como un billete que pasó por muchas manos y ya casi no se reconoce.
Hoy el ascensor sube más lento y encima se para en varios pisos. La inflación se come el sueldo antes de que llegue el fin de mes. El mérito, esa palabra que invocan los políticos en los discursos y los gurús en las redes, se ha vuelto un comodín que sirve para justificar cualquier cosa. Que no llegás a fin de mes? Es porque no te esforzás lo suficiente. Que no conseguís trabajo? Es porque no supiste venderte. Que tu hijo se va del país? Es porque no valorás lo que tenés. El mérito se ha convertido en una coartada moral para no mirar la realidad de frente.
La soledad del que no llega
Lo que más duele no es la plata. Es la sensación de que uno está solo frente a la tormenta. Antes, cuando algo se rompía, existía la familia, el vecino, el sindicato, el club de barrio. Ahora cada uno resuelve como puede, con la ayuda de un tutorial de YouTube o un préstamo de una aplicación que cobra intereses que dan miedo. La polarización política no ayuda: convierte cualquier discusión sobre el Estado, la educación o la inseguridad en un ring de boxeo donde no hay puntos medios. El que piensa distinto no es un interlocutor, es un enemigo. Y así, la conversación pública se vacía de matices, se llena de gritos y de memes, y la clase media queda atrapada entre dos fuegos, sin un relato que la contenga.
Las redes sociales, en lugar de conectar, profundizan la fractura. Ofrecen una identidad prefabricada, una máscara que cambia según la audiencia. Uno puede ser el emprendedor exitoso en LinkedIn, el militante furioso en X, el padre amoroso en Instagram y el ciudadano indignado en los grupos de WhatsApp. Pero ¿dónde queda la persona real? La pregunta incomoda porque la respuesta es obvia: la persona real está agotada, mirando el espejo sin reconocerse, preguntándose si todo este ruido vale la pena.
La juventud y el peso de la herencia
Los jóvenes lo ven con claridad. No tienen la nostalgia de los que vivieron los años dorados, pero cargan con la mochila de las promesas incumplidas. Crecen en un país donde la inflación es parte del paisaje, donde la inseguridad se volvió un dato estadístico más, donde la educación pública sobrevive con parches. Y encima les dicen que si no triunfan es porque no se esforzaron lo suficiente. Algunos se van. Otros se quedan, pero con la mirada puesta en el celular, buscando en el feed una versión mejorada de la realidad. La inteligencia artificial, que prometía liberarlos de las tareas tediosas, termina siendo otro eslabón en la cadena de consumo: todo se reduce a datos, algoritmos, eficiencia. La memoria, ese músculo que se ejercita recordando, se atrofia frente a la inmediatez del clic.
La dignidad, entonces, se redefine. Ya no es el orgullo de haber construido algo con las propias manos. Es la capacidad de resistir, de no dejarse abollar del todo. Es llegar a fin de mes sin deberle a nadie, o deberle pero con la cabeza en alto. Es mirar al vecino y no sentir envidia, sino una solidaridad muda que no necesita ser dicha. La clase media argentina ha aprendido a sobrevivir con poco, a inventar, a hacer malabares. Pero esa habilidad, que antes era virtud, ahora se parece más a una condena. Porque sobrevivir no es lo mismo que vivir.
La verdad que no se dice
En el fondo, lo que falta es una verdad compartida. Un relato que no sea marketinero ni partidario, que reconozca que el mérito no alcanza cuando el piso se mueve todo el tiempo. Que la educación no es solo un problema de contenidos, sino de sentido. Que la inseguridad no se resuelve con más policías o con más penas, sino con menos desigualdad. Que la soledad no es un síntoma individual, sino un fenómeno colectivo. Pero decir eso, hoy, suena a utopía. O a ideología, que es peor.
Mientras tanto, la gente sigue adelante. Va al supermercado, compara precios, elige la opción más barata, vuelve a casa, prende la tele, scrollea un rato, apaga la luz. Y al otro día arranca de nuevo. Sin promesas, sin grandes gestos, sin esperar que nadie venga a salvarlos. Porque aprendieron que la salvación, si existe, es algo que se construye en silencio, entre el ruido de fondo, con las uñas y con los dientes. Y a veces, con un poco de suerte, con una sonrisa que todavía no se apagó.
