El ruido de las certezas
La semana pasada, en una esquina de Palermo, un tipo discutía con el verdulero por el precio del tomate. No era una discusión cualquiera: era una pulseada por la dignidad. El verdulero decía que la inflación no le dejaba margen. El otro, que ya no le alcanzaba para nada. Al final, ninguno de los dos tenía razón del todo. Pero los dos tenían razón en algo.
Esa escena resume bastante bien lo que está pasando en la Argentina de 2025. La clase media, ese sujeto difuso que siempre fue el motor del país, está atrapada entre el supermercado que sube los precios todos los martes y la pantalla del celular que le dice cómo debería sentirse al respecto. La crisis ya no es solo económica. Es una crisis de relato, de identidad, de eso que antes llamábamos verdad.
La fábrica de certezas
Antes, la verdad era algo que se construía con tiempo, con fuentes, con periodistas que iban a la calle. Ahora la fabrican los algoritmos. En las redes sociales, cualquiera puede asegurar cualquier cosa y si el posteo tiene suficientes likes, se convierte en hecho. La polarización política encontró ahí su caldo de cultivo. Cada uno elige su burbuja y adentro de la burbuja todo es coherente. Afuera, el que piensa distinto no es un adversario, es un enemigo.
El poder aprendió rápido a usar esa maquinaria. Ya no hace falta convencer a nadie. Basta con alimentar la cámara de eco. Mientras tanto, la deuda externa crece, la inflación no cede y la inseguridad se cuela en las conversaciones de la cena familiar. Pero en las pantallas, el problema es otro: quién dijo qué, quién se ofendió, quién pidió disculpas.
La familia y el mérito
En mi barrio, los padres todavía les dicen a los chicos que estudien, que si se esfuerzan van a llegar. Pero ya nadie se lo cree del todo. La educación pública, que alguna vez fue el gran ascensor social, está desfondada. La privada cuesta un sueldo. Y cuando los pibes terminan el secundario, se encuentran con un mercado laboral que no los espera o los espera para pagarles dos mangos. El mérito, esa vieja promesa, quedó en el arcón de los recuerdos junto con el Ford Falcon y los billetes de australes.
La familia, mientras tanto, se reacomoda como puede. Los hijos se van y vuelven. Las madres trabajan y cuidan. Los padres jubilados crían a los nietos. La soledad se disfraza de independencia, pero en el fondo es puro vértigo. La juventud creció con internet, pero no sabe arreglar un enchufe. Y la moral, esa brújula que alguna vez fue colectiva, ahora es un asunto privado, casi íntimo.
El consumo como refugio
La plata no alcanza, pero la gente compra igual. En cuotas, claro. El consumo se volvió una forma de resistencia, una manera de decir que todavía se puede. Las tarjetas de crédito son el nuevo colchón: uno duerme sobre la deuda. Y los medios, que antes contaban historias, ahora venden ansiedad. Cada título es un grito. Cada noticia, un motivo para indignarse o para tener miedo.
La inteligencia artificial, mientras tanto, promete resolver todo. Pero lo que resuelve, sobre todo, es el trabajo de los que escriben, dibujan, traducen. La tecnología avanza y deja un reguero de incertidumbre. La clase media se pregunta si su oficio va a existir en diez años. Y no hay respuesta. O peor: la respuesta la da una máquina.
La memoria y el olvido
Argentina tiene una relación rara con la memoria. La usamos para justificar el presente, pero nos olvidamos rápido de lo que no nos sirve. La dictadura, el corralito, el 2001. Cada crisis es un borrón y cuenta nueva, pero la cuenta nunca se cierra del todo. La deuda, esa palabra que define al país, es también una metáfora de la identidad: siempre debemos algo, siempre estamos pagando plazos vencidos.
En las cenas de fin de año, alguien siempre dice que el próximo año va a ser mejor. Pero todos saben que es un mantra, un conjuro para espantar la desesperanza. La clase media argentina es experta en sobrevivir. Se adapta, se achica, se reinventa. Pero hay algo que se pierde en el camino: la certeza de que el esfuerzo vale la pena, de que la verdad existe, de que la dignidad no es un lujo.
El ruido de fondo
Mientras escribo esto, en la tele discuten un nuevo ajuste. En Twitter, alguien pide que renuncie un funcionario. En el grupo de WhatsApp de la familia, mi tía manda un meme sobre el dólar. Todo es ruido. Y en medio del ruido, la gente sigue yendo al trabajo, llevando a los hijos al colegio, pagando el alquiler, discutiendo con el verdulero.
No sé si hay una salida. No sé si la clase media va a recuperar ese lugar central que tuvo en el imaginario argentino. Pero sé que mientras haya un tipo que discuta el precio del tomate con la misma pasión con la que discute política, algo de esa vieja Argentina sigue vivo. Quizás no sea mucho. Pero es algo.
