Artículo y ensayo

El espejo roto de la clase media

Entre la inflación que todo lo desgasta y las redes que todo lo simplifican, la clase media argentina busca un reflejo que ya no encuentra. Una crónica sobre identidad, memoria y el precio de la verdad.

El espejo roto de la clase media

El espejo roto de la clase media

La mesa del living, esa que durante años fue el centro de las discusiones familiares, ahora acumula polvo. No porque la familia se haya desintegrado, sino porque las discusiones se mudaron al teléfono. Cada uno mira su pantalla y la mesa quedó como un testigo mudo de lo que ya no pasa. La clase media argentina se reconoce en esos gestos mínimos, en los objetos que se vuelven innecesarios, en las rutinas que se rompen sin hacer ruido.

La inflación, esa vieja conocida, ya no solo se come el salario. Se come las ganas de proyectar. El que ahorraba para un viaje ahora ahorra para no perder. Y no es drama, es pura supervivencia. La dignidad, esa palabra que se usaba tanto en las discusiones de sobremesa, ahora se mide en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado. Pero se pide, claro. Todos piden. La deuda ya no es un tabú, es un mecanismo. Un engranaje más de una máquina que gira sin dirección clara.

En las redes sociales, la polarización se volvió un deporte nacional. Cada uno elige su trinchera y desde ahí dispara. No importa si el otro escucha, importa el ruido. El relato, esa palabra que los políticos usan como si fuera un comodín, se construye en fragmentos de 280 caracteres. No hay matices, no hay tiempo para la duda. La verdad, si es que existe, se diluye en un mar de memes y videos cortos. La memoria, antes un ejercicio colectivo, ahora es un archivo digital que caduca en 24 horas. Olvidamos rápido porque recordar duele y duele más si no hay certezas.

La educación, alguna vez el ascensor social de este país, se convirtió en un trámite. Los pibes estudian para un examen, no para entender. La inteligencia artificial promete resolver todo, pero no enseña a preguntar. El mérito, esa idea que los padres repetían como un mantra (estudiá, trabajá, vas a llegar), ahora suena a cuento viejo. Llegar a dónde, si el piso se mueve constantemente. El trabajo ya no es un lugar, es una función que se puede tercerizar, automatizar, desaparecer. La juventud mira el futuro con desconfianza, no porque sea pesimista, sino porque el presente no le da tregua.

El Estado, ese gran ausente o ese gran presente según a quién se le pregunte, aparece siempre en el momento menos pensado. A veces como un salvavidas, a veces como un lastre. La moral, tan elástica como el dólar blue, se adapta a las circunstancias. Lo que ayer era incorrecto hoy es una estrategia de supervivencia. La manipulación, fina o burda, se ejerce desde todos lados: el político que promete lo que no puede cumplir, el medio que vende indignación, el influencer que vende felicidad. El consumo, ese viejo antídoto contra la angustia, ya no calma. Compramos porque nos distrae, pero la pila se agota rápido.

En las charlas de pasillo, en los grupos de WhatsApp de padres del colegio, en las filas del supermercado, se filtra una misma sensación: la soledad. No la soledad física, sino esa que se siente cuando uno descubre que las instituciones no lo contienen, que los discursos no lo representan, que la política es un teatro donde los actores cambian pero la obra es la misma. La identidad, ese rompecabezas que armamos con piezas de familia, trabajo, barrio, ideología, se desarma con facilidad. Las piezas no encajan como antes. Tal vez porque el molde cambió o porque nunca hubo un molde, solo la ilusión de que existía.

La clase media argentina siempre se definió por lo que tenía y por lo que aspiraba a tener. Pero ahora, cuando el tener se volvió tan frágil y el aspirar un lujo, el espejo se rompe. Mirarse en él ya no devuelve una imagen clara. Quedan fragmentos: un título universitario que no garantiza nada, una casa propia que se paga con esfuerzo, un auto que se usa cada vez menos. Y un montón de conversaciones truncas, de proyectos en pausa, de promesas que el tiempo desmintió.

No hay un final feliz ni una moraleja. Hay una mujer que, mientras escribe esto, mira la mesa del living y piensa que tal vez sea hora de limpiarla. No para volver a sentarse a discutir, sino para hacer lugar a algo nuevo. Algo que todavía no sabe qué es. Algo que tal vez nunca llegue. Pero mientras tanto, la mesa está ahí. Y eso, por ahora, alcanza.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

El espejo y la pantalla

El espejo y la pantalla

Entre la inflación que todo lo carcome y las redes sociales que nos devuelven una imagen distorsionada, la clase media argentina negocia a diario con quién es y quién le gustaría ser.

clase media identidad redes sociales
El espejo que no devuelve la mirada

El espejo que no devuelve la mirada

Entre la inflación que todo lo corroe y las redes que todo lo muestran, la clase media argentina se enfrenta a una pregunta incómoda: quién es cuando nadie la define.

clase media inflación identidad
La memoria que no se negocia

La memoria que no se negocia

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes sociales que imponen su propia versión de los hechos, la clase media argentina descubre que defender la memoria no es un gesto político sino un acto de dignidad personal.

memoria clase media polarización