Artículo y ensayo

La familia que no cierra

Entre la inflación que todo lo licúa y las redes sociales que imponen una versión idealizada de la vida, la familia argentina ensaya un equilibrio imposible entre el trabajo que no alcanza y los afectos que se resienten.

La familia que no cierra

La familia que no cierra

La casa de la familia Costa está en un barrio de clase media del oeste del conurbano. Tiene dos plantas, un jardín chico y un portón de hierro que cada noche cierran con candado. Adentro viven cuatro personas: el padre, la madre, un hijo de diecisiete y una hija de veintidós. Afuera vive el país.

Rodolfo Costa trabaja en una fábrica de autopartes desde hace veintitrés años. Gana lo mismo que hace seis meses, pero todo cuesta el doble. La semana pasada fue al supermercado y no le alcanzó para comprar carne. Volvió con fideos, puré de tomate y un paquete de galletitas. Su mujer, Silvia, es docente en una escuela pública. Tiene que pagar el viaje hasta Capital con su propio bolsillo, y el boleto aumentó tres veces en lo que va del año. La hija estudia en la universidad y además trabaja en un local de ropa. El hijo sueña con comprarse una computadora para jugar, pero sabe que no hay plata. Rodolfo dice que la familia está junta, pero no sabe bien para qué.

La familia argentina se ha vuelto un ejercicio de supervivencia que nadie pidió. No es que falten afectos, sino que sobran cuentas. La inflación se metió en la heladera y también en las discusiones de la cena. Se habla de plata, de si sobra o no, de si el sueldo alcanza o no. Eso genera ruido. Y el ruido se parece a la bronca. Pero la bronca no tiene destinatario claro: a veces va contra el Gobierno, a veces contra el dueño del supermercado, a veces contra uno mismo por no haber estudiado otra cosa.

Hay una moral que se cuela en todo esto. La idea de que si uno se esfuerza lo suficiente, las cosas mejoran. Pero el mérito, ese concepto que tanto se repite en los discursos políticos y en los posteos de LinkedIn, choca contra una realidad que no premia el esfuerzo sino el aguante. Aguante es la palabra que usan los que ya no esperan nada. Aguante es la tarjeta de crédito que se paga a medias. Aguante es el fin de mes que nunca termina.

Las redes sociales, mientras tanto, venden otra cosa. En Instagram, los Costa no existen. Existen familias que viajan, que se sacan fotos en restaurantes, que muestran hijos felices y casas ordenadas. Esa imagen no es mentira, pero tampoco es verdad. Es un recorte. Y el problema del recorte es que el que lo mira cree que el suyo es el único que está mal. La polarización también llega ahí: los que defienden al gobierno y los que lo atacan, pero nadie habla de la factura de la luz que subió dos veces en el mismo mes.

La educación, por supuesto, es otro frente. Silvia cuenta que en la escuela donde trabaja los chicos llegan sin desayunar. No es que los padres no quieran, dice, es que no pueden. Y mientras tanto, el debate público discute si hay que enseñar programación o si la inteligencia artificial va a reemplazar a los docentes. Ella no tiene tiempo para eso. Tiene que llegar al aula con fotocopias que paga ella misma y bancarse un curso de treinta pibes que hablan todos al mismo tiempo. La tecnología promete soluciones, pero la única tecnología que ella necesita es un sueldo que le permita no pensar en la plata al menos un día a la semana.

La soledad, entonces, se vuelve un síntoma. No la soledad del que vive solo, sino la del que está rodeado de gente y no encuentra con quién hablar de lo que le pasa. Porque hablar de plata es de mal gusto, y hablar de política es peligroso, y hablar de lo que uno siente es casi imposible. Así que la familia Costa mira la televisión y no dice nada. O discute por pavadas. O se calla.

El Estado aparece de vez en cuando, como un pariente lejano que manda un mensaje cada tanto. Los subsidios, los planes, las asignaciones. Pero todo llega tarde o llega incompleto. Y la deuda, esa palabra que todos repiten pero nadie termina de entender, no es solo la que se paga en dólares. Es la deuda con los hijos, que crecen viendo a sus padres cansados. Es la deuda con uno mismo, que ya no sabe qué quiere.

Rodolfo dice que antes se sentía parte de algo. Un país, una clase, un proyecto. Ahora no sabe bien qué es. La identidad se ha vuelto difusa. Ya no se es trabajador, ni peronista, ni radical, ni nada que tenga un nombre claro. Se es alguien que trata de llegar a fin de mes. Y eso, a su manera, es una forma de dignidad. Pero es una dignidad que no se muestra, que no se postea, que no se defiende en una marcha. Es la dignidad del que paga el alquiler y se queda sin un mango para el fin de semana.

La juventud, mientras tanto, busca respuestas en lugares que los adultos no entienden. La hija de los Costa milita en un partido de izquierda y discute con el padre todas las noches. Él le dice que no sabe lo que es laburar. Ella le dice que él no entiende el presente. Los dos tienen razón. Pero ninguno sabe cómo salir del círculo. El hijo, en cambio, se la pasa mirando videos en TikTok. No milita, no estudia mucho, no habla de política. Consume. Consume contenido, consume música, consume promesas de una vida mejor que nunca llega. La cultura juvenil, hoy, es una cultura del presente perpetuo. No hay futuro, solo el próximo video.

La verdad, en todo esto, se ha vuelto un problema. Ya no se sabe qué es verdad y qué es manipulación. Los medios, las redes, los políticos: todos dicen cosas distintas. Y la familia Costa escucha, pero ya no cree. O cree a medias. La memoria, entonces, se convierte en un lujo. Recordar lo que prometieron, lo que pasó, lo que se dijo. Pero la inflación no solo licúa los sueldos, licúa también los recuerdos. El año pasado parece lejano, y lo que pasó hace una semana ya se olvida. Vivir al día no es una filosofía, es una necesidad. Y cuando se vive al día, no hay espacio para la reflexión.

Sin embargo, algo queda. La familia Costa sigue junta. No porque sean felices, sino porque no tienen otro lugar adonde ir. La mesa está servida todas las noches, aunque haya menos comida. El portón se cierra con candado, aunque adentro haya bronca. La tele está encendida, aunque nadie mire. Esa rutina, ese gesto automático de seguir adelante, es lo único que realmente los sostiene. No hay un final feliz ni una moraleja. Hay una familia que se adapta, que se queja, que a veces se abraza y a veces se grita. Como casi todas las familias argentinas. Y eso, en el fondo, es lo único que importa.

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