La clase media que ya no se reconoce
Hay una escena que se repite en las veredas de cualquier ciudad de provincia, en los pasillos de un supermercado o en la fila del banco. Dos personas se cruzan, se saludan con un gesto breve, y enseguida una le pregunta a la otra cómo anda. La respuesta es casi siempre la misma: tirando. No es una queja ni un lamento. Es un estado del alma, una forma de decir que el cuerpo sigue acá, aunque el resto no termine de funcionar.
Ese tirando resume lo que le pasa a la clase media argentina en estos tiempos. No es que esté peor que antes, aunque muchos lo estén. Es que dejó de reconocerse. Perdió las coordenadas con las que solía orientarse: el trabajo estable, la casa propia, el auto, la posibilidad de que los hijos estudien y vivan mejor. Todo eso se fue desdibujando, como una foto vieja que el sol fue borrando.
La deuda que no se ve
Se habla mucho de la inflación, del dólar, de los precios que suben cada semana. Pero hay una deuda más silenciosa, más difícil de medir. Es la que la clase media tiene con su propia historia. La promesa de que el esfuerzo individual iba a rendir frutos se fue desgastando. Ahora el mérito parece un discurso vacío, una palabra que los políticos usan en los actos pero que en la vida real no alcanza para llegar a fin de mes.
La educación, que durante décadas fue el ascensor social más confiable, ya no garantiza nada. Un título universitario no protege del ajuste. Un posgrado no evita que el sueldo se licúe. Los padres mandan a los hijos a la escuela con la misma fe con la que antes iban a la iglesia: esperando un milagro que no llega. Y los chicos, mientras tanto, crecen enredados en las redes sociales, donde la identidad se construye con likes y la soledad se disfraza de contenido.
La pantalla como refugio
Las redes sociales no son un simple entretenimiento. Son el lugar donde la clase media busca respuestas que ya no encuentra en el Estado, en la política ni en la familia. Los algoritmos ofrecen verdades a medida, relatos que calman la ansiedad. Pero también fragmentan la atención, polarizan las discusiones, vacían el silencio. La memoria se vuelve un producto más: se consume rápido, se olvida pronto, se reemplaza por el próximo escándalo.
La familia, ese viejo refugio, ya no discute de política en la mesa. No porque no haya diferencias, sino porque la polarización se volvió un lujo que nadie puede pagar. Es más fácil callar, mirar el celular, esperar que pase el mal trago. La intimidad se negocia en cuotas, como el resto de las cosas. El consumo, que alguna vez fue un placer, se transformó en una forma de resistencia: comprar es una manera de creer que todavía hay futuro.
El trabajo que no alcanza
Tener un empleo formal ya no es sinónimo de estabilidad. La clase media labura más horas que antes, muchas veces en más de un trabajo, y aun así los números no cierran. La moral del esfuerzo, ese viejo mandato cultural, empieza a resquebrajarse. ¿Para qué sirve esforzarse si el resultado es siempre el mismo? La pregunta flota en el aire, pero nadie la formula en voz alta. Porque hacerlo sería admitir que el juego está arreglado, que el mérito es una farsa, que la dignidad no alcanza para pagar el alquiler.
El Estado, mientras tanto, aparece como un trámite que nunca termina. Una gestión interminable, un formulario que exige más paciencia que soluciones. La política se volvió un relato que no convence a nadie, una puesta en escena donde los mismos actores repiten los mismos discursos. Y la verdad, esa palabra tan gastada, ya no se busca. Se elige. Como se elige un candidato, una marca de shampoo o una serie de Netflix.
La identidad como búsqueda
En este paisaje, la identidad se volvió un problema. La clase media ya no sabe quién es. No se reconoce en los discursos de los políticos, no se siente representada por los medios, no encuentra su lugar en las redes. Es una clase que se desdibuja, que se achica, que se pregunta si existe todavía o si es apenas un recuerdo de lo que alguna vez fue.
Pero hay algo que persiste. Una resistencia silenciosa, casi instintiva. La misma que hace que la gente siga yendo a trabajar, llevando a los chicos al colegio, pagando las cuotas del crédito. No es optimismo. Es una forma de dignidad que no se rinde, aunque no tenga muy claro para qué. Como ese tirando del saludo en la vereda: no promete nada, pero dice que todavía estamos acá.
Y quizás eso sea lo único que importa. Saber que la clase media argentina sigue existiendo, aunque ya no se reconozca. Que la crisis no es solo económica, sino también moral, cultural, de relato. Que la deuda más pesada no se paga con plata, sino con memoria, con identidad, con la capacidad de mirarse al espejo y no tener que preguntarse quién carajo es uno.
