La fatiga de ser clase media
La clase media argentina tiene un problema con la dignidad. No es que la haya perdido, pero la negocia a diario, en cuotas, como el aire acondicionado o el plan de datos del celular. Uno se levanta, mira el precio del pan y siente que algo se desmorona. No sabe bien qué. Pero está ahí, en el fondo del pecho, como una deuda que nunca se termina de pagar.
La inflación no es solo un número que sale los jueves. Es un estado de ánimo. La carne sube, el alquiler sube, el colectivo sube. Y uno sube también, pero no por mérito sino por supervivencia. Hace años que la clase media dejó de planificar. Ahora apenas llega al jueves. El largo plazo es un lujo que se fueron perdiendo con cada ajuste, con cada promesa que se deshizo antes de llegar al bolsillo.
Y sin embargo, el consumo sigue siendo el espejo donde la clase media se mira. No compra por necesidad, compra por identidad. El último iPhone, la zapatilla de marca, el café de especialidad. Son gestos que dicen: "todavía estoy acá, todavía puedo". Pero el espejo se rompe cuando llegás a fin de mes y el resumen de la tarjeta te devuelve una foto distorsionada. La deuda no es solo bancaria, es moral. Uno se debe a sí mismo una vida que ya no puede pagar.
Las redes sociales amplifican el ruido. La polarización no es política, es existencial. Cada uno elige un bando y se aferra a él como a un salvavidas en medio del temporal. Pero el temporal no es ideológico, es económico. La grieta no separa peronistas de antiperonistas, separa a los que pueden llegar a fin de mes de los que no. Y la clase media está en el medio, como siempre, tratando de no caerse.
La verdad como mercancía
En este contexto, la verdad se ha vuelto un artículo de lujo. Los medios hablan, los políticos prometen, los influencers opinan. Pero la gente ya no sabe a quién creerle. La manipulación es tan fina que ni siquiera se nota. Un tuit, un video, un rumor: todo se mezcla en un mismo caldo. La memoria es frágil y la indignación se agota rápido. Ayer era el dólar, hoy la inseguridad, mañana la educación. Cada día tiene su urgencia, y la urgencia no deja espacio para pensar.
La juventud, mientras tanto, busca atajos. El mérito ya no se construye, se negocia. Los cursos online, los emprendimientos digitales, la inteligencia artificial como salvación. Pero la inteligencia artificial no resuelve la soledad ni la falta de trabajo estable. Es una herramienta, no una promesa. Y la clase media, que siempre se sostuvo en la promesa del esfuerzo, descubre que el esfuerzo solo no alcanza. Hace falta un Estado que funcione, una economía que no sea una montaña rusa, un relato que no sea puro humo.
La familia como trinchera
Ante la crisis, la familia vuelve a ser el refugio. Pero la familia también se resiente. Los hijos se van, los viejos se quedan solos, la mesa se achica. La moral ya no se hereda, se improvisa. Los valores que antes venían en un manual ahora se negocian en la cena, entre el postre y la noticia del día. Lo que era sagrado se vuelve relativo. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de su estabilidad moral, descubre que la moral también se infla y se devalúa.
La identidad se desdibuja. ¿Qué significa ser clase media en la Argentina de hoy? Ya no es tener casa propia, auto, vacaciones en la costa. Es llegar. Es pagar las cuentas sin tener que pedir prestado. Es que no te corte la luz, que no te falte la leche, que los chicos puedan ir a la escuela sin sentir que están peor que los demás. Pero la escuela también está en crisis. La educación pública se desangra, la privada se encarece. La clase media manda a sus hijos a la escuela pensando que invierte en futuro, pero el futuro se ha vuelto incierto.
La inseguridad no es solo callejera. Es la inseguridad de no saber qué va a pasar mañana. El trabajo ya no es para siempre, la jubilación es un mito, la salud se paga. Y uno se agarra de lo que puede: un plazo fijo, un dólar en el colchón, una red de contactos. Pero todo es frágil. Todo se puede romper.
Y sin embargo, la clase media resiste. No por heroísmo, sino porque no le queda otra. Porque rendirse sería reconocer que todo fue en vano. Porque la dignidad, aunque sea a cuotas, sigue siendo lo único que no se puede rematar. La clase media argentina sigue comprando, sigue pagando, sigue esperando. Sabe que el próximo ajuste puede ser el definitivo. Pero también sabe que el próximo café, el próximo mensaje, la próxima promesa, la mantienen viva. Y mientras tanto, se agarra del consumo como un clavo ardiendo, aunque el mango se le deshaga en la mano.
