El largo plazo que se perdió
El otro día un amigo dijo que ya no sabe si lo que hace tiene sentido. No es un tipo que se queje por hábito. Tiene un trabajo estable, dos hijos, una hipoteca que ajusta por inflación. Pero dijo eso y se quedó en silencio. No hacía falta explicar nada. En la Argentina de hoy, esa frase la entiende cualquiera que haya mirado el recibo de sueldo y después el precio del tomate.
La clase media descubrió que el mérito no alcanza. Durante años escuchó que el esfuerzo individual era la llave. Estudiar, laburar, ahorrar. Pero el que ahorró en pesos perdió todo. El que estudió no consiguió trabajo en su rubro. El que laburó doce horas terminó igual que el que laburó ocho. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿para qué sirvió portarse bien?
El Estado no sabe bien qué hacer con esa pregunta. Los políticos hablan de crecimiento y de estabilidad, pero la gente ya no cree en el relato. No porque sea mentira, sino porque la verdad se volvió algo que se paga. Las redes sociales la venden como contenido, los medios la cocinan a fuego lento, y al final cada uno elige la que le resulta más cómoda. La polarización no es una grieta ideológica: es una estrategia de consumo.
El refugio de las pantallas
Los pibes miran el celular y ven un mundo que no existe. Fotos de viajes, cuerpos perfectos, vidas organizadas. La comparación es una máquina de triturar autoestima. La soledad no es estar solo: es estar conectado y sentirse invisible. La juventud argentina creció con la promesa de que todo era posible y se encontró con que lo posible se había encarecido tanto que ya ni soñarlo vale la pena.
La familia también se resiente. Las cenas donde se hablaba de política ahora son territorios minados. Cada reunión puede terminar en un portazo o en un silencio espeso. La grieta no está en los programas de televisión: está en la mesa del domingo. Y la inteligencia artificial no va a resolver eso, aunque algunos crean que un algoritmo puede reemplazar el gesto de pasar el pan.
La inseguridad también tiene su capítulo. Pero no es solo la inseguridad física. Es la sensación de que el país es un lugar donde todo se puede desarmar en cualquier momento. Donde el trabajo que conseguiste hoy puede no estar mañana. Donde la educación pública, que fue el gran ascensor social, ya no garantiza nada. Los docentes se cansaron, los alumnos se aburrieron y los padres pagan tutorías que no pueden afrontar.
La moral del consumo
Hay una idea que circula en silencio: la dignidad se mide en cuotas. El que tiene el último modelo de teléfono es alguien. El que no, queda afuera. El consumo se convirtió en una moral de reemplazo. No importa si podés pagarlo, importa mostrarlo. La deuda es el pegamento de esa ficción. Las tarjetas de crédito son la máquina de hacer presente a costa del futuro. Y el futuro, en la Argentina, es un concepto abstracto. Nadie planifica a cinco años porque no sabe si va a llegar.
La memoria también juega su partida. Recordar duele. Recordar la época en que se podía ahorrar, en que el laburo rendía, en que el país parecía tener un rumbo. Pero la nostalgia es un lujo que la clase media no puede permitirse. Mirar para atrás paraliza. Y mirar para adelante da miedo. Entonces se queda en el presente, en el día a día, en la lógica del sobre.
Los medios tradicionales intentan explicar todo esto con gráficos y análisis sesudos. Pero la gente ya no lee análisis. La gente quiere que le cuenten una historia que le devuelva algo de control. El relato político intenta llenar ese vacío, pero siempre es el mismo libreto: promesas, ajustes, esperanzas. Y al final, la factura llega igual.
La identidad argentina está hecha de esa mezcla rara: el orgullo por la educación pública, la tristeza por los que se fueron, la bronca por lo que no funciona, el humor como defensa. Pero ni el humor alcanza cuando el precio de la carne sube todas las semanas. La clase media ya no es lo que era. No es más pobre ni más rica. Es otra cosa: una clase que espera, que resiste, que se adapta. Que sabe que el mérito no es garantía de nada, pero igual se levanta todos los días a laburar.
Quizás la única verdad que queda es que el largo plazo ya no existe. Se perdió en algún momento entre la inflación y la desilusión. Y lo que queda es el corto plazo, la astucia, la supervivencia. No es heroico ni trágico. Es humano. Y en la Argentina de hoy, ser humano es bastante.
