La fatiga de los gestos cotidianos
Hay un momento del día en que la clase media argentina deja de calcular. No porque los números cierren, sino porque ya no tiene sentido. Mirás el precio del pan, recordás lo que valía la semana pasada, y hacés la cuenta mental. Después pensás en el alquiler, en la cuota del colegio, en el resumen de la tarjeta. Y en algún punto, el cerebro hace un clic y se desconecta. No es resignación, es una forma de supervivencia cognitiva.
Esa fatiga es lo único que crece sin techo en este país. No la inflación, no la deuda, no la polarización. La fatiga de tener que explicar todo el tiempo por qué no alcanza, por qué no sobra, por qué no se puede. Explicarle al hijo que este mes no hay viaje de egresados. Explicarle al banco que el descubierto se pagó. Explicarle al vecino que no es culpa tuya que el país no funcione. Explicarle a las redes sociales que no votaste a quien todos odian.
Las redes sociales, claro, no piden explicaciones. Piden gestos. Un like, un comentario, un emoji. Pero también piden posicionamiento: qué pensás de esto, de aquello, del otro. Y la clase media argentina, que siempre tuvo la virtud de tomar distancia, descubre que el silencio ya no es una opción. Callar es tomar partido. No opinar es una opinión. Y en ese escenario, la fatiga se vuelve crónica.
La política lo sabe. Por eso no ofrece soluciones, ofrece relatos. Un relato para cada fatiga, una promesa para cada bolsillo. Pero la clase media ya no cree en los relatos. Cree en lo que ve, en lo que toca, en lo que le falta. Y lo que le falta no es un discurso bien armado: es un sueldo que dure hasta fin de mes sin tener que pedir prestado. Es poder pagar la facultad de los chicos sin hipotecar la casa. Es poder enfermarse sin que el bolsillo se resienta. Cosas simples, concretas, que el Estado y el mercado parecen haber olvidado.
Hay quienes dicen que la clase media es un invento, una ilusión estadística. Puede ser. Pero la ilusión duele cuando se desvanece. Duele cuando el consumo deja de ser un placer y se convierte en una cuenta pendiente. Cuando la educación ya no es un ascensor social, sino un privilegio que hay que defender con los dientes. Cuando el mérito deja de ser un camino y se vuelve un espejismo que el sistema se encarga de desmentir.
La inteligencia artificial promete ordenar el caos, pero el caos argentino no se resuelve con algoritmos. La polarización no se calma con un botón. La soledad no se llena con una notificación. Lo que se necesita es algo más simple, más humano: que alguien mire el desastre a los ojos y no intente venderlo como una oportunidad. Que la verdad, esa palabra tan gastada, vuelva a significar algo. Que la memoria, tan vapuleada, no sea solo un refugio de derrotas.
Mientras tanto, la clase media sigue haciendo lo que sabe hacer: administrar la escasez. Con dignidad, con humor, con una ironía que ya no es un gesto de inteligencia, sino una defensa contra la locura. Porque reírse de la propia desgracia es, a veces, la única manera de no llorar. Y llorar, en este contexto, sería un lujo que nadie puede pagar.
La identidad en crisis
Lo peor no es la falta de dinero. Lo peor es la falta de certezas. La clase media argentina se construyó sobre la idea de que el esfuerzo daba resultados. Que estudiar, laburar, ahorrar, tenía un sentido. Hoy esa ecuación no cierra. Y entonces la identidad empieza a tambalear. ¿Quién sos si no podés darle a tu familia lo que te dieron a vos? ¿Quién sos si el mérito no te alcanza? ¿Quién sos si el consumo, ese viejo termómetro de la felicidad, marca siempre menos de lo que necesitás?
La moral también se resiente. Porque en una sociedad donde la inflación todo lo licúa, los valores empiezan a licuarse también. La honestidad se vuelve un lujo, la solidaridad una excepción, la confianza un recuerdo. Y la familia, ese núcleo que parecía indestructible, se resquebraja bajo el peso de las cuentas que no cierran, de los proyectos que se postergan, de los sueños que se achican.
No es un drama, es una crónica. La crónica de una clase media que aprendió a vivir con la fatiga, que descubrió que la dignidad no se mide en pesos, que sabe que el gesto más valiente a veces es seguir, simplemente seguir, aunque no se sepa bien hacia dónde. Porque parar, en este país, nunca fue una opción. Y porque la esperanza, esa palabra que los argentinos usamos tanto, sigue siendo lo último que se pierde. Aunque esté más cansada que nosotros.
