Artículo y ensayo

La fatiga de clase

Entre la inflación y el ruido digital, la clase media argentina ya no sabe si el problema es la economía o la sensación de que todo se desarma. Una crónica sobre la fatiga que no tiene nombre.

La fatiga de clase

La fatiga de clase

Hay una fatiga que no tiene nombre. No es el cansancio de fin de mes, aunque se le parezca. Tampoco es la bronca de la política, aunque a veces se vista de bronca. Es algo más sordo: la sensación de que todo lo que sostenés se desarma por los bordes. La clase media argentina lo conoce bien. Es el ruido de fondo que no se apaga ni con un plazo fijo ni con un like.

La última vez que fui al supermercado, una señora discutía con el cajero porque el precio del aceite había subido tres veces en una semana. No era su culpa, claro. Pero ella necesitaba descargar algo. El cajero, un pibe de veinte años con cara de no haber dormido, se encogió de hombros. No hay nadie a quien reclamarle. Eso es lo que más desgasta: la ausencia de un responsable. El Estado aparece en la tele, los medios venden relatos, las redes te llenan la cabeza de consignas. Pero a la hora de pagar, estás solo.

El mérito y la máquina

Se habla mucho del mérito en estos días. Los políticos lo usan como bandera, los influencers lo venden como curso, los padres se lo repiten a los hijos como un mantra. Pero en la práctica, el mérito se parece cada vez más a una encuesta. No importa lo que hagas sino cómo lo contás. La inteligencia artificial, ese nuevo ruido, promete eficiencia pero también borra lo artesanal. Un currículum lo escribe un algoritmo, una nota la redacta un modelo de lenguaje, una reseña la genera un bot. ¿Dónde queda el trabajo humano? En algún lado, supongo, pero cada vez más lejos.

La juventud lo percibe con claridad. Los pibes saben que el esfuerzo no garantiza nada. Crecen escuchando que hay que estudiar, que hay que formarse, que hay que emprender. Pero también ven que sus viejos, con títulos y años de laburo, apenas llegan a fin de mes. Entonces se refugian en las pantallas. No por vagos, como dicen algunos moralistas de living, sino porque la realidad es demasiado incómoda. Ahí, en la red, todo es más liviano: podés ser otro, podés tener otra vida, podés creer que el país funciona aunque en tu casa falte la leche.

La grieta que no se ve

La polarización es un negocio. Los medios la alimentan porque vende, los políticos la usan porque divide, las redes la amplifican porque engancha. Pero abajo, en el barro de lo cotidiano, la gente está más cerca de lo que cree. La señora del supermercado y el cajero comparten la misma incertidumbre. El que votó a un partido y el que votó a otro pagan el mismo pan. Sin embargo, la maquinaria del relato los empuja a odiarse. Es más fácil pelear por un tuit que sentarse a pensar por qué el país no termina de arrancar.

La memoria, ese otro lujo, también se resiente. En una cultura que vive del instante, recordar es casi una herejía. ¿Quién se acuerda de las promesas de campaña? ¿Quién guarda los diarios de hace diez años? La inflación no solo devora el salario: devora la historia. Todo es nuevo, todo es urgente, todo se olvida al otro día. Y así, sin pasado, es más fácil manipular el presente.

La dignidad del que sigue

Y sin embargo, la clase media sigue. No por heroísmo, sino por costumbre. Porque hay hijos que llevar al colegio, cuentas que pagar, un poco de dignidad que preservar. La familia, ese viejo concepto gastado, sigue siendo el refugio. Ahí no hay algoritmos ni discursos: hay afecto real, aunque también discusiones por la plata. La soledad, ese otro fantasma, se cuela cuando el trabajo se acaba y las redes se apagan. Pero algo queda: la certeza de que, pese a todo, todavía hay gente que elige compartir el mate antes que el silencio.

El poder, mientras tanto, se ríe. No el poder político, que también, sino ese poder difuso que decide si tu crédito te lo aprueban o no, si tu hijo entra a la universidad o se queda afuera, si el precio del tomate sube o baja. Nadie lo ve, pero está ahí, como el aire. Y uno se acostumbra. A vivir con la incertidumbre, a desconfiar de las promesas, a no esperar mucho. Esa es la verdadera crisis: no la económica, que duele, sino la moral, que desgasta. Porque cuando perdés la confianza en que las cosas pueden mejorar, perdés algo que no se recupera con un plan de estabilización.

Pero la gente se las arregla. Inventa changas, recicla ropa, compite por una beca, aprende un oficio nuevo a los cuarenta. No es mérito, es supervivencia. No es heroísmo, es terquedad. Y esa terquedad, ese no querer soltar, es lo único que mantiene al país en pie. Mientras tanto, el ruido sigue. La inflación, las redes, los discursos. Uno aprende a convivir con eso. Como con una gotera que no se puede arreglar: sabés que está ahí, pero no te queda otra que poner un balde y seguir.

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