La generación que no promete nada
Los chicos ya no prometen. No es que sean malos o que hayan perdido la brújula moral. Es que prometer se volvió un gesto caro, casi ridículo, en un país donde todo cambia de precio mientras uno termina la frase. La clase media argentina crió hijos que aprendieron a desconfiar del futuro antes de aprender a atarse los cordones.
En las escuelas, los docentes cuentan que cuesta cada vez más que un alumno se comprometa con un proyecto a largo plazo. No es pereza. Es que vieron a sus padres planificar vacaciones que terminaron en un crédito hipotecario imposible, o escucharon promesas políticas que se deshicieron como un billete de cien en un kiosco. La memoria pesa. La deuda también.
El espejo roto de la meritocracia
El mérito era el salvavidas moral de la clase media. Si estudiabas, te iba bien. Si te esforzabas, llegabas. Pero la inflación se comió esa ilusión. Hoy un sueldo de ingeniero no alcanza para alquilar cerca del trabajo, y un posgrado no garantiza nada salvo más deudas. Los jóvenes miran eso y hacen cuentas. No les da.
Entonces se refugian en las redes sociales, donde todo es más simple. Allí pueden construir una identidad hecha de fragmentos, sin necesidad de prometer nada a nadie. La polarización les ofrece un bando, una trinchera, un enemigo. Pero también los aísla. La soledad digital es un precio que pagan sin darse cuenta.
El trabajo como ficción
El trabajo ya no es lo que era. La tecnología prometió liberarnos y nos ató a un celular que vibra a cualquier hora. Los jóvenes saben que el empleo formal es un lujo cada vez más escaso, y que la inteligencia artificial puede reemplazar tareas que antes requerían años de formación. Entonces hacen malabares: un freelance acá, un emprendimiento allá, un laburo en negro mientras tanto. La dignidad ya no viene del trabajo estable, sino de poder sobrevivir sin pedirle plata a los viejos.
Y los viejos, la generación que sí prometió, miran todo esto con una mezcla de culpa y perplejidad. Ellos criaron a estos chicos en la cultura del consumo, les enseñaron que todo se podía comprar, que el esfuerzo daba resultados. Ahora ven que sus hijos no compran ninguna de esas promesas. Y tienen razón.
La verdad que no se dice
En las cenas familiares, el tema de la inseguridad flota como un fantasma. Pero nadie habla de la inseguridad más profunda: la de no saber qué va a ser de uno en cinco años. La inflación carcome los planes, la política es un ring de gritos, y los medios construyen relatos que cambian según quién paga. La verdad se ha vuelto una mercancía más, cara y escasa.
Los jóvenes han aprendido a dosificar la confianza. No creen en los políticos, pero tampoco en los gurús de la autoayuda ni en los influencers que venden una vida perfecta. Saben que todo es manipulación, que la identidad es un juego de espejos. Y en lugar de angustiarse, lo toman con ironía. Esa ironía es su escudo.
El silencio de los que no opinan
Hay un fenómeno curioso: cada vez más chicos eligen no opinar. En un mundo que exige una posición sobre todo, callarse es un acto de resistencia. No es apatía. Es prudencia. Saben que lo que digan hoy puede ser usado contra ellos mañana, que un video de hace tres años puede arruinarles un trabajo. La memoria digital no perdona.
La familia, ese refugio clásico, también se resquebraja. La soledad se vive adentro de la casa, con cada uno mirando su pantalla. La cena es un momento de silencios interrumpidos por notificaciones. La moral se negocia en privado, sin sermones. Los padres ya no tienen la autoridad que tenían, y los hijos no la reclaman.
Algunos dicen que esta generación es fría, que no se compromete. Pero lo que pasa es otra cosa: están aprendiendo a vivir sin promesas. No porque no quieran, sino porque el país les enseñó que prometer es peligroso. La inflación, la deuda, la crisis, la polarización: todo eso forma parte de un paisaje que no eligieron pero que tienen que atravesar.
Quizás lo más sano que pueden hacer es no creer. Desconfiar del relato, del candidato, del curso que promete un futuro brillante. Y construir algo más chico, más real: un proyecto que dure lo que dure, un trabajo que no aspire a ser carrera, un amor que no prometa eternidad. No es rendición. Es supervivencia.
Mientras tanto, la clase media sigue existiendo, aunque cada vez más endeudada, más cansada, más confundida. Los jóvenes no la van a salvar. No tienen por qué. Pero quizás, sin proponérselo, están inventando una forma diferente de estar en el mundo. Sin promesas. Sin grandes gestos. Sin pedir permiso.
