El día que el grupo de padres dejó de hablar de la maestra
Hay una escena que se repite en miles de casas argentinas a las siete y media de la mañana. Una madre, un padre o una abuela sostiene el celular con una mano y con la otra revuelve la mochila. En la pantalla, el grupo de padres del grado acumula mensajes desde las seis: alguien avisa que hoy no hay Educación Física, alguien pregunta si la seño pidió la carpeta de color, alguien manda una foto del cuaderno de comunicaciones con la letra torcida por el apuro. El grupo funciona. Es útil. Nadie lo discute.
Pero hay otra escena, más silenciosa, que ocurre en el mismo grupo y casi nunca se nombra. Es la del mensaje que alguien escribe, relee y borra. La del audio que se graba y no se envía. La de la duda sobre la maestra, sobre la escuela, sobre el nene que empuja en el recreo, que queda flotando en el aire porque nadie quiere ser el que abre la puerta. El grupo de padres se volvió un lugar eficaz para coordinar lo logístico y un lugar incómodo para decir lo que no cierra.
Lo que se puede preguntar y lo que no
Imaginemos una situación hipotética, de esas que cualquiera reconoce: un chico de tercer grado vuelve a casa llorando porque perdió la carpeta, o porque un compañero le rompió el cuaderno, o porque la maestra lo retó frente a todos. El padre o la madre abre el grupo. Escribe: «Che, ¿a alguien más le pasó?». Y ahí empieza el silencio. Alguno responde con un emoji. Otro cambia de tema y pregunta por la salida al museo. La conversación se desvía con una velocidad que parece natural pero que, en el fondo, es una forma de protección.
El grupo de padres del aula funciona como una pequeña esfera pública. Tiene reglas no escritas, jerarquías, voces que pesan más que otras. La madre que siempre sabe qué hay que llevar es la que organiza. El padre que nunca habla es el que lee todo y no opina. Y en el medio, un montón de gente que quiere que sus hijos estén bien pero que no quiere pagar el costo de decir algo que incomode. Porque decir algo que incomoda en un grupo de cuarenta personas tiene consecuencias: la maestra se entera, la escuela se entera, la otra familia se ofende. Y el pibe sigue yendo a esa escuela todos los días.
La escuela argentina fue durante mucho tiempo un espacio donde los padres tenían un vínculo cara a cara con la maestra, con la directora, con el portero. Ese vínculo tenía roces, discusiones, quejas. Pero también tenía un cuerpo. Había un lugar donde poner la cara. Hoy, ese lugar se corrió al grupo de WhatsApp, donde la cara es un avatar y el tono es una decisión que se puede editar antes de enviar. La conversación se volvió más cómoda y, al mismo tiempo, más cobarde.
El costo de no decir
No se trata de romantizar el cara a cara. Las reuniones de padres siempre fueron un poco una pérdida de tiempo, un trámite donde se hablaba de la cooperadora y de la fecha del acto. La diferencia es que ahora hay un canal permanente, que no duerme, que llega a todos al mismo tiempo. Y ese canal, que podría ser una herramienta de comunidad, muchas veces se vuelve un lugar donde la información circula pero la opinión se guarda.
Hay algo de la moral cotidiana que se juega en esos grupos. La moral no es solo un conjunto de reglas sobre el bien y el mal. Es también la disposición a decir lo que uno piensa cuando el costo es alto. En un grupo de WhatsApp, el costo de decir algo que incomoda es bajo en apariencia, pero alto en la práctica: implica quedar como el conflictivo, el que exagera, el que no entiende cómo funcionan las cosas. Y entonces se calla. Y el silencio se acumula.
La maestra también está en ese juego. Ella sabe que el grupo existe, que se habla de ella, que hay mensajes que no ve. La relación entre la familia y la escuela se volvió una negociación permanente donde la información se administra con cuidado. Y en el medio de esa negociación está el pibe, que no lee el grupo pero que percibe el clima. Percibe que su mamá está preocupada, que su papá no quiere hablar del tema, que la maestra lo mira distinto. Los chicos son buenos lectores de esos silencios.
Una pregunta que queda abierta
La escena del mensaje que se escribe y se borra no es una metáfora de la crisis argentina. Es una escena concreta, de todos los días, que habla de cómo nos vinculamos con las instituciones cuando la confianza está gastada. El grupo de padres no es la causa de nada. Es apenas un lugar donde se ve algo que ya estaba: la dificultad de decir lo que pensamos cuando el otro tiene poder sobre lo que queremos.
La pregunta que queda no es cómo recuperar el cara a cara ni cómo ordenar los grupos. Es otra, más chica y más difícil: cuántas cosas importantes dejamos de decir por miedo a quedar mal en un chat. Y qué pasa con esos silencios cuando los chicos crecen y aprenden, mirándonos, que hay cosas que no se dicen.