Artículo y ensayo

La identidad que se negocia en el supermercado

Entre la inflación y las promesas de mérito, la clase media argentina redefine quién es en cada compra, en cada deuda, en cada silencio frente a la pantalla.

La identidad que se negocia en el supermercado

La identidad que se negocia en el supermercado

En un supermercado de Flores, un hombre mira el precio del aceite y hace una pausa. No es que no tenga la plata, es que algo se le quiebra adentro cuando tiene que elegir entre la marca que compraba su viejo y la más barata. Ese gesto, el de agarrar un producto y devolverlo al estante, es el mapa de la Argentina de hoy. La clase media negocia su identidad en la góndola, como si cada compra fuera una declaración de principios.

La inflación no solo desgasta el bolsillo, corroe la idea de quién se es. Uno es lo que consume, dicen los manuales de marketing. Pero acá el consumo se volvió un ejercicio de geometría variable. El yogur que antes era un hábito ahora es un lujo. La carne los domingos se transformó en un objeto de deseo, casi pornográfico. Y en esa carencia, la moral se reacomoda. Porque la clase media argentina fue educada en la cultura del mérito, del esfuerzo que rinde frutos. Pero cuando el fruto se pudre antes de madurar, el mérito se vuelve un chiste de mal gusto.

Las redes sociales no ayudan. En Instagram, los ex compañeros del secundario muestran viajes a Miami o cenas en Puerto Madero. Uno sabe que es ficción, pero igual la compara con la suya. Y ahí, en esa comparación silenciosa, se cuece la soledad. No la del ermitaño, sino la de quien está rodeado de gente y siente que ninguno vive en el mismo país. La polarización no es solo política, es existencial. Cada uno se encierra en su relato y el otro, el que piensa distinto, es un extraterrestre.

La educación, mientras tanto, sigue siendo la promesa incumplida. Los padres mandan a los hijos a la escuela pública con la esperanza de que sea el ascensor social, pero el ascensor está averiado. Los docentes hacen malabares con un salario que no da, los chicos aprenden con manuales de 2015 y el Estado mira para otro lado cuando no tiene un discurso que vender. La deuda no es solo económica, es de cuidado, de atención, de presente.

Y la inteligencia artificial, ese nuevo fetiche, irrumpe como promesa de eficiencia. Pero en un país donde la mitad de los trabajadores está en negro, la eficiencia suena a amenaza. El algoritmo que optimiza procesos también reemplaza puestos. La tecnología avanza, las leyes laborales retroceden y la clase media queda en el medio, preguntándose si estudiar programación es el nuevo salvavidas o una trampa más.

La familia, ese viejo refugio, también se resquebraja. No por falta de amor, sino por falta de tiempo. Los dos padres trabajan, los horarios se estiran, la cena se come frente al celular. Los hijos crecen con youtubers de niñera y los valores se negocian en el grupo de WhatsApp del barrio, donde la verdad es un rumor que circula a la velocidad de un meme. La moral que antes se transmitía en la mesa familiar ahora se construye en un hilo de Twitter, lleno de bronca y de certezas sin fundamento.

La memoria, ese otro lujo, también se desvanece. Recordar el pasado duele porque el presente es una versión degradada. La clase media guarda fotos de sus abuelos, de la casa que tuvieron, del auto que vendieron. Pero el relato se desarma cuando uno repite la historia y se da cuenta de que lo que antes era progreso ahora es nostalgia. La juventud, mientras tanto, busca identidad en influencers que venden felicidad envasada, en desafíos virales que duran 24 horas, en una cultura del instante que no deja espacio para la reflexión.

En el medio de todo, el Estado oscila entre la ausencia y la represión. Cuando falta, se lo reclama. Cuando aparece, se lo rechaza. La clase media no sabe bien qué esperar, pero sabe lo que no quiere: más incertidumbre. La política, en lugar de ordenar el caos, lo amplifica con discursos que prometen soluciones mágicas. La verdad se convirtió en una mercancía más, sujeta a la oferta y la demanda del ciclo electoral.

Y sin embargo, la gente sigue. En la ferretería, en la cola del banco, en la parada del colectivo. Siguen porque parar sería admitir la derrota. Siguen porque la dignidad, esa palabra gastada, todavía se aferra al gesto de pagar una cuenta a tiempo o de regalarle un juguete al hijo aunque sobre la deuda de la tarjeta. La clase media argentina no se rinde, pero aprendió a negociar con la tristeza.

Quizás el verdadero mérito no sea triunfar en este contexto, sino mantenerse entero. Sin perder la capacidad de reírse de uno mismo, sin dejar de mirar al otro con algo de piedad, sin abandonar la idea de que, a pesar de todo, hay algo que vale la pena preservar. Eso que no se compra en el supermercado, pero que se defiende en cada elección cotidiana.

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