Artículo y ensayo

El peso de lo que no se dice

En la mesa de la clase media argentina, la inflación y la deuda se discuten en voz baja. Pero lo que duele de verdad es lo que no se nombra: la soledad de un país que perdió el relato.

El peso de lo que no se dice

El peso de lo que no se dice

La mesa del domingo. En cualquier casa de clase media argentina, el mantel ya no es de hilo sino de un plástico que se limpia con un trapo húmedo. La comida alcanza justo. El postre es un flan comprado en el supermercado chino de la esquina. Y la conversación, que antes giraba alrededor del partido de la tarde o del casamiento de un primo, ahora se parece a un parte de guerra: cuánto aumentó el pan, si el hijo consiguió un trabajo en blanco, si el alquiler se come la mitad del sueldo.

Pero hay algo que no se dice. Algo que flota en el aire como un mosquito molesto que nadie se atreve a espantar. Es la sensación de que el esfuerzo ya no alcanza. De que la clase media, esa categoría imprecisa que en Argentina siempre fue más un sentimiento que un dato estadístico, se está quedando sin palabras para nombrar lo que le pasa.

El idioma de los números

Hablemos de inflación. No como concepto económico, sino como experiencia cotidiana. Cuando el precio del kilo de tomates cambia de lunes a martes, cuando la nafta sube mientras llenás el tanque, cuando el sueldo se licua antes de que llegue el finde. La inflación no es un número que publica el INDEC. Es el músculo que se tensa en la nuca cuando la cajera del supermercado dice el total. Es la bronca contenida que se descarga en un comentario hiriente contra el que gobierna, contra el que vino antes, contra el que vendrá.

Argentina vive en estado de deuda perpetua. No solo la deuda externa, esa abstracción que discuten los economistas en la tele. La deuda real es la que se acumula en las tarjetas de crédito, en los préstamos personales, en los favores que se piden a un amigo para llegar a fin de mes. La deuda es el silencio que se instala en la pareja cuando uno de los dos perdió el trabajo y el otro no sabe cómo decirlo. La deuda es el curriculum que se manda a cien lugares y nunca obtiene respuesta.

El relato se rompió

Los medios de comunicación, esos viejos aparatos que antes ordenaban el mundo, ya no saben qué hacer con la realidad. Antes había un relato. Una historia que le daba sentido al sacrificio. Se podía discutir si era peronista, radical, de derecha o de izquierda. Pero había un norte. Ahora lo que hay es ruido. Redes sociales que amplifican la bronca, que convierten cualquier discusión en una trinchera. La polarización no es un problema político, es un síntoma de que la clase media perdió la brújula.

La palabra mérito se volvió sospechosa. Durante años, la clase media argentina se agarró de esa idea como de un salvavidas: si te esforzabas, si estudiabas, si laburabas doce horas, ibas a progresar. Pero el mérito choca con una realidad donde un título universitario no garantiza un sueldo digno, donde un emprendimiento se desmorona por una devaluación, donde el que estudió cinco años termina manejando un Uber. Entonces, ¿para qué sirve el mérito? ¿Para sentirse un boludo?

La máquina que no para

La inteligencia artificial, esa novedad que promete resolverlo todo, llega a un país que todavía no sabe cómo resolver la cola del banco. Se habla de algoritmos, de machine learning, de productividad. Pero en la práctica, la tecnología se usa para espiar al vecino, para vender humo, para alimentar el odio. No hay proyecto colectivo. Hay aplicaciones que te dicen cuánto gastaste, pero no hay una idea de país que te diga hacia dónde vas.

La inseguridad no es solo el miedo a que te roben el celular en la esquina. Es la inseguridad de no saber si tu trabajo va a existir el año que viene. Es la inseguridad de mandar a los hijos a una escuela pública que se cae a pedazos o a una privada que te deja en la lona. La educación, ese viejo ascensor social, está roto. Los docentes hacen malabares para enseñar en aulas sin calefacción, con chicos que vienen a la escuela con el estómago vacío y la cabeza llena de pantallas.

La soledad de la clase media

Lo más difícil de todo esto es que la clase media argentina se quedó sin palabras para nombrar su propia desgracia. Antes se quejaba con los amigos, en el club, en el bar. Ahora se queja en las redes, pero las redes no devuelven abrazos. Las redes te muestran la vida perfecta de los demás, la foto del viaje a Europa, el plato de comida gourmet, el cuerpo esculpido en el gimnasio. Y uno mira su propia vida, la deuda, el alquiler, el trabajo que no alcanza, y se siente un fracasado.

Pero no es fracaso individual. Es un problema colectivo que se disfraza de culpa personal. La dignidad, esa palabra que los políticos usan en los discursos, se perdió en algún lugar entre el ajuste y la especulación. La identidad de la clase media argentina, que siempre fue un poco orgullosa, un poco pretenciosa, un poco ingenua, está hecha trizas. Ya no sabe si es de izquierda o de derecha. Ya no sabe si cree en el Estado o en el mercado. Ya no sabe si vale la pena seguir creyendo en algo.

Y sin embargo, la mesa del domingo se sigue armando. La comida alcanza justo, pero alcanza. El flan se comparte. Y aunque la conversación sea un parte de guerra, hay algo que persiste. Una resistencia silenciosa, hecha de pequeños gestos. De pagar una deuda aunque duela. De mandar el curriculum aunque no respondan. De sentarse a la mesa y mirar a los ojos del otro, sabiendo que ambos están en la misma. Eso no lo mide ningún índice. Eso no lo publica ningún medio. Eso es lo que queda cuando el relato se rompe y la clase media argentina descubre que su única certeza es la incertidumbre.

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