La inteligencia artificial que no nos salva de la inflación
En una oficina de un edificio de la calle Maipú, un programador de cuarenta años ajusta el prompt de un modelo de lenguaje. Le pide que redacte un informe sobre la deuda externa argentina. La máquina escupe tres párrafos impecables, con datos del FMI y frases que suenan a documento del Banco Central. El tipo los lee, suspira y piensa que tal vez podría usar eso para ahorrarse dos horas de laburo. Pero después recuerda que el sueldo no le alcanza para cubrir el alquiler y que el ajuste le comió el aguinaldo. Entonces cierra la pestaña y se pone a revisar su cuenta del supermercado online, donde los precios cambian cada martes como si fueran el clima.
La inteligencia artificial llegó a la Argentina en medio de una crisis que no necesita presentación. No es que antes no hubiera crisis, claro. Pero esta vez el combo incluye inflación que no cede, polarización que no afloja, y una clase media que aprendió a desconfiar del relato de turno. Ahora también tiene que desconfiar del algoritmo. Porque si bien la tecnología promete eficiencia, en un país donde el Estado se achica en la cocina de un monoambiente y el mérito se deshace en el aire acondicionado, las promesas suenan a cuento.
El ruido de las redes y el silencio de la casa
En los grupos de WhatsApp de los padres del colegio, la discusión sobre la cuota de enero se mezcla con cadenas que hablan de la reforma laboral. Alguien manda un video de un político diciendo que la educación es la prioridad, y otro responde con un meme de un nene que no llega a fin de mes. La conversación derrapa, se rompe, y al final nadie sabe bien qué se dijo. La verdad se desarma en el grupo, como un rompecabezas al que le faltan piezas.
La soledad de la clase media en esta era de polarización no es un invento de los sociólogos. Se siente en el ascensor cuando uno no sabe si saludar al vecino que tiene un calco de un partido en la puerta. Se palpa en la fila del banco, donde la gente mira el celular en vez de mirarse a los ojos. Las redes sociales, que vinieron a conectarnos, terminaron siendo un espejo donde cada uno ve lo que quiere ver. Y el algoritmo, ese programita que decide qué aparece en el feed, refuerza la grieta sin pedir permiso.
El mérito que no alcanza
Se dice que hay que esforzarse, que el que trabaja progresa, que la educación es la llave. Pero en la Argentina de hoy, el mérito se mide en cuotas. Un profesor universitario con dos cargos gana menos que un repartidor de apps, y el repartidor no tiene obra social ni vacaciones pagas. La familia, ese refugio moral que siempre estuvo ahí, ahora negocia con la inflación: la abuela cuida a los nietos para que la madre pueda hacer un extra, el padre jubilado pone la jubilación para pagar las expensas. La dignidad se mide en el pasillo de la ferretería, cuando uno decide si arregla la canilla él mismo o llama a un plomero que no sabe cuánto cobrarle.
El consumo, ese deporte nacional, se volvió un acto de resistencia. Ir al supermercado ya no es comprar lo que se necesita, sino calcular cuánto falta para el próximo aumento. Los medios hablan de la canasta básica, de la inflación núcleo, de la brecha cambiaria. Pero en la mesa de la cocina, lo que importa es si el pan va a durar hasta el miércoles. La juventud, mientras tanto, mira desde las pantallas. Algunos se van del país, otros se refugian en oficios digitales que no existían hace diez años. La identidad se redefine en cada compra, en cada click, en cada silencio.
La política que se mira desde la vereda
En los barrios, la discusión política ya no tiene el fervor de antes. La gente observa desde la puerta de su casa un espectáculo que parece ocurrir en otro planeta. Los relatos oficiales chocan con la realidad del ajuste, y la polarización no logra llenar el vacío de una sociedad que pide respuestas concretas. El Estado, que debería ser un paraguas, se siente como un agujero en el techo. Y la moral, esa brújula que orientaba las decisiones, ahora se negocia entre lo que conviene y lo que se puede.
La inteligencia artificial, en todo esto, es apenas una herramienta nueva en un paisaje viejo. No va a resolver la deuda, no va a bajar la inflación, no va a llenar el vacío de una sociedad que perdió la confianza en todo. Pero sí puede, como el algoritmo que es, amplificar los ruidos o ayudar a encontrar señales. El problema es que, en la Argentina de la clase media, las señales siempre llegan tarde. Cuando uno entiende la jugada, ya le cambiaron las reglas.
Mientras tanto, en esa oficina de Maipú, el programador cierra la cuenta del supermercado y vuelve al prompt. Le pide al modelo que escriba un cuento corto sobre un tipo que intenta sobrevivir en un país donde el mérito no alcanza. La máquina lo produce en segundos. El cuento es perfecto, pero suena a falso. El programador lo borra y se queda mirando la pantalla en blanco. Afuera, la ciudad sigue su curso, con la inflación pisándole los talones y una clase media que aprende, a los golpes, a no creer en milagros.
