La inteligencia artificial que no pide permiso
La primera vez que la vi fue en un chat de atención al cliente. Le pregunté por un reclamo y me respondió con una amabilidad que ningún ser humano podría sostener después de las seis de la tarde. No se quejó, no pidió un aumento, no me dijo que su jefe era un imbécil. La inteligencia artificial, pensé, había llegado para quedarse, pero no sabía bien si era una buena noticia.
En la Argentina de la inflación y la deuda eterna, la tecnología siempre llega con cuentas pendientes. No es que no tengamos acceso a las novedades, las tenemos, pero siempre hay un precio que pagar. La inteligencia artificial no es la excepción. Mientras los medios hablan de progreso y eficiencia, en las casas de la clase media se pregunta si esta vez el costo no será demasiado alto.
El espejo de la polarización
Las redes sociales ya nos habían mostrado que la verdad es un bien escaso. Ahora la inteligencia artificial promete ordenar el caos, pero lo hace a su manera. Los algoritmos no entienden de matices, no negocian con la realidad argentina. Les das un dato y te devuelven una certeza que no siempre es cierta. En un país donde la polarización es moneda corriente, la tecnología se convierte en un amplificador de lo peor de nosotros mismos.
Recuerdo una discusión con un amigo, de esas que terminan mal. Él insistía en que la inteligencia artificial iba a resolver los problemas de la educación, la inseguridad, el trabajo. Yo le decía que la inteligencia artificial no va a pagar las cuentas, no va a entender por qué la inflación se lleva el sueldo de los maestros ni por qué la clase media se siente cada vez más sola. Él me miró como si yo fuera un dinosaurio. Quizás lo sea, pero los dinosaurios también tienen memoria.
La identidad en venta
Lo curioso es que la inteligencia artificial no pide permiso. No consulta si queremos que nos analice, que nos clasifique, que nos venda como producto. En la Argentina de la crisis perpetua, la identidad se ha convertido en un bien de consumo. Las empresas recopilan datos, los venden, los negocian como si fueran acciones. La clase media descubre que su privacidad es un lujo que ya no puede pagar.
La moral también se ajusta. Antes uno podía decir "esto no se hace". Ahora la inteligencia artificial decide lo que es correcto. Los padres miran con desconfianza cómo sus hijos aprenden de un asistente virtual que no tiene padre, que no tiene madre, que no sabe lo que es la dignidad. La familia, que alguna vez fue el último refugio, ahora compite con una máquina que nunca se cansa, que nunca se equivoca, que nunca pide un abrazo.
El mérito y sus trampas
Hay quienes creen que la inteligencia artificial va a premiar el mérito. Que el que se esfuerza va a ser reconocido. Pero en la Argentina del ajuste permanente, el mérito es un concepto que se negocia en cuotas. La tecnología no cambia eso. Al contrario, la refuerza. Los algoritmos favorecen a los que ya tienen acceso, a los que pueden pagar una buena conexión, a los que saben inglés. La brecha se agranda y la clase media mira desde el medio, sin saber bien hacia dónde correr.
La juventud, en cambio, se adapta. No les pesa la memoria, no cargan con la nostalgia de un país que ya no existe. Para ellos la inteligencia artificial es una herramienta, una extensión de su cuerpo. Pero también es una trampa. Crecen en un mundo donde la soledad se disfraza de conexión permanente, donde la verdad se fabrica en serie y donde la identidad es un collage de datos ajenos.
El Estado y el vacío
El Estado, por su parte, no sabe bien cómo reaccionar. En un país donde la inflación es el tema central, la inteligencia artificial parece un lujo de países serios. Pero no lo es. Las decisiones que se toman hoy van a definir cómo vivimos mañana. Sin embargo, el debate público se reduce a memes y a tuits furiosos. La tecnología avanza y nosotros seguimos discutiendo lo mismo de siempre.
La verdad es que la inteligencia artificial no va a salvar a la Argentina. Tampoco la va a hundir. Pero va a cambiar la forma en que nos relacionamos con el poder, con la cultura, con la moral. La clase media va a tener que aprender a negociar con una nueva entidad que no pide permiso, que no se conmueve, que no se jubila. Y mientras tanto, la inflación sigue, la deuda crece, y uno se pregunta si todo esto no es más que otro espejismo en el desierto de la crisis.
Al final, lo que queda es la incertidumbre. La inteligencia artificial no tiene respuestas para las preguntas que importan. No sabe lo que es la dignidad, no entiende por qué la clase media se aferra a sus recuerdos, no puede explicar cómo se negocia la identidad en un país donde todo se paga en cuotas. Pero ahí está, imparable, como una promesa que nunca termina de cumplirse. Y nosotros, como siempre, mirando desde el medio, tratando de no caernos.
