La educación que no se paga con un like
El nene tiene doce años y ya sabe que la inteligencia artificial le puede resolver la tarea de historia en treinta segundos. La madre mira el teléfono, mira el cuaderno, mira el plato de comida que se enfría. La inflación se comió el aumento de enero y el padre llega tarde, otra vez, porque el colectivo no apareció o porque el laburo extra ya no rinde. En la mesa, nadie habla de la escuela. Hablan del precio del pan, del vecino que se fue a España, del primo que vende pastelitos por encargo. La educación, esa palabra que los políticos usan en los discursos, quedó atrás, como una foto de la primaria que nadie quiere mirar.
En la Argentina de la clase media que ya no sabe quién es, la educación dejó de ser un pasaporte al futuro. Ahora es un trámite. Los padres pagan cuotas que suben cada mes, compran libros que se vuelven obsoletos, y reciben boletines que ya no dicen nada. Las escuelas privadas, esas que antes eran sinónimo de ascenso social, se llenan de deudas y de alumnos que entran con el celular encendido. Los docentes, esos héroes de los que nadie habla, se parten el lomo por un sueldo que no alcanza para alquilar un departamento. Y mientras tanto, en las redes sociales, los influencers venden cursos de tres meses para ser millonario, programador, emprendedor. El mérito, ese concepto que antes se construía con horas de estudio, ahora se mide en seguidores y en likes.
La memoria, dicen, es lo que nos salva. Pero la memoria también se gasta. En las aulas, los pibes miran videos de la dictadura como si fuera una serie de Netflix. La historia, ese relato que los medios y la política manipulan a su antojo, se convierte en un meme, en un tweet, en una discusión de WhatsApp que termina mal. La polarización no está en el Congreso, está en el grupo de padres del colegio. El que piensa distinto es un enemigo, un vendido, un ignorante. Y la verdad, esa palabra que antes tenía peso, se pierde en el ruido de las notificaciones.
En la familia, la cena ya no es un lugar de discusión. Es un silencio incómodo, roto por el sonido de los platos y el zumbido del televisor. Los hijos no miran a los padres, miran la pantalla. Los padres no saben qué decir, porque lo que aprendieron en la escuela ya no sirve. La tecnología avanzó, la inteligencia artificial escribe mejor que ellos, el trabajo se volvió precario, y la dignidad, esa que antes se defendía con el sudor de la frente, ahora se negocia en cuotas. El consumo, ese refugio de la clase media, ya no alcanza para creer. Comprar zapatillas, un celular nuevo, un viaje a la costa, ya no llena el vacío. La soledad, ese fantasma que acecha en cada like, se instala en la casa, en el living, en la pieza donde el pibe estudia con un auricular puesto, escuchando música que los padres no entienden.
El Estado, ese viejo conocido, aparece de vez en cuando. Promete becas, computadoras, conectividad. Pero la conectividad no es educación, es una ventana al infinito. Y en ese infinito, los pibes encuentran de todo: pornografía, apuestas online, discursos de odio, recetas para hacerse ricos sin laburar. La moral, esa que los abuelos predicaban en la sobremesa, se diluye en un scroll interminable. La juventud, que antes era sinónimo de rebeldía y utopía, ahora es un mercado. Los chicos no quieren cambiar el mundo, quieren tener seguidores, fama, plata. Y los padres, agotados, no saben cómo frenar eso. Porque ellos mismos están atrapados en la misma lógica: trabajar para pagar, pagar para consumir, consumir para tapar el miedo.
La identidad, ese rompecabezas que cada uno arma como puede, se vuelve difusa. La clase media argentina ya no sabe si es lo que fue, lo que quiere ser o lo que las redes le dicen que es. La inflación no solo come el sueldo, come la certeza. La deuda, esa palabra que se repite en los medios, no es solo económica: es cultural, es familiar, es existencial. Los que pueden, se van. Los que se quedan, resisten. Y en esa resistencia, la educación aparece como un lujo, como un gesto de rebeldía, como una apuesta al futuro que nadie sabe si va a llegar.
En la escuela, el nene levanta la mano y pregunta si la inteligencia artificial va a reemplazar a los docentes. La maestra, una mujer de cuarenta años con dos trabajos, sonríe cansada. No sabe qué responder. Afuera, el sol se pone sobre un barrio que antes era de clase media y ahora es un collage de casas con rejas, negocios cerrados y carteles de se vende. El nene guarda el teléfono, cierra el cuaderno, y se prepara para otra noche de silencio y pantallas. La educación, ese viejo ascensor social, está roto. Y nadie, ni los políticos, ni los medios, ni los influencers, parece dispuesto a arreglarlo.
