El juicio de la evidencia
La historia es siempre la misma, pero cambian los nombres. Una familia de clase media en un barrio de Buenos Aires recibe el telegrama. No es de ningún juzgado, es de la empresa de servicios. La deuda creció, dicen, y ahora cortan. El padre llama a la compañía, la madre revisa los papeles, el hijo mira el celular. Nadie entiende bien cómo se llegó a ese número. Pero ahí está, impreso, frío, real.
La deuda no es solo económica, claro. Esa es la parte que se ve, la que se puede medir en pesos que se desintegran cada semana. La otra deuda es más difícil de explicar: es la que se contrajo con el tiempo, con la confianza, con la idea de que las cosas iban a mejorar. Esa deuda no tiene tasa de interés, pero se paga todos los días con un poco de esperanza que se va yendo.
En las redes sociales, la polarización se come los matices. Uno elige un bando y listo. No importa si el candidato de ese bando robó, mintió o prometió lo imposible. Lo importante es que el otro bando es peor. Y así, la discusión se convierte en un ring donde no hay puntos medios, solo golpes bajos. La clase media mira el espectáculo desde afuera, o desde adentro, según el día. Pero cada vez le cuesta más encontrar una voz propia, una que no sea prestada por el relato de turno.
El mérito es una palabra que se usa como bandera, pero que se vació de contenido. Se dice que hay que esforzarse, que el que quiere puede. Pero el que quiere y no puede, ¿qué hace? Se queda con la culpa de no haber corrido lo suficiente. La educación, que alguna vez fue el ascensor social, ahora es un ascensor que a veces sube y a veces baja, según el barrio, según la escuela, según la suerte. Los jóvenes lo saben. Miran el futuro y ven una pantalla, no un horizonte.
La inteligencia artificial es el nuevo fantasma. Promete eficiencia, pero también reemplaza. Un amigo que trabaja en un estudio contable me contó que ya casi no necesitan personal para las liquidaciones. Un programa lo hace todo. El dueño del estudio está contento. Los empleados, no tanto. Pero no pueden quejarse porque la tecnología avanza y si no te adaptás, quedás afuera. La adaptación, sin embargo, tiene un costo: la formación, los cursos, el tiempo. Todo cuesta plata. Y la plata escasea.
La identidad se volvió un tema de consumo. Uno puede comprar una identidad nueva con una tarjeta de crédito. Ropa, gadgets, suscripciones. El problema es que la identidad que se compra no siempre se sostiene. Cuando llega el fin de mes y el resumen de la tarjeta, la identidad se desvanece. Queda el plástico, la deuda, el ruido.
En los medios, la verdad es un producto más. Cada canal, cada diario, cada influencer tiene su propia versión. La manipulación es el combustible del rating. La verdad, en cambio, aburre. O duele. Por eso se la evita. La gente prefiere el relato que la consuela, no el que la enfrenta. Pero después, cuando la realidad se impone, la desilusión es doble. Primero, por lo que pasó. Segundo, porque nos mintieron. O nos mentimos.
La familia es el último refugio, pero también está en crisis. No porque se haya roto, sino porque se reconfiguró. Los roles cambiaron, las distancias crecieron. Los hijos se van, los viejos se quedan. La soledad no es un sentimiento, es un dato estadístico. Hay más gente viviendo sola que nunca. Y sin embargo, todos estamos conectados. Paradoja: nunca estuvimos tan comunicados y tan solos.
La moral, esa palabra incómoda, también se renegocia. Lo que antes era malo, ahora es relativo. Lo que antes era bueno, ahora se cuestiona. No hay certezas, solo opiniones. Y las opiniones cambian según el scroll. La dignidad, por su parte, se volvió un lujo. Tener dignidad cuesta caro. A veces, es más barato callarse, aceptar, agachar la cabeza. Pero cuando uno se agacha demasiado, después le cuesta enderezarse.
El Estado aparece y desaparece como un fantasma. A veces está, a veces no. Cuando está, suele ser para pedir. Cuando no está, se lo extraña. Pero también se lo critica. Es una relación de amor y odio, como con un padre ausente o autoritario, según el caso. La clase media no sabe bien qué esperar del Estado. Lo necesita, pero desconfía. Y tiene razones para desconfiar.
La memoria es selectiva. Recordamos lo que nos conviene. Olvidamos lo que duele. Pero el pasado vuelve siempre, en forma de inflación, de deuda, de promesas incumplidas. La historia no se repite, pero rima, decía alguien. Y acá, la rima es siempre la misma: una crisis, un salvador, una desilusión. La clase media es la que paga la música, pero nunca elige la canción.
En el fondo, lo que queda es la pregunta: ¿qué hacemos con todo esto? No hay una respuesta fácil. Ni siquiera una respuesta difícil. Hay gestos, decisiones chicas, cotidianas. Pagar una cuenta, hablar con un hijo, leer un libro, salir a caminar. La política grande está lejos. La política chica, la de todos los días, es la que define quiénes somos. Y quiénes queremos ser.
