Artículo y ensayo

La juventud que no encuentra su lugar

Entre la inflación que licúa los sueños y las redes sociales que venden un éxito imposible, los jóvenes argentinos negocian a diario con una realidad que no les da tregua.

La juventud que no encuentra su lugar

La juventud que no encuentra su lugar

En una esquina de Caballito, dos pibes de unos veintipico venden alfajores artesanales sobre la vereda. No es que tengan un emprendimiento cool con packaging minimalista. Es que uno estudia programación y el otro se recibió de profesor de historia, pero ninguno consigue laburo en blanco. La historia es simple y se repite: entre la inflación que todo lo desordena y un mercado laboral que pide experiencia que no tienen, armaron un negocio de mostrador callejero. La mercancía viaja en un carrito de supermercado. No hay drama. La dignidad no se negocia, dicen, aunque el sueldo no cubra el alquiler.

El escenario es conocido pero vale la pena mirarlo de nuevo. Porque la juventud argentina se enfrenta a una paradoja que ninguna red social resuelve: tienen más información que ninguna generación anterior, pero cada vez menos herramientas para convertir esa información en un futuro estable. El mérito, esa palabra que los discursos políticos repiten como un mantra, choca contra un muro de precios que suben y sueldos que no alcanzan. No es que no quieran. Es que el tanque está vacío y las cuentas no cierran.

El espejismo de la libertad

Las aplicaciones prometen independencia. Laburás desde casa, manejás tus horarios, sos tu propio jefe. Pero la realidad es otra: la plataforma te paga por tarea, no tenés obra social, no tenés vacaciones, y cuando te enfermás, el algoritmo te baja el puntaje. La tecnología vende autonomía pero entrega precariedad. Y los pibes lo saben. No son boludos. Saben que la inteligencia artificial va a reemplazar muchos puestos, que los oficios manuales están cada vez más valorados, que el sistema educativo tradicional no termina de sincronizarse con lo que el mundo pide.

Pero también saben que no hay mucho margen. La polarización política no ayuda: los convierten en banderas de un relato o del otro, pero nadie les ofrece una salida concreta. El Estado aparece cuando hay que cobrar impuestos o hacer campaña con fotos de jóvenes sonrientes. Después, desaparece. La inseguridad no es solo la calle: es no saber si el mes que viene vas a poder pagar el alquiler o si el título universitario vale algo más que un papel colgado en la pared.

La soledad de la búsqueda

Las redes sociales muestran a chicos felices viajando, emprendiendo, triunfando. Pero nadie publica las entrevistas fallidas, las noches sin dormir, la sensación de que el tiempo se escapa. La moral del éxito rápido corroe la paciencia. Y la soledad se cuela: los amigos se mudan, las familias se rompen, las relaciones se vuelven líquidas. La juventud argentina aprende a convivir con la incertidumbre como quien aprende a respirar bajo el agua.

No se trata de victimizarlos. Muchos se las ingenian. Aprenden oficios nuevos, viajan en colectivo a las cuatro de la mañana, estudian mientras cuidan hermanos. La dignidad aparece en los gestos chicos: pagar la cuenta sin ayuda de los viejos, comprarse algo propio, ayudar en la casa. Pero la deuda emocional y económica se acumula. Y el sistema no da respiro.

La verdad que no se vende

En las mesas de los bares de la avenida Santa Fe, los jóvenes discuten de política con desencanto. Saben que los manipulan, que los medios construyen realidades, que la verdad se ha vuelto un producto más. Pero no se entregan a la apatía total. Militan en comedores, arman cooperativas, graban podcasts, escriben, dibujan. La cultura resiste. La memoria también. Pero el presente pesa.

La pregunta incómoda es si la sociedad argentina está dispuesta a escuchar lo que ellos dicen o si prefiere seguir vendiendo recetas viejas para problemas nuevos. Porque la juventud no pide caridad: pide oportunidades reales. Que el mérito no sea una palabra vacía. Que el trabajo tenga sentido. Que la educación no sea un privilegio. Que la familia no sea un refugio que se desarma.

Mientras tanto, los dos pibes de Caballito siguen vendiendo alfajores. No se quejan. Arman su historia con lo que tienen. Y esperan, como toda una generación, que el país les devuelva un poco de lo que promete.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

La soledad de los que miran el celular

La soledad de los que miran el celular

Entre la inflación que todo lo encarece y las pantallas que prometen compañía, la clase media argentina descubre que estar conectado no es lo mismo que estar acompañado.

soledad clase media inflación
La grieta que no se cierra sola

La grieta que no se cierra sola

Entre la inflación que desordena los precios y las redes sociales que amplifican cada desencuentro, la clase media argentina descubre que la polarización no es un accidente sino un negocio.

polarización clase media redes sociales
La dignidad que no se vende

La dignidad que no se vende

En un país donde la inflación licúa el bolsillo y las redes sociales venden felicidad de mentira, la clase media argentina descubre que la dignidad no se negocia, pero tampoco se compra.

clase media dignidad inflación