Artículo y ensayo

La soledad de los que miran el celular

Entre la inflación que todo lo encarece y las pantallas que prometen compañía, la clase media argentina descubre que estar conectado no es lo mismo que estar acompañado.

La soledad de los que miran el celular

La soledad de los que miran el celular

Hay un ritual que se repite cada noche en las casas de la clase media argentina. La familia se sienta a cenar y cada uno mira su celular. No es que no tengan nada que decirse. Es que aprendieron a no decirlo. La pantalla funciona como un escudo: nadie pregunta cómo fue el día, nadie cuenta que perdió el trabajo, nadie confiesa que el sueldo no alcanza. Todos miran hacia abajo.

La soledad en la Argentina de la inflación no es un sentimiento abstracto. Se mide en pesos que no cierran a fin de mes, en horas de viaje en colectivo, en la certeza de que el futuro no va a ser mejor que el presente. La clase media, esa que durante décadas se creyó a salvo de la crisis, ahora descubre que el ascensor social no sube más. O peor: que el ascensor no existe.

Las redes sociales venden la ilusión de lo contrario. Ahí todos muestran una vida que no tienen: viajes, cenas, ropa nueva. Pero detrás de esa fachada hay una ansiedad que crece. El consumo se volvió una obligación moral. Si no comprás el último modelo de celular, si no te suscribís a la plataforma de streaming, si no mostrás que estás al día, quedás afuera. La identidad se compra y se vende como cualquier otra mercancía.

La política, mientras tanto, juega su propio juego. Los dirigentes hablan de mérito, de esfuerzo, de que el que quiere puede. Pero en un país donde la inflación licúa los salarios y el Estado no alcanza a cubrir las necesidades básicas, el mérito suena a chiste de mal gusto. La polarización no ayuda. Cada vez es más difícil sentarse a hablar con alguien que piensa distinto. Las redes sociales se encargaron de construir murallas donde antes había puertas.

La verdad, ese concepto que parecía sólido, se volvió líquido. Cada medio cuenta su versión, cada influencer tiene su verdad, cada grupo de WhatsApp es un mundo aparte. La manipulación no es un accidente: es el negocio. Mientras más divididos estamos, más fácil es vendernos cualquier cosa.

La juventud, claro, es la que más sufre. Crecieron con la promesa de que si estudiaban, el trabajo llegaría. Pero el trabajo no llegó. O llegó en negro, o llegó mal pago, o llegó reemplazado por una inteligencia artificial que hace más rápido lo que ellos aprendieron a hacer con paciencia. La educación formal se volvió un requisito vacío. Los títulos cuelgan en la pared mientras la realidad dice otra cosa.

La familia, ese refugio donde antes se resolvían los problemas, ahora es un campo de batalla silencioso. La plata no alcanza y eso se nota en los roces, en los silencios, en las discusiones que nunca terminan. La moral se pone a prueba todos los días. ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para pagar el alquiler? ¿Vale la pena dignidad cuando no hay para comer?

La memoria, ese otro lujo que la clase media no puede darse, se va borrando. Los que vivieron la dictadura, los que pelearon por la democracia, los que creyeron que el país podía ser distinto, ahora miran el presente con una mezcla de nostalgia y perplejidad. Los jóvenes no saben de qué les hablan. O peor: no les interesa.

La inseguridad no es solo la que se vive en la calle. Es la que se siente en el pecho cuando no sabés si vas a llegar a fin de mes. Es la que te agarra cuando ves que tus hijos repiten el mismo circuito de ansiedad y consumo que vos. La soledad no se resuelve con un like. La compañía no se compra en una tienda.

Pero en medio de todo esto, hay algo que no se negocia. La dignidad. Esa certeza de que, aunque todo esté mal, todavía hay un límite que no se cruza. La clase media argentina la descubre en los gestos más pequeños: en el vecino que presta el wifi, en la abuela que cocina para todos, en el amigo que escucha sin juzgar. No es mucho. Pero es algo.

Mientras tanto, la noche sigue. La cena termina. Cada uno vuelve a su pantalla. Y la soledad, esa compañera silenciosa, se sienta a la mesa y espera.

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