Artículo y ensayo

La grieta que no se ve

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que la polarización no es solo política, sino una fractura más íntima: la que separa lo que fuimos de lo que nos pide ser el presente.

La grieta que no se ve

La grieta que no se ve

En la fila del supermercado, una señora mira el precio del aceite y suspira. No dice nada, pero el gesto lo dice todo. A su lado, un pibe con auriculares inalámbricos mira el celular y sonríe. La señora es clase media. El pibe también. Pero viven en mundos distintos. La grieta no es solo política, es generacional, económica, emocional. Y duele porque no se ve.

La Argentina de la inflación y las pantallas empuja a la clase media a una doble vida. Por un lado, la realidad del bolsillo: el sueldo que no alcanza, el alquiler que se come todo, la cuota del colegio que sube cada mes. Por otro, el relato digital: el influencer que vende cursos de cómo ser millonario en tres pasos, el amigo que muestra las vacaciones en Miami, la promesa de que el mérito todo lo puede. Entre una cosa y la otra, la identidad se desarma.

El relato que ya no sirve

Durante décadas, la clase media argentina se sostuvo en una serie de certezas: el trabajo duro daba resultados, la educación era un ascensor social, la familia era un refugio estable. Hoy, esas certezas se desmoronan. El trabajo ya no es una carrera, sino un malabarismo entre changas y monotributos. La educación se volvió un gasto que no garantiza nada. La familia, un salvavidas al que todos se aferran pero que también se hunde.

En este escenario, la polarización política funciona como un anestésico. Dividir al país en dos bandos permite no mirar el vacío de adentro. Pero el vacío está ahí. La soledad del que no llega a fin de mes, la bronca del que siente que el Estado lo abandonó o lo persigue, la confusión del que ya no sabe si lo que cree es verdad o es un meme.

La verdad que se negocia

Las redes sociales no ayudan. Al contrario, potencian la fragmentación. Cada quien elige su burbuja y se queda ahí, consumiendo contenido que confirma lo que ya piensa. La verdad ya no se impone, se negocia. Y en esa negociación, la clase media pierde la capacidad de discutir con el que piensa distinto. El otro no es un adversario, es un enemigo. La política se vuelve religión: no se debate, se cree.

La manipulación mediática también juega su partida. Los medios construyen relatos que exacerban la grieta porque la grieta vende. Pero el problema es más hondo. No es solo que nos digan qué pensar, es que hemos perdido la práctica de pensar por nosotros mismos. La memoria se desvanece. El pasado ya no sirve como brújula, solo como argumento de pelea.

El mérito y la dignidad

Hay una conversación incómoda que la clase media evita: la del mérito. El discurso dominante dice que el que puede, puede. Que la culpa es de cada uno. Que si no llegás, es porque no te esforzaste lo suficiente. Pero en un país donde la inflación te come el sueldo antes de que llegue, donde el acceso a la vivienda es una utopía y donde el trabajo formal es un privilegio, hablar de mérito suena a burla.

La dignidad no se mide en cuotas. Se mide en la posibilidad de vivir con lo justo sin sentir que te estás cayendo. Pero la clase media argentina está en el borde. Un mes sin trabajo, una enfermedad, un impuesto imprevisto y el piso se abre. El Estado aparece, cuando aparece, como un actor ausente o un perseguidor. Nunca como un aliado.

La juventud y la máquina

Los jóvenes miran todo esto con otros ojos. Crecieron con la crisis como paisaje y con la inteligencia artificial como herramienta. Para ellos, la promesa del mérito es aún más esquiva. Saben que el sistema no está hecho para ellos, pero también saben que la tecnología puede ser un atajo. El problema es que el atajo muchas veces es falso. Venden cursos, prometen trabajos, fabrican sueños digitales que se desvanecen cuando apagás la pantalla.

La juventud argentina está atrapada entre la necesidad de consumir y la imposibilidad de hacerlo. Entre la exigencia de ser feliz y la evidencia de que la felicidad se paga en dólares. Entre la idea de que todo es posible y la realidad de que casi nada lo es. La grieta ahí también se siente, aunque ellos la llamen de otra manera.

El consumo como identidad

En una sociedad que ya no ofrece certezas, el consumo se volvió la única forma de pertenencia. La clase media se define por lo que compra, no por lo que es. Un celular nuevo, una zapatilla de marca, un viaje al exterior. Todo eso se convierte en señal de estatus, en prueba de que uno todavía está en la pelea. Pero es una pelea solitaria, donde el otro no es un compañero, sino un competidor.

La moral también se resiente. En la lucha por sobrevivir, las líneas se borran. Lo que antes era inaceptable hoy se justifica. La trampa, la viveza, el acomodo. No por maldad, sino por necesidad. La clase media argentina está haciendo malabares con la ética, y no siempre sale bien parada.

Lo que queda

No hay un final feliz para esta historia. Tampoco uno trágico. Hay una realidad que la clase media enfrenta todos los días: la de construir sentido donde no lo hay. La de criar hijos en un país que no promete nada. La de pagar cuentas mientras se intenta no perder la cabeza. La de mirar las redes y saber que lo que ves no es verdad, pero no tener a dónde ir para encontrar una verdad distinta.

En esa búsqueda, la clase media argentina descubre que su identidad ya no se hereda ni se elige. Se negocia todos los días, como el precio del dólar, como el valor del pan, como la promesa de un futuro que nunca termina de llegar. La grieta que no se ve es la más honda, y es la que cada uno lleva adentro.

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