La deuda que no se ve
Viernes a la tarde, un supermercado de barrio. La fila avanza lento, como si el tiempo también se hubiera encarecido. Una mujer revisa el precio del aceite, lo deja, lo vuelve a agarrar. Al final, paga con tarjeta, en tres cuotas sin interés. Esa es la clase media argentina: negociando la dignidad en cuotas, mientras la inflación le come el sueldo y las pantallas le prometen un futuro que nunca llega.
Pero la deuda más brava no es la del banco ni la del plástico. Es otra, más silenciosa, más honda. Es la deuda que uno acumula con uno mismo: el tiempo que no se tuvo para los hijos, el curso que se postergó, el libro que quedó a medio leer, la idea de proyecto que se fue desvaneciendo entre el ruido de las redes y la urgencia de llegar a fin de mes. Esa deuda no tiene tasa, pero se cobra sola.
El mérito en offside
Durante años, a la clase media argentina le vendieron una idea: que el esfuerzo individual era suficiente. Que estudiando, laburando y cuidando los pesos, uno podía construir algo sólido. Pero la realidad se encargó de desmentirlo. Hoy, el mérito quedó en offside, como un delantero que espera la pelota en un partido que ya se terminó. La inflación, la deuda externa, la incertidumbre política, la fragmentación social: todo eso juega en contra, y el individuo solo no puede.
Lo paradójico es que, en medio de este desorden, la tecnología promete orden. La inteligencia artificial llega como un salvavidas de plomo: te puede redactar un mail, generarte una imagen, resumirte un texto. Pero no te resuelve la soledad de un sábado a la noche, ni la angustia de no saber si el hijo va a conseguir un laburo digno. La IA es eficiente, pero no entiende de memoria, ni de familia, ni de esa moral que se negocia en cuotas entre el deseo y la necesidad.
El relato de las pantallas
Las redes sociales, mientras tanto, hacen su trabajo. Polarizan, simplifican, venden certezas a precios irrisorios. En Twitter la grieta es un ring, en Instagram la vida es un escaparate, en TikTok el tiempo se consume en fragmentos de quince segundos. La verdad ya no se busca: se compra, se descarta, se reinventa según el algoritmo. La manipulación no necesita mentiras gruesas; le basta con repetir medias verdades hasta que suenen a realidad.
Y la clase media, que siempre se caracterizó por cierta mesura, cierto deseo de entender, queda atrapada en esa maquinaria. Ya no discute ideas: negocia fragmentos de identidad, como quien arma un rompecabezas del que siempre falta una pieza. La educación, que alguna vez fue un ascensor social, se convirtió en una trinchera. Los pibes estudian para zafar, no para crecer. Y el saber se mide en likes, no en comprensión.
La geografía de la soledad
Vivimos en un país donde la inflación no solo encarece el pan, sino también los vínculos. La soledad se volvió una geografía que se recorre a diario: en el ascensor del edificio, en el subte, en la fila del supermercado. La gente mira el celular para no mirarse a los ojos. La familia, ese refugio clásico, a veces también es un campo de batalla donde chocan generaciones, ideologías, formas de entender el trabajo y la moral.
La clase media argentina aprendió a sobrevivir. Pero sobrevivir no es vivir. Y ahí está la deuda más pesada: la que uno tiene con su propia vida, con eso que alguna vez imaginó y que hoy parece un lujo inalcanzable. La deuda que no se ve, pero se siente cada vez que uno apaga la luz y se queda mirando el techo, preguntándose si todo este esfuerzo vale la pena.
No hay una respuesta fácil. Ni un título grandilocuente que la resuelva. Pero quizás, reconocer esa deuda sea el primer paso para empezar a pagarla. Con tiempo, con atención, con pequeños gestos de dignidad que no se negocian en cuotas.
